Baja por defunción
La mañana en que Sayer vuelve a pedir las gafas, Gabriel tarda en encontrarlas porque alguien las ha guardado dentro del estuche, debajo de la camisa limpia, y ese orden, tan razonable para quien recogió la silla durante la noche, le hace sentir que ha llegado a una cama distinta.
El inglés tiene los párpados hinchados. Cuando Gabriel le acomoda las patillas, el alambre roza la sien y el hombre aparta un poco la cabeza; todavía puede rechazar una ayuda mal prestada.
Le pide la hoja donde figuran las referencias de Madrás.
Han cambiado el apoyo de las piernas. Al retirarlo queda en la sábana una depresión húmeda, y Gabriel espera a que la enfermera termine de extender la tela antes de acercar la tabla.
Más allá de las ventanas la mañana tiene una claridad desigual: una nube pasa sobre los tejados de nipa y deja libre, al otro lado del camino, la fachada de una casa donde una muchacha sacude una estera; el polvo permanece suspendido junto a sus brazos, visible durante unos instantes, mientras dentro del pabellón la sombra conserva el frescor de la noche y el olor dulce, casi pesado, del agua que nadie ha cambiado en un florero.
Desde aquella cama se ve un rectángulo de cielo.
Sayer había conseguido que dejaran la persiana a una altura precisa, y Gabriel vuelve a subirla hasta la marca sin preguntarle.
—Donde puso diarios —dice el inglés.
Gabriel busca la anotación. Debajo de Madrás, al lado de una fecha, está la palabra que escribió mientras el otro trataba de explicarle por qué una misma pérdida podía aparecer en lugares diferentes.
—Consultas. Esa relación estaba en las consultas.
El lápiz se detiene. Gabriel pregunta si debe suprimir lo anterior.
—Déjelo. Tiene que saber qué estaba buscando mal.
Escribe encima, en el espacio que separa los renglones.
Las dos palabras siguen leyéndose. Sayer le hace repetir el nombre del conjunto y la fecha; luego quiere que acerque la hoja, pero sus ojos tardan en encontrar el lugar, y Gabriel, que reconoce esa demora, sostiene el papel sin señalar con el dedo.
Hasta hace poco le irritaba tener que discutir cada referencia.
Ahora descubre que desea una discusión más, incluso una injusta, alguna exigencia que lo obligue a regresar por la tarde con el trabajo corregido.
El hombre pregunta si han almorzado ya. Gabriel le dice que no.
Pasan unos minutos y lo pregunta de nuevo, esta vez con una voz más baja, como si la repetición fuera una confidencia que solo él debiera oír.
Después rechaza el papel y pide agua. Gabriel acerca el vaso; la enfermera le indica cuánto puede darle.
El inglés se disgusta con ambos y cierra los ojos.
Muere al día siguiente, el cuatro de noviembre.
Cuando Gabriel llega, han retirado la tabla.
La silla está contra otra cama y un hombre la usa para apoyar la camisa que se va a poner.
Gabriel mira ese desplazamiento antes de mirar al muerto, y durante años le avergonzará recordar la cólera que siente contra alguien que solo ha encontrado un sitio donde dejar su ropa.
Pide la silla. El hombre se la entrega de inmediato, demasiado deprisa, y la facilidad de la devolución le quita cualquier motivo para seguir enfadado.
Consuelo ha llevado una tela. Lo deja permanecer mientras preparan a Sayer, pero cuando empieza a estorbarle le pide que salga.
En el pasillo Gabriel abre el cuaderno sin necesidad.
La corrección de la víspera está en la hoja de estraza, guardada junto a otras referencias que ya no podrá someter al mismo examen.
El duelo llega mezclado con ese pensamiento, y él trata de apartarlo como apartaría de una mesa limpia algo que hubiera traído adherido a la suela: el hombre acaba de morir y él está calculando qué partes de su memoria se ha llevado, cuánto de lo que buscaban tendrá que averiguar solo.
Cierra el cuaderno. Le duele también no tener ya a quién leer un anuncio absurdo, quién se queje de la letra pequeña o se ría antes de que él alcance el final; esas pérdidas, que no prometen ningún beneficio, le permiten quedarse quieto un rato sin despreciarse.
La enfermera lleva un papel del médico a la oficina.
Más tarde le piden a Gabriel que compruebe el apellido que han copiado en el registro interno.
Él se inclina sobre un libro apaisado, con las tapas protegidas por una tela oscura y el centro de las páginas hundido hacia la costura; el escribiente ha colocado una regla debajo de la línea para no perderla entre los asientos cercanos.
Gabriel reconoce el nombre, confirma las letras y lee lo que queda a continuación.
Edmund Sayer. Fallecido: 4 de noviembre de 1957. Causa consignada: nefritis.
El resto de las casillas prolonga la línea hacia una zona donde le cuesta distinguir la tinta.
No pide que giren el libro. El escribiente anota una remisión al parte médico y después le pregunta si conoce a algún familiar.
Gabriel niega con la cabeza; acaba de descubrir que puede recordar los empleos de Sayer, una sala de Londres, los años de Manila, y no sabe a quién debe comunicarse que ha muerto.
Regresa al pabellón para preguntar a Consuelo. Ella tampoco puede darle una dirección.
Lo entierran el martes. El camino sube por una tierra que las últimas lluvias han dejado blanda en los bordes, y los hombres que llevan el cajón cambian de apoyo antes de la pendiente más acusada.
Gabriel ocupa uno de los sitios de atrás.
Tiene que atender a la distancia del que va delante, levantar el pie donde una raíz atraviesa el paso y contener el impulso de acelerar cuando la caja se inclina hacia su hombro.
La banda avanza después. Alguien ha sujetado una hoja de música con una pinza demasiado grande; el papel golpea el instrumento cada vez que su dueño baja la mano para esquivar una rama.
En la parte despejada se ve la bahía entre copas y tejados.
El agua parece inmóvil desde arriba, aunque Gabriel distingue el movimiento de una embarcación por la raya que va abriendo junto a la costa; hay ropa tendida en una galería, una mujer que llama a alguien desde una ventana y, más abajo, un carro detenido en mitad de un camino por el que él tendrá que volver a repartir arroz.
El sonido de la banda alcanza esas casas por fragmentos.
Un viento breve se lleva las notas más finas y deja cerca de los hombres el esfuerzo de los metales, la respiración que necesita cada entrada, una vacilación conocida de los ensayos del martes.
Gabriel querría que tocaran mejor. Luego oye a uno recuperar el compás, perseverante, y le resulta imposible seguir deseándolo de la misma manera.
El padre Tomás Arce espera junto a la fosa.
Tiene barro en el borde de la sotana y se limpia las gafas con un paño que vuelve a guardar antes de terminar.
Al hablar, el aire le levanta una esquina del libro.
Gabriel no sigue todas las palabras; está pendiente de que el hombre que sostiene el extremo del cajón consiga colocarse sin pisar la tierra removida.
Cuando lo bajan, una cuerda deja una marca oscura en la madera.
El sacerdote termina la oración y permanece mientras se recoge lo que han usado.
De vuelta, Gabriel ayuda a llevar el pequeño libro de entierros hasta la mesa de la sacristía.
Arce escribe el nombre y le pregunta por segunda vez la pronunciación.
Añade la fecha del entierro, señala con el dedo una indicación del cementerio que tiene en una hoja aparte y firma.
Gabriel ve secarse la tinta azul en la última curva del apellido.
En un estante hay otros volúmenes, algunos vencidos hacia un lado porque falta un separador; junto a la ventana, los papeles que acaban de traer comparten el espacio con una taza sin asa y un plato donde han quedado dos migas.
El padre aparta el plato para colocar el libro abierto.
Le pregunta si quiere sentarse. Gabriel le da las gracias y se queda de pie hasta que el sacerdote vuelve a escribir.
Durante las semanas siguientes continúa doblando demasiado pronto hacia el pabellón.
Una tarde llega hasta la puerta con un periódico bajo el brazo y ve a otro hombre en la cama de Sayer.
El nuevo ocupante duerme vuelto hacia la pared; han bajado la persiana, y la marca que servía para regularla queda a oscuras.
Gabriel entrega el periódico a quien está más cerca.
Después se queda un rato conversando sobre el tiempo, sin explicar por qué ha ido.
Cuatro meses más tarde, cuando el ayudante de laboratorio lo llama desde el patio, Gabriel ya conoce al hermano que ese hombre tiene en Corón por tres cartas, dos piezas de motor enviadas para reparar y un desacuerdo sobre el precio de la segunda.
La relación ha empezado con una necesidad pequeña: una pieza que nadie sabía ajustar sin limarla demasiado.
Desde la muerte de Sayer le sobran algunas tardes.
Acepta trabajos que antes habría dejado pasar y guarda una parte de lo cobrado en el doble fondo de una caja de galletas vacía, distinta de la que Consuelo usa para los libros.
No recibe dinero por traducir. Lo que consigue con las reparaciones apenas bastaría para un viaje y unas semanas de comida, y conoce esa cantidad con una exactitud que lo mantiene despierto.