El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Baja por defunción #2
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Baja por defunción #2

El hermano compra chatarra, piezas de embarcaciones y herramientas incompletas.

Necesita a alguien que sepa hacer funcionar lo que otros le venden por peso.

Le ofrece trabajo. En una de las cartas pregunta qué documento debe enviar para que lo dejen salir, y Gabriel tarda en responder porque ha imaginado al hombre entrando en una oficina, presentando un ofrecimiento razonable, recibiendo la misma explicación que él lleva años oyendo.

Al final escribe que aún tiene que resolverlo.

El ayudante ve esa frase antes de cerrar el sobre.

No le promete una solución enseguida. En las semanas que preceden a la llamada del patio, le habla de otra cosa cuando Gabriel procura volver al asunto.

A finales de febrero lo encuentra midiendo, con pasos cortos, el frente de una casa en Balala.

El hombre dice que va a comprarla a plazos, si el propietario acepta que le pague el resto después de la cosecha de su cuñado.

Gabriel observa una puerta que no cierra y una tabla nueva apoyada contra la pared.

Lo que él guarda en la caja no pagaría esa casa.

Aun así, cuando el ayudante le pregunta cuánto dinero podría entregar sin quedarse sin comer, entiende que la conversación anterior no ha terminado.

No discuten delante de la vivienda. Caminan hasta un lugar desde el que todavía se oye al propietario serrar una pieza, y Gabriel escucha las condiciones sin pedir que se las repitan todas.

El dinero reunido no basta; habrá también trabajo, una parte de lo que gane con el hermano, un plazo que dependerá de lo que encuentre al llegar.

No sabe cuántas personas cobrarán ni qué parte de la suma conservará el hombre que tiene delante.

Pregunta si tendrá que volver a pasar por una revisión. El ayudante tarda en responder.

—Por una revisión, no.

Gabriel oye el ruido de la sierra detenerse. El otro mira hacia la casa y le dice que no vaya a buscarlo al laboratorio por ese asunto.

Lo llaman el tres de marzo, ya de noche.

Ha llegado de una embarcación de cabotaje un hombre al que nadie de la colonia puede poner nombre; Gabriel lo ve desde la puerta de una habitación de servicio, tendido bajo una tela que deja fuera un pie.

No distingue la cara. El ayudante le pide el número de registro, aunque lo conoce, y él contesta antes de comprender que aquel pie será lo último que vea de la persona a la que van a asignárselo.

Durante un instante desea que el muerto lleve una carta, una marca, cualquier cosa que obligue a los otros a interrumpirse.

No pregunta si la lleva. Detrás de él alguien quiere cerrar la puerta y Gabriel sale al patio.

El aire está fresco junto a la pared. Una lámpara ilumina el borde de un cubo, unas sandalias abandonadas bajo un banco y el espacio donde termina el alero; fuera de esa luz el camino conserva una claridad que le permitiría volver sin pedir ayuda.

Piensa en hacerlo. Tendría que caminar hasta la casa compartida, apartar la estera, acostarse entre los dos hombres que seguirán allí al día siguiente.

Podría continuar distribuyendo arroz, volver a reclamar cuando tocara, envejecer sin haber aceptado aquello.

Se imagina explicando después que hubo una posibilidad y que la rechazó.

En la versión que construye, quien lo escucha comprende sus motivos y se queda a su lado; no encuentra a esa persona cuando abre los ojos y vuelve a mirar el patio.

El ayudante sale con una ficha. Gabriel alcanza a ver la fecha de ingreso de octubre de 1953 y el número que le han hecho coser tantas veces en la ropa.

El hombre dobla el papel hacia dentro antes de hablarle.

Dice que deberá esperar hasta la noche siguiente.

Gabriel pregunta si han conseguido averiguar el nombre del otro.

El ayudante responde que no le corresponde a él averiguarlo y se aleja con una impaciencia en la que Gabriel oye, por primera vez, miedo.

El cuatro de marzo le llevan al padre Arce un libro y un parte médico.

Gabriel está al otro lado del patio, donde le han dicho que aguarde para recoger un paquete; a través de la puerta ve la mesa, el brazo del médico que sostiene abierta la página y al sacerdote buscando algo dentro del estuche.

No oye la primera pregunta. Sí oye que el hecho se sitúa después de medianoche.

Arce vuelve sobre una cifra, escribe encima y se acerca el libro para salvar la enmienda.

Luego pide que dejen despejada la mesa: tiene allí las cosas del entierro de esa mañana.

Gabriel no entra. El médico ha llevado un diagnóstico que el sacerdote no discute.

El padre no abandona la mesa para ir a ver ningún cuerpo; examina el papel que le han puesto delante, compara un dato y firma en el espacio que le señalan.

Gabriel conoce la forma de inclinarse sobre el apellido porque la vio en noviembre, después de cargar con Sayer hasta el cementerio.

Esa semejanza le produce una pena que no sabe dirigir contra nadie sin incluirse.

El ayudante le muestra más tarde las líneas que le conciernen, inclinando el libro para que pueda leerlas sin aproximarse a la ventana. La escritura azul tiene una pequeña acumulación de tinta en el comienzo de algunas letras.

Gabriel Navarro. Registro: 6178. Fecha: 4 de marzo de 1958. Causa: bronconeumonía. Tomás Arce, S. J. Enmienda del día 3 por 4, salvada: T. A.

En la ficha individual han añadido la baja por defunción.

Una raya diagonal atraviesa el espacio que quedaba por llenar debajo de las observaciones.

Gabriel busca por costumbre las últimas palabras de los controles, aquellas abreviaturas con las que esperaba obtener otra decisión, pero el ayudante retira la ficha antes de que pueda leerlas.

Se lleva ambos documentos. El libro no acompaña a Gabriel al muelle.

Por la tarde ve pasar hacia el cementerio una caja que llevan dos hombres.

Él se encuentra junto al depósito del arroz; desde allí solo distingue las espaldas y un extremo de madera clara que desaparece al doblar el camino.

No conoce a ninguno de los que la acompañan.

Espera a que el paso quede libre y sigue sujetando el saco que había empezado a levantar.

La tela del pantalón le aprieta sobre la rodilla; oye respirar al hombre que aguarda para ayudarlo y por un instante le parece intolerable que ese esfuerzo suyo pueda continuar mientras el otro va a ocupar un lugar con su nombre.

Baja el saco. Pide que lo dejen descansar un momento.

Cuando lo vuelven a levantar, su compañero carga más peso y Gabriel no sabe cómo agradecérselo.

Consuelo lo encuentra después junto al camino de Balala.

Lleva la caja de los cuadernos apoyada en la cadera y se detiene al verlo; ha terminado antes de lo previsto y quiere saber si pueden leer un rato.

Gabriel mira la tapa, el borde donde la pintura se ha desprendido y asoma el metal, una cuerda nueva que cruza por encima para que no se abra durante el trayecto. Le dice que ese día no puede.

—Otra tarde, entonces.

Podría aceptar. La facilidad con que ella le ofrece una fecha sin nombrarla le recuerda todas las veces que se ha permitido pensar que volvería para terminar una explicación. Dice que va a faltar un tiempo. Consuelo cambia la caja de lado, esperando.

—¿Cuánto?

Gabriel contesta que no lo sabe. Ella mira hacia el pabellón, después otra vez hacia él; la pregunta siguiente no llega de inmediato, y durante esa pausa Gabriel desea contarle lo suficiente para que no tenga que pensar que está abandonando el trabajo porque Sayer ya no puede vigilarlo.

Busca una frase que le permita conservar la estima de Consuelo sin darle nada que pudiera comprometerla si repite sus palabras.

Al reconocer lo cómoda que resulta esa preocupación por protegerla, se queda callado.

—Lo que haya leído de mi padre, déjemelo escrito —dice ella.

Él le explica que son pocas cosas, que no ha encontrado lo que buscaban.

Consuelo responde que eso ya lo sabe. Quiere las pocas cosas.

Gabriel saca una hoja y se apoya en un poste para escribir los nombres y las referencias que le ha explicado otras tardes, en palabras que ella pueda volver a preguntar a otra persona.

No incluye el espejo. La mujer aguarda mientras pasan dos niños y uno se detiene a mirar el lápiz; lo llama para que siga, recibe la hoja y la dobla con cuidado dentro de la caja.

—No la ponga entre las tapas rotas —le dice Gabriel.