Signatura #3
Durante las semanas siguientes Gabriel suma años, traza rayas pequeñas junto a los pasajes que quiere recuperar y tacha en el margen una propuesta de lectura suya que no consigue sostener en la línea siguiente.
En la página que habla de un espejo del japonés de Dilao escribe 1955 en un espacio libre y continúa con una cuenta de generaciones que no termina de encajar.
No conoce el objeto. Las palabras no le dan su tamaño ni le permiten saber dónde está.
En otras dos páginas quedan cuentas que se han apartado del asunto de José.
Sayer quiere mostrarle cómo un inventario puede contar servicios y otro contar piezas, y Gabriel pone un caso: faltarían tazas, sobrarían platillos.
Usa las palabras francesas que le resultan más fáciles, tasses, soucoupes; escribe porcelaine encima de una suma y modifica las cantidades a medida que discuten qué tendría que comprobarse para reunir ambas relaciones.
Ninguna de esas cifras procede de la carga que recuerda el inglés.
Cuando advierte que ha usado los márgenes del cuaderno abierto, Gabriel cambia a su hoja de estraza.
Conserva el lugar de la página del espejo cuando Consuelo vuelve a preguntar.
Le habla de partidas, de reconocimientos, de una familia que intenta ordenar sus nombres.
Dice que el propietario copiaba papeles viejos.
Consuelo escucha con la atención de quien procura recordar una explicación para poder repetirla en casa; quiere saber si Anselmo escribió algo, si aparece por qué guardó los volúmenes, y Gabriel responde únicamente lo que ha alcanzado a leer.
Cuando ella pregunta si hay alguna otra cosa, él mira el borde del cuaderno y dice que no mucho.
No es una respuesta que le deje tranquilo.
Había previsto contarle lo del espejo y en el momento de hablar ha preferido reservarse aquella descripción, sin decidir todavía para qué.
Consuelo no le ha pedido dinero ni le ha negado las hojas.
Le está confiando el trabajo que no puede hacer y él se descubre administrando lo que ella sabrá con la misma facilidad que reprocha a quienes deciden sobre su expediente.
Abre la boca para añadir algo, pero la mujer ya está acomodando el primer volumen en la caja; podría detenerla, bastaría con tocar la tapa, y no lo hace. Le ayuda a recoger el rosario.
En 1956 la hora de lectura ha dejado de depender de que encuentren un periódico.
Hay tardes de papeles y tardes en que Sayer dicta lo que recuerda.
Gabriel vuelve sobre el Ganges Merchant, sobre el encargo de porcelana, sobre los otros dos barcos cuyas pérdidas permiten comparar rutas y cargamentos.
El inglés no ha visto sus restos. Lo que ha tenido delante son relaciones, cartas, diarios; a veces recuerda el lugar de una anotación en la hoja y no logra repetir sus palabras.
Gabriel lo obliga a volver a la fuente que está nombrando.
Han aprendido a discutir sin abandonar enseguida el trabajo, pero no siempre terminan de buen humor.
En una hoja de estraza aparecen también China y Madrás, los títulos de otras series que Sayer distingue de los diarios de navegación.
Gabriel quiere reunirlo todo debajo del nombre del barco y el archivero protesta: tendrá que consultar por separado, no hay un libro que contenga cuanto desea saber.
Le hace conservar las procedencias incluso cuando cree que se equivocó de asiento.
Gabriel empieza a distinguir los recuerdos que Sayer puede corregir de los que solo consigue repetir más fuerte.
En los segundos hay algo que lo irrita y lo enternece a la vez: el hombre sabe explicar las faltas de un inventario y le cuesta aceptar que también su cabeza haya dejado espacios que antes estaban escritos.
Si Gabriel insiste demasiado, la tarde se estropea; si calla, tendrá que llevarse una afirmación en la que ya no confía.
Aprende a pedir otra referencia antes de discutir la primera, a dejar una pregunta para después de que le cambien la almohada.
Esa demora no mejora siempre la respuesta, pero permite que sigan trabajando al día siguiente.
Una tarde le atribuye al Ganges Merchant una noticia que días después recuerda haber leído bajo otra nave.
Gabriel busca la anotación, la aparta con una raya y deja el hueco.
El hombre se impacienta consigo mismo y le pide que siga, pero él vuelve a leer la referencia antes de obedecer.
Consuelo permite otras consultas. Trae los libros cuando puede, los recoge al acabar el turno y no acepta que Sayer se quede con ellos por estar demasiado cansado para cerrar una lectura.
Gabriel le cuenta lo poco que ha avanzado buscando alguna mención de Anselmo, y ella recibe esas noticias sin fingir entusiasmo.
Sigue siendo dueña de la caja. A veces se sienta mientras leen y pregunta por una palabra cuyo sentido ambos daban por suficiente; entonces Sayer tiene que empezar de nuevo, con menos fechas y más paciencia, y Gabriel descubre que la explicación que por fin entiende la mujer también le ha aclarado algo a él.
Las tardes se acumulan sin que las cuenten.
En la estación seca, el polvo permanece sobre la tabla y Gabriel lo retira antes de abrir nada; cuando regresan las lluvias hay que elegir otra posición para la silla porque una corriente arrastra gotas desde la ventana.
Sayer se enfada con una mancha nueva del techo, luego empieza a usarla para indicar hasta dónde deben bajar la persiana.
Hay días en que los libros se quedan cerrados y Gabriel permanece allí, leyendo en voz alta una noticia que a ninguno le importa hasta que el otro se ríe.
El tiempo de la isla no ha desaparecido.
Después de recoger aún tiene que volver a su cama, esperar los resultados de sus muestras, recibir instrucciones.
Pero durante aquella hora puede formular una pregunta cuya respuesta no esté ya encerrada en la decisión de otra oficina.
En 1957 los tobillos de Sayer conservan durante más tiempo la marca de las medias.
Gabriel le ayuda a acomodar un apoyo bajo las piernas.
El hombre le dice que los médicos vigilan sus riñones y enseguida pregunta dónde dejaron la lectura, disgustado por el esfuerzo que ha necesitado para cambiar de postura.
Las tardes de mayor hinchazón dicta deprisa; pierde una palabra, exige que Gabriel la encuentre en la anotación del día anterior, se enfada si no aparece.
Otras veces consigue sostener el ritmo de antes y el lector, al levantar la vista, descubre que ha olvidado observar sus tobillos durante un rato.
—Balambagan —lee Gabriel.
Sayer intenta corregirlo antes de que termine.
Repite el nombre marcando la consonante que falta, toma aire y tiene que dejar la boca abierta mientras espera a que le baste.
Gabriel aparta el papel y va a buscar a la enfermera.
Al volver, el hombre señala con la mirada el sitio de la equivocación.
No pretende continuar la tarde entera. Quiere oír ese nombre una vez, correctamente.
Gabriel lo pronuncia. Después se queda sentado hasta que Consuelo llega a recoger los libros.
Antes de cerrarlos busca la página del espejo y comprueba el apellido que había separado de la línea cifrada; no añade una certeza donde la escritura todavía admite una duda.
Devuelve los dos volúmenes, aparta la hoja de estraza para que no se vaya dentro de ellos y, debajo de la referencia, escribe: «Espejo. Japonés. Dilao. De Silva».