El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Signatura #2
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Signatura #2

El muchacho quiere demostrar que sabe hacerlo y empuja un poco más.

Su padre le retira la pieza, no la mano.

Le muestra el borde aplastado del aluminio, la diferencia entre tantear una separación y darla por buena porque algo ha conseguido entrar.

Después vuelve a entregársela. Gabriel distingue en su ropa el olor de la máquina y otro olor más antiguo, de tabaco y sal, que a veces tarda varios días en perderse de la casa después de que Sixto se embarque.

No trabajan con prisa. El hombre ha pasado la mañana durmiendo y la madre le ha pedido que no desordene otra vez lo que ella acababa de barrer; por eso han salido al cobertizo, cargando el cajón como si el traslado tuviera una importancia mecánica que Gabriel sabe que no tiene.

Le gusta aquella pequeña complicidad. Cuando su padre se equivoca de herramienta y le pide la que él ya sostiene, el chico demora un instante en dársela.

Puede permitirse esa demora. Sixto está cerca y nadie lo reclama todavía.

La lluvia les proporciona una excusa para permanecer en el cobertizo después de haber terminado.

Desde el cajón se ve la espalda de las casas, una escalera que sube hacia una puerta cerrada, el canalillo por donde sale el agua de un patio llevando pieles de fruta; al otro lado, una mujer retira de un alambre la ropa que ya no tiene sentido proteger, y las telas mojadas le golpean las piernas mientras trata de sujetarlas todas.

Sixto la ve perder una camisa y le avisa.

Ella vuelve, la recoge y les dice algo que hace reír al padre.

Gabriel no ha entendido la frase. Se ríe también, satisfecho de que el hombre comparta con él una tarde que en otro viaje habría pertenecido a desconocidos.

El río queda oculto detrás de los almacenes, pero se oyen los motores y, de vez en cuando, una voz que alcanza el cobertizo antes de perderse bajo la lluvia.

Gabriel distingue dos embarcaciones por el sonido.

Su padre le pregunta cómo lo sabe. Él señala hacia fuera, empieza a explicar la irregularidad de uno de los escapes y se da cuenta de que Sixto lo está escuchando sin preparar una corrección.

Habla un poco más de lo necesario. Querría retener la atención hasta que escampe y al mismo tiempo desea que la lluvia no termine, porque cuando se levanten será más difícil encontrar otra ocasión de explicarle algo que su padre todavía no conoce.

Le pregunta qué significan las letras de la moneda.

—De un hospital, en una isla. Culión.

Había llevado enfermos allí, dice. Se señala el oído para que el muchacho repita el nombre como lo ha pronunciado.

Gabriel lo repite y pregunta si la pieza sirve para comprar algo en Saigón.

El padre niega con la cabeza, pero no se la quita; al recoger las herramientas, la deja junto a su rodilla y sale a lavarse.

Durante unos segundos Gabriel espera que vuelva por ella.

Después se la guarda en el bolsillo, donde la lleva desde otro regreso de Sixto, anterior a ese año.

Su madre está sentada ante una mesa donde no se permite apoyar piezas del motor.

Tiene una hoja doblada por la mitad, otra debajo y una taza vacía a la derecha.

Cuando Sixto entra, ella levanta el papel para enseñarle una cifra.

Hablan del siguiente viaje. Gabriel oye una fecha, un pago que debe llegar antes de la salida; atiende solo a la posibilidad de que su padre siga allí la semana próxima y deja escapar los nombres de quienes podrían impedirlo.

Años después tratará de recuperar esa conversación.

Lo que conserva es el sitio de la taza y el movimiento con que su madre protege las hojas del brazo húmedo de Sixto.

El padre se va durante el verano. Gabriel conoce las demoras de los barcos y al principio las usa para contestar a su madre con más seguridad de la que siente: una avería, una carga tardía, mal tiempo en otro puerto.

Cobran dos meses de sueldo; el siguiente no llega.

Marguerite Lê Thị Hạnh vuelve de preguntar con el sobre vacío y lo deja encima de un armario, entre otros papeles que no le permite tocar.

No dice que Sixto haya muerto. Tampoco llama ausencia a los días que siguen; dice que hay que comprar arroz, que aquella camisa aún puede remendarse, que vaya a preguntar de nuevo cuando termine el trabajo.

Hacia el final del año Gabriel espera en Khánh Hội una embarcación que no entra.

Desde el muelle ve llegar a un hombre de la estatura de su padre y, antes de reconocer el error, ya ha levantado una mano.

La deja sobre la cabeza, como si quisiera protegerse del sol.

Vuelve a casa llevando la moneda en el bolsillo derecho.

Su madre pregunta desde dentro y él responde que no antes de verla; necesita gastar esa palabra mientras todavía no tiene que decirla mirando a nadie.

Sayer aguarda a que levante los ojos de la tabla. Gabriel empuja el aluminio hacia la luz, lo recoge y lo guarda en el mismo bolsillo. El inglés le pide que siga leyendo. No ha preguntado cómo acabó el viaje de Sixto.

Es también en 1955 cuando Consuelo lleva los cuadernos al pabellón.

Sayer ha hablado con ella después de una cura, pero Gabriel no oye la conversación; conoce su resultado al ver una caja de galletas sobre la silla que suele ocupar.

La mujer necesita volver al servicio de Balala y mira primero el espacio disponible, luego la tabla, como si estuviera calculando qué objetos tendrán que retirar para que los libros no acaben junto a un vaso.

—De mi padre —dice.

Se llama Consuelo Dimaano. Su padre llegó en 1907.

Ella nació en la isla en 1919 y creció separada de él; al hablar de aquella infancia no nombra una casa concreta ni las camas de una institución que Gabriel tendría que imaginar, sino el día en que la llevaban a verlo y la dificultad de reconocer su voz cuando otros hombres respondían antes.

Los libros estaban entre las cosas que guardaron después de su muerte.

Consuelo había tenido que pedirlos. No sabía leer su escritura y no quería que desaparecieran por eso.

Saca de la caja un rosario, un papel doblado y los dos volúmenes.

Uno conserva, debajo de la protección exterior, restos de una cubierta jaspeada; en el otro, una marca curva de humedad se oscurece hacia el borde.

Las hojas no quedan planas al abrirse. Consuelo sujeta las tapas y advierte que hay un pliego reparado que necesita apoyo por debajo.

Gabriel dobla una camisa para sostenerlo.

Ella comprueba que el libro descansa y solo entonces retira la mano.

El papel es una copia antigua de la relación de efectos de Anselmo. Consuelo señala la última entrada. Sayer la lee sin pedir que le acerquen nada más.

Effects: one canvas bundle, clothing, one rosary, two manuscript notebooks.

Junto a las dos últimas palabras hay una adición manuscrita: in cipher. La mujer quiere saber por qué era necesario escribir aquello. Sayer responde que alguien advirtió que no podían leerse de corrido. No sabe quién lo añadió ni cuándo; en la copia no consta una fecha al lado.

—Usted sí pudo —dice ella.

En 1940, cuando Consuelo empezaba a trabajar en el sanatorio, se los había dejado examinar.

Sayer resolvió parte de la cifra y le devolvió una tabla de letras.

A ella no le sirvió. El castellano que aparecía debajo de los signos continuaba fuera de su alcance y la explicación del archivero había terminado justo donde empezaba lo que deseaba preguntarle.

—Me dijo que eran copias —añade.

—Hay copias de documentos.

Consuelo espera, sin admitir que la precisión sea una respuesta suficiente.

El inglés vuelve la cabeza hacia Gabriel y le pide que abra el segundo cuaderno.

Hay que buscar una página donde las cifras se intercalan entre palabras más cortas.

Gabriel pasa las hojas bajo la vigilancia de la mujer, que le advierte de una esquina vencida.

Llegan hasta el lugar. Sayer dicta la correspondencia de algunos signos y le hace probarla en dos líneas.

El resultado no sale entero. Una pareja de letras puede devolver más de una forma; otras se dejan reconocer por el castellano que va apareciendo.

Gabriel conserva un espacio en blanco cuando no entiende y sigue.

Al principio cree que el esfuerzo se parece al de leer inglés.

Después oye una frase completa en la lengua de su padre y descubre una intimidad para la que no estaba preparado: alguien había empleado aquellas palabras mucho antes de que Sixto se las enseñara, las había escrito con una intención que él tendría que respetar aunque no conociera al hombre, y debajo de los signos hay una impaciencia de estudiante, un modo de abreviar lo que ya sabe y de extenderse precisamente donde teme que los otros no le crean.

Se detiene al encontrar un nombre y vuelve atrás para comprobarlo. Consuelo lo observa.

—¿Es mi padre?

Gabriel dice que no. José, lee. Más adelante hay otros apellidos.

Sayer le pide que no convierta en firma cualquier nombre que aparezca.

Consuelo pregunta si podrán decirle qué hace su padre entre los libros de otro.

Nadie contesta enseguida. Afuera una mujer la llama; ella se vuelve hacia la puerta y responde que ya va, pero permanece junto a la mesa.

—Léalos y me cuenta —dice al fin—. Me los devuelve a mí.

Le deja los cuadernos durante las tardes, con la condición de que no salgan del pabellón y de que vuelvan a la caja cuando ella los recoja.

Gabriel le pide permiso para poner unas notas a lápiz.

Consuelo mira a Sayer; el inglés le explica que serán cortas y quedarán apartadas de la escritura.

La mujer señala el margen, acepta y le hace repetir que no va a pasar tinta sobre las letras antiguas.

Se lleva la copia del inventario. La caja queda al pie de la silla hasta que termina la lectura.