Nido de cuencos
Ismail no quiere que tiren todavía. Ha dejado una cuerda en el fondo y, mientras se agarra a la borda para recuperar el aliento, Gabriel cree que viene a pedir ayuda para subir algo; ya tiene el cabo entre las manos cuando el hombre lo sujeta por debajo y le hace aflojar.
La señal sirve para volver al sitio. Si arrastran lo que hay al otro extremo, tendrán que buscar de nuevo.
Hasan se inclina para acercarle la escala.
Musa permanece en el agua, de espaldas, descansando antes de su última bajada.
Los tres han llegado a las Calamianes por trabajos distintos, tienen parientes y compromisos que Gabriel solo conoce cuando modifican un día de salida; en Corón los llaman badjaos, y al principio él ha empleado también ese nombre para preguntar por quien pudiera reconocer un fondo, hasta que Ismail Ali le ha explicado cuánto cobra y le ha hecho repetir su nombre al escribirlo.
Quiere un motor para una embarcación propia.
Sabe cuál, conoce sus averías y le parece excesivo el precio que Gabriel pagó por el compresor.
—Aquí —dice al fin, señalando el agua junto a la marca—. No más allá.
Gabriel mira. A aquella hora de la mañana el sol encuentra una abertura entre las islas y alcanza el costado del barco; las montañas cercanas siguen oscuras, levantadas en paredes donde los árboles parecen crecer desde una escasez de tierra que, vista de lejos, no basta para sostenerlos.
Más abajo hay una franja de roca lavada, una cavidad que el oleaje descubre y vuelve a llenar, y luego el agua cambia de color por regiones cuyo límite se desplaza con las nubes.
Ha pasado meses intentando distinguir lo que pertenece al fondo de lo que sucede en la superficie.
Ahora hay un cabo que desciende, un hombre que conoce su extremo y otro que espera una respuesta sobre el jornal. Gabriel suelta la cuerda.
Durante 1958 ha trabajado para el vendedor del equipo, ha abierto motores ajenos y ha aprendido lo que su habilidad de mecánico no le permitía adivinar acerca del aire destinado a un hombre sumergido.
Sigue debiendo parte de la compra. La escafandra usada necesita atenciones que el dueño anterior recuerda únicamente cuando Gabriel descubre la falta, y el compresor, capaz de funcionar una tarde entera en tierra, cambia de voz al colocarlo sobre una cubierta que no deja de moverse.
Los ensayos les han costado salidas sin carga.
Ismail ha rechazado una unión de la manguera que Gabriel daba por buena; han vuelto a puerto discutiendo, y la reparación posterior le ha dejado al mecánico una vergüenza que no piensa mencionar cuando pague el día perdido.
No bajan los tres con aire. Las primeras exploraciones han sido breves descensos sin él, separados por esperas que decide cada hombre, hasta reconocer el montículo que Ismail describe ahora: cerámica entre sedimento, varias bocas redondas, una hilera que parece continuar debajo.
Gabriel le pregunta si ha visto madera. No.
Hierro. Algo, pero no puede decir qué. Le enseña en el cuaderno una silueta de barco que ha dibujado para orientarse y el buzo aparta la hoja antes de mojarla.
—Hay cuencos.
Tiene razón en reducirlo a eso. Las referencias de Sayer siguen dentro del hule antiguo, con sus nombres de naves y sus años; ninguna le ha proporcionado aquel punto.
Para llegar han preguntado a pescadores, han pagado jornadas de reconocimiento y han abandonado otros lugares donde la arena no guardaba más que piedra.
Gabriel desearía poder escribir Ganges Merchant encima de la fecha y reunir de una vez los meses de búsqueda con las tardes de Culión, pero no han encontrado nada que lleve ese nombre.
Abre el segundo cuaderno, el comprado para las temporadas, y comienza por las columnas que sí puede llenar: fecha, inmersiones, piezas, estado, buzo.
La preparación ocupa buena parte de la mañana.
El barco alquilado deriva en torno a su amarre y el patrón quiere corregir la posición antes de que el viento les cambie el abrigo.
Ismail se sienta mientras le disponen el equipo; conserva una mano libre hasta el último momento para señalar algo que Hasan no ha colocado como él quiere.
Gabriel atiende al compresor y al reloj.
Guarda en una funda unas hojas copiadas de las tablas de la Marina estadounidense: cifras en pies, tiempos, renglones que no se pueden escoger por conveniencia.
Le ha costado aprender a recorrerlas y todavía comprueba dos veces lo que ha anotado.
Debajo del casco, antes de que lo cierren, Ismail hace un gesto para que aparten del paso una cesta.
Está pensando en el lugar donde tendrá que volver a poner los pies.
Cuando desaparece, Gabriel se queda mirando la última alteración del agua.
El mar vuelve enseguida a ofrecer la misma extensión lisa y eso le molesta: él necesita ver que allí está ocurriendo un trabajo.
Puede seguir la manguera, atender a las señales, comparar el sonido de la máquina con el de las pruebas; todo lo que excede de esas tareas lo lleva hacia la imaginación de un enganche, un cristal oscuro, una respiración que nadie arriba oye.
Procura no dejar que esa imaginación lo distraiga precisamente de aquello que debe vigilar.
Musa le pide que cambie de sitio. Tiene el pie sobre una vuelta del cabo.
La manga con que intentan retirar el sedimento ha sido probada en aguas someras y discutida tantas veces que cada uno recuerda un arreglo distinto.
En el fondo funciona a ratos. Lo que levanta se extiende antes de alejarse y desde arriba no pueden saber cuánto tardará en aclarar.
Llega la señal de espera. Gabriel mantiene la vista en la hora, consciente del combustible que gastan sin recibir nada, y se sorprende calculando cuántas piezas tendrían que subir para pagar una mañana semejante.
Aún no ha visto una sola. Deja la cuenta sin terminar y pide al patrón que escuche una variación del motor.
La primera cesta sale con arena, fragmentos y un bulto que parece una piedra redondeada.
Hasan la recibe antes de que golpee la borda.
Hay que apoyar todo sobre una tela mojada, apartar lo suelto sin arrancar lo que todavía une las piezas; Gabriel encuentra un borde blanco bajo la costra y, al girarlo despacio, distingue otro borde dentro, y después otro, descentrado, como si alguien hubiese guardado los cuencos con prisa y aquella pequeña falta de cuidado hubiera quedado inmovilizada durante un tiempo que él no sabe medir.
No intenta separarlos. El conjunto cabe entre sus manos y pesa mucho más de lo que esperaba.
En una rotura aparece el azul. No es todavía un dibujo completo: una curva interrumpida por la concreción, dos trazos que podrían pertenecer a una rama.
Gabriel acerca la cara y percibe el olor de la tela, del agua que cae al suelo, del gasoil derramado junto a su rodilla.
Había imaginado objetos intactos, reconocibles desde la primera mirada; los del cuaderno eran palabras que se dejaban poner una junto a otra sin resistencia.
Esto exige sitio, agua, tiempo, y una decisión sobre qué hacer con la parte quebrada que Hasan acaba de encontrar en el fondo de la cesta. Gabriel la recoge también.
Ismail tarda en volver. Cumple la subida que han previsto, y cuando por fin lo ayudan a sentarse está enfadado porque la manga le ha quitado la claridad justamente donde empezaba a distinguir la hilera.
Pide agua para beber. Solo después mira lo recuperado y señala, entre dos piezas, una separación que Gabriel no había visto.
Quiere regresar otro día por el extremo opuesto.
El patrón propone aprovechar la tarde. Ismail se pasa la lengua por un labio agrietado y dice que él ha terminado.
Gabriel consulta el reloj, como si allí pudiera encontrar un argumento, y acaba cerrando la funda de las tablas.
La playa donde han alquilado un cobertizo recibe antes el viento que el sol.
Hay que llevar el agua dulce en recipientes, cuidar lo que se bebe y lo que se reserva para las piezas, buscar cubas que no hayan contenido sustancias que las manchen.
Al subir desde la orilla, Gabriel pasa junto a una cocina exterior donde una mujer limpia pescado y le pregunta por qué carga platos que nadie puede usar todavía.
Él se detiene a mostrarle uno. La mujer lo mira, vuelve a lo suyo y le advierte que no deje las cubas al alcance de las gallinas.
Al anochecer la orilla gana una anchura que no tenía cuando desembarcaron.
Quedan piedras descubiertas, hojas pegadas a la arena, una franja de espuma que ha perdido casi toda el agua; más allá, los hombres empujan una embarcación hasta dejarla donde no pueda alcanzarla la siguiente subida.
Gabriel los ayuda. Le duele la espalda al incorporarse y durante unos pasos agradece ese dolor reconocible, el esfuerzo cuyo principio acaba de ver.
Ha vuelto a trabajar cerca de un motor, a prever lo que necesita un barco, pero hay ahora una parte de su jornada que ocurre lejos de sus ojos y de la que recibe señales que debe interpretar sin pedir que se repitan a su antojo.
Mientras se lava los antebrazos se descubre ensayando la explicación que daría si algo no saliera como esperan; la interrumpe y vuelve al cobertizo para revisar una junta que ha dejado pendiente.