El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Nido de cuencos #3
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Nido de cuencos #3

Al ordenar los recibos de Manila recupera el interior de las tiendas: vitrinas donde el polvo entra por las uniones, un ventilador que obliga a sujetar cada papel, piezas dispuestas para que su lado bueno reciba la luz de la calle.

Había llegado con su lista de defectos y se la guardó al ver cómo el primer comprador giraba un plato sin que tuviera que indicarle nada.

El hombre conocía grietas que Gabriel solo distinguió cuando puso la pieza delante de una bombilla.

Otras veces miraba apenas y apartaba con desgana un cuenco que él había limpiado durante días.

Gabriel terminó prefiriendo las objeciones precisas al silencio: podía contestarlas, llevar otro objeto, aprender qué estaba vendiendo.

Lo que no supo soportar fue que le dejaran esperando mientras atendían una compra menor; permaneció junto a la puerta más de lo necesario, con el paquete entre las piernas, hasta que comprendió que su irritación estaba dándole al comerciante una medida bastante exacta de la urgencia que había querido ocultar.

El conocimiento de embarque describe cuarenta cajas. No dice cuencos anidados, servicios incompletos ni platos que han tardado meses en poder tocarse sin desprender algo. En la casilla de mercancía aparece una palabra que cubre el lote entero.

Manila — Hong Kong, 1962.

Forty used tea chests. Earthenware.

Marcas y números: según relación adjunta.

Gabriel comprueba los cuarenta números contra su lista.

Conoce el error de la descripción; pregunta si deben corregirlo y el hombre encargado del envío le devuelve una respuesta acerca del trámite, no de las piezas.

Él vuelve a recorrer la columna y permite que el papel continúe.

Dentro de las cajas hay objetos cuya procedencia podría contar con días, nombres de buzos y averías.

La lista adjunta solo permite averiguar cuál tiene que abrirse primero.

La casa comisionista de Hong Kong trabaja con comerciantes de Hollywood Road.

Su factura llega doblada dentro de un sobre mayor, papel tan fino que el sello del reverso se transparenta sobre la suma.

Gabriel reconoce el vocabulario que había aceptado al discutir el envío: lotes mixtos, piezas desiguales, desperfectos.

En el renglón de procedencia pone old stock.

Hong Kong, 17 de septiembre de 1962.

Porcelana china. Lotes de platos, cuencos y tazas. Piezas diversas. Old stock.

Total de la venta: HK$ 3.240.

Recibido para liquidación. [Sello de la casa comisionista.]

La cifra no es todavía el dinero que le corresponde.

Faltan gastos, adelantos, una retención cuya explicación pide dos veces.

Mientras espera el giro, Gabriel hace cuentas con lápiz y borra con tanto cuidado que termina adelgazando el papel.

Los objetos corrientes han encontrado una salida; los doce armoriales siguen otra, hacia una casa de Londres que solicita mejores fotografías y pregunta por restauraciones.

La correspondencia tarda lo bastante para que él vuelva a navegar antes de conocer la respuesta.

No envía una historia del naufragio. Envía el estado de cada pieza y acepta que aquello que ha descubierto bajo el agua circule como existencias antiguas de alguien que no aparece en la factura.

La omisión le produce un alivio inmediato que después procura explicar por el negocio.

No necesita relatar dónde aprendió a leer aquellas cuentas, ni qué nombre figura en los papeles que dejó atrás, ni por qué prefiere una dirección comercial a una casa donde puedan buscarlo.

Todo eso es cierto. También es cierto que la palabra le permite ofrecer objetos sin hombres alrededor: sin Hasan corrigiendo jornales, sin Musa abriendo cajas, sin Ismail esperando un abono.

Cuando llega el giro, Gabriel separa primero la parte convenida con el buzo. No corrige la factura.

En 1963 se paga un motor que sustituye al de los primeros viajes.

La factura queda sujeta a una hoja con menos inmersiones y más piezas rechazadas; una tormenta fuera del tiempo esperado les ha hecho perder días, y lo que la manga descubre no tiene siempre comprador.

Hasan abandona una salida para cumplir otro trabajo que le conviene más.

Gabriel se enfada al enterarse y, mientras busca quien lo sustituya, descubre cuánto había contado con una disponibilidad que nunca pagó.

Musa sigue. Ismail revisa una relación de gastos desde su asiento y encuentra una duplicación. Gabriel la corrige delante de él.

La sexta temporada acaba en 1964. Hay un último abono de Londres, cajas devueltas, dinero que todavía falta cobrar en Manila.

Gabriel extiende los papeles sobre una mesa de Hong Kong cuya superficie no alcanza y tiene que poner los recibos menores en la silla.

Desde la ventana entra el ruido de una calle en pendiente, voces que no entiende, el esfuerzo de un vehículo al arrancar; el aire del cuarto se mueve cuando alguien abre la puerta del pasillo y vuelve después a quedarse entre él y la lámpara.

Le han traído una propuesta de participación en una sociedad comercial.

Tendrá una dirección, un nombre que pueda encabezar los envíos y una parte de las obligaciones de otros.

Revisa el capital que debe aportar. Si lo entrega, conservará apenas lo necesario para seguir trabajando.

Busca la cuenta de Ismail antes de firmar.

Los pagos de las últimas temporadas están dentro, separados de los gastos de carga, y el del año siguiente figura entre lo que no puede comprometer.

Aparta esa cantidad. Luego pasa a una hoja los resultados de 1959, 1960, 1961, 1962, 1963 y 1964, ya reducidos por las liquidaciones a una moneda común.

La suma cabe encima del espacio reservado a su aportación.

Gabriel coloca junto a ella el papel de la sociedad y vuelve a comprobar los dos renglones que aún debe descontar: el flete y la comisión.