El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Nido de cuencos #2
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Nido de cuencos #2

Trabajan bajo una cubierta remendada. Por los huecos entra una luz estrecha que cambia de lugar sobre los cuencos, de modo que Gabriel termina moviéndolos para distinguir una adherencia de una pérdida del vidriado.

Cambia el agua, cepilla donde puede, aprende a detenerse.

El vinagre que alguien le aconseja no resuelve todo; el ácido muriático comprado en una ferretería estropea una prueba y lo guarda lejos del resto.

En ciertas piezas el azul permanece mientras los colores puestos encima se desprenden en escamas pequeñas, casi imperceptibles hasta que se acumulan en el recipiente.

Entonces él busca la pieza de la que han salido y descubre que ya no sabe restituirle su aspecto de la víspera.

No todo empeora. Una mañana, al lavar la tierra que todavía conserva un cuenco, encuentra una línea de hojas cuyo azul se vuelve más profundo bajo el agua.

Se queda un rato sosteniéndolo. No está contando lo que podrá vender, aunque esa cuenta regresará en cuanto lo deje: le agrada seguir la rapidez de una pincelada, advertir dónde ha vacilado el trazo, pensar en alguien que tuvo que girar aquel mismo objeto antes de que existieran la costra y el hoyo del borde.

Ismail entra para reclamar una herramienta y lo encuentra mirando.

Coge otro cuenco, comprueba su base y lo devuelve al agua.

A él le interesa que puedan apilarse sin dañarse durante el viaje.

Al final de la primera temporada, la página que reúne los jornales tiene más correcciones que la de las ventas.

Gabriel ha confundido días de espera con días sin obligación de pago y Hasan se lo ha hecho deshacer.

Los primeros compradores de Manila eligen entre lo que puede mostrarse limpio, rechazan piezas que él había considerado enteras y le pagan por otras cuyo interés no alcanza a comprender.

Vuelve con dinero suficiente para reducir la deuda del equipo y con preguntas que ya no dirigirá al vendedor de motores.

En el canto del cuaderno nuevo queda una mancha de gasoil; las páginas, hinchadas, no permiten cerrarlo como antes.

Las otras temporadas se guardan en él con papeles entre las hojas.

En la de 1960, una cuenta de agua y recipientes sostiene la fecha que Gabriel necesita recuperar cuando prepara el lote armorial: febrero.

Vuelve a ver el plato hondo al leerla, el hueco del ala izquierda, las dos cabezas que no pudo distinguir hasta retirar una adherencia del centro.

Sayer había hablado de un águila entre las armas de un particular; Gabriel recuerda la precisión y también las cantidades que el inglés se negó a dictar.

El plato no resuelve esas dudas. Lo aparta de lo corriente y, durante las salidas siguientes, busca piezas semejantes sin cambiar por ello el nombre que falta en la página del hallazgo.

Serán doce en total. La carta del intermediario de Manila las enumera por forma y estado, con reparos que Gabriel aprende a leer como parte de la negociación.

No ve en ellas marcas que acrediten un servicio imperial.

Es la primera vez que Gabriel dispone de esa valoración por escrito; hasta entonces solo ha tenido el recuerdo de Sayer y las expectativas de quienes oyen hablar de un águila de dos cabezas.

Conserva la carta junto a las fotografías.

En una se ve su pulgar sujetando el plato por el borde: recorta esa parte de la fotografía antes de enviarla de nuevo.

La misma hoja conserva, pegado por la humedad, el recibo que cancela lo que quedaba por pagar del compresor.

Gabriel tarda en separar ambos papeles. Recuerda al vendedor comprobando la última cantidad y a sí mismo esperando una felicitación que no llegó: el hombre quería saber si aceptaría otra reparación.

Había imaginado el final de la deuda como una disminución visible del trabajo, una mañana en que podría elegir dónde gastar el tiempo; al sacar sus herramientas advirtió que todavía necesitaba cobrar aquella tarea.

Después compró papel para envolver las fotografías.

El gasto de 1961 empieza en una hoja que había destinado a reparaciones.

Tercera temporada. Ismail Ali. Pasaje, alojamiento, médico.

Las cantidades cambian de tinta porque no se pagan el mismo día, y al copiar la cuenta Gabriel regresa a la cubierta donde Hasan intentaba quitarle el equipo al buzo mientras él hacía preguntas que Ismail no contestaba.

Había estado trabajando con aire comprimido.

Había salido demasiado deprisa. El motor había perdido regularidad antes de la señal, pero el recuerdo de Gabriel altera el orden cada vez que trata de establecer cuánto tiempo transcurrió entre una cosa y otra; lo seguro es que habían continuado después de una avería y que él había aceptado una nueva bajada para no perder el alquiler de la jornada.

Al principio Ismail dice que se le han dormido las piernas.

Intenta levantarse y no puede. Gabriel recuerda su mano buscando un apoyo fuera de su alcance, la impaciencia con que rechaza ayuda para un movimiento que todavía considera suyo.

En el traslado hay ratos en que habla con claridad y otros en que solo pide que lo dejen acomodarse.

Nadie a quien Gabriel paga le asegura que vaya a recuperarse; las explicaciones del médico acerca de lo ocurrido bajo presión no le devuelven el instante preciso en que él habría podido interrumpir el trabajo.

Guarda la hoja donde han escrito lo que deben vigilar.

Durante semanas la consulta antes de preguntar por las cuentas.

Ismail conserva el movimiento de los brazos y aprende a pasar de un asiento a otro con apoyos que exige colocar de una manera determinada.

Las piernas no vuelven a sostenerlo. Gabriel paga los gastos que le presentan, añade dinero cuando una cantidad no basta, sigue haciéndolo después de que los demás hayan regresado al trabajo.

En ocasiones llega con un sobre y prepara, durante el camino, una frase que explique por qué ha tardado; al entrar se encuentra con un asunto que no esperaba, una compra que Ismail ha decidido o una discusión sobre su propio motor, y tiene que renunciar al papel de hombre que trae la respuesta.

La primera vez que escribe «ayuda» en el recibo, Ismail le pide que ponga otra cosa.

—Mi parte.

Gabriel deja la pluma sobre la mesa. No habían pactado una participación para las temporadas en que un hombre no pudiera bajar.

Podría decirlo: las condiciones están en el cuaderno y nadie se las ha discutido antes.

Mira las manos de Ismail apoyadas en el asiento, el esfuerzo que acaba de hacer para acercarse al papel, y comprende con irritación que había venido dispuesto a pagar más de lo que le pidieran siempre que la cantidad siguiera dependiendo de él.

Tacha la palabra. Ismail le hace leer la frase nueva y conserva su copia.

Los documentos de 1962 ocupan más espacio.

Hay recibos pequeños de comerciantes de Ermita, anotaciones hechas en Mabini, una relación de gastos de embalaje.

Las cajas de té usadas tienen que perder el olor más fuerte antes de recibir la porcelana; sus esquinas se refuerzan y las piezas se envuelven para que ninguna golpee a las demás durante el viaje.

Gabriel aprende a desconfiar de una caja que parece llena porque pesa.

Deja que Musa la abra y encuentra demasiado espacio entre los envoltorios.