Baja por defunción #3
Consuelo lo mira un instante antes de cerrar.
Él baja la mano con la que había empezado a señalarle el lugar.
Se despiden. La ve continuar hacia Balala con los dos volúmenes, el rosario y aquella hoja que ha conseguido arrancarle, y permanece junto al poste hasta que necesita apartarse para dejar pasar un carro.
Pasa por la casa al atardecer. El hombre de los cestos le pregunta si necesita la lámpara y él dice que todavía no; guarda el hule con la hoja de estraza, el borrador de Manila y la noticia de la muerte de su madre, comprueba la moneda en el bolsillo y deja sobre la estera la caja vacía donde tuvo los ahorros.
Lleva la camisa de recambio. Antes de salir vuelve a apoyar en su sitio la herramienta que iba a olvidar.
La banca espera en un entrante donde el agua apenas mueve los objetos que flotan bajo el embarcadero.
Cuando salen del abrigo, el viento les llega de costado y el patrón cambia el rumbo para buscar otra protección antes de ganar la travesía.
Gabriel se sienta donde le indican. No hay espacio para permanecer cómodo: tiene que recoger las rodillas cuando pasan un bidón, apoyar un pie junto a un cabo mojado, inclinarse hacia dentro cada vez que la embarcación recibe el golpe corto de una ola.
De la orilla llegan luces separadas; él procura reconocer la altura de la iglesia, pero las distancias se alteran y una lámpara de una casa baja parece elevarse por encima de las otras.
Durante una parte del viaje continúa mirando atrás.
Había imaginado que al dejar la isla se le ocurrirían las palabras que no pudo decir durante las revisiones; ahora solo recuerda que el hombre del huerto querrá saber por qué ha dejado la caja abierta y que los jueves debían llevar una ración más a una casa cuyo reparto todavía no habían corregido.
La ausencia se le presenta por esas obligaciones, por el recorrido de Consuelo con los libros, por la cama donde otro duerme, y le cuesta reconciliar la alegría de estar marchándose con la certeza de que algunas personas que han hecho soportables aquellos años recibirán una noticia que él no estará allí para desmentir.
Se acerca el cuaderno al pecho cuando entra una salpicadura.
El patrón le pide que se mueva y Gabriel obedece.
No duerme. Más lejos de la costa, bajo una extensión de estrellas que las rachas van limpiando de nubes, deja de ver las pequeñas alteraciones de la superficie y empieza a sentirlas antes de oírlas, en el movimiento del banco, en el peso del hombre sentado delante, en la resistencia de la madera contra sus muslos; reconoce poco a poco esa atención que tuvo en las lanchas de Saigón, la necesidad de separar el ruido corriente de una variación que exige levantarse.
El patrón lo ve atender al motor y le pregunta si sabe de máquinas.
Gabriel responde que sí. Hablan hasta que el otro vuelve a necesitar toda su atención para gobernar la banca.
La semana siguiente entra en un cobertizo de Corón donde el hermano del ayudante guarda lo que compra a los desguazadores.
Hay planchas apoyadas contra los pilares, un eje que obliga a rodear la mesa y cajas de piezas menudas cuyo valor depende de encontrar la máquina a la que les falta precisamente una de ellas.
Por el lado abierto se ve una franja de agua entre los cascos varados y los postes del muelle.
El techo devuelve el calor sobre los objetos; cerca del suelo, donde aún no llega el sol, el metal conserva una humedad que moja las manos.
Los hombres hablan de los barcos japoneses hundidos durante la guerra mientras separan tornillos.
No todo lo que venden procede de ellos. En una estantería hay dos cascos de buzo, uno sin el cristal frontal, y debajo un traje doblado cuyas partes rígidas impiden que ocupe la forma de un bulto corriente.
Gabriel toca la lona. Le enseñan las uniones, las botas lastradas, los pesos y un compresor de gasolina que lleva semanas sin arrancar.
Pregunta cuánto costaría el conjunto. El hombre del cobertizo le da una cifra y, después de verlo callar, pregunta cuánto puede adelantar.
Discuten el compresor. Gabriel quiere examinarlo antes de aceptar una deuda por una máquina que quizá necesite más dinero del que cuesta.
Trabaja una mañana en él, con el vendedor entrando y saliendo para comprobar que no cambie unas piezas por otras; al mediodía tiene las uñas negras y ha dejado a un lado una junta endurecida que muestra al hombre sin intentar presentarla como la única avería.
Acordarán el saldo por escrito. Habrá trabajo en el taller y pagos descontados de lo que gane después.
Gabriel relee las cantidades, pregunta por una reparación que el vendedor había prometido incluir y espera a que la añada.
El recibo se hace a lápiz, sin membrete.
En la descripción pone «one diving dress complete, one compressor»; debajo constan la entrada y lo que queda debiendo.
El vendedor firma con una cruz y Gabriel escribe su nombre donde le indican.
Al levantar el papel descubre que parte del grafito ha quedado sobre una mancha de grasa.
Busca un lugar seco en la mesa, vuelve a apoyar la hoja y repasa la última cifra del saldo.