El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Signatura
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En la segunda visita Gabriel lee un anuncio de herramientas porque Edmund Sayer se lo pide y porque el papel, desdoblado sobre la tabla que han tendido entre la cama y una silla, parece ofrecerle al menos unas cuantas palabras de las que conoce el uso.

Se equivoca en el nombre de una pieza. Sayer lo corrige sin levantar la cabeza y él vuelve a empezar, molesto consigo mismo por haber aceptado una ocupación que cualquier muchacho haría mejor; no advierte hasta llegar al precio que está leyendo las condiciones de una venta celebrada meses atrás, lejos de la isla, y que ninguno de los dos tiene que decidir si va a comprar nada.

—También la letra pequeña —dice Sayer.

Gabriel la lee. Al terminar, el hombre le pide que busque una fecha al pie de la página.

El periódico ha llegado doblado alrededor de un paquete y falta una esquina.

Durante un rato se entretienen en colocarlo de modo que la rotura no se cierre sobre las líneas; por la ventana entra un aire que apenas mueve las telas y, cuando consigue levantar el borde libre, Sayer lo sigue con los ojos hasta que Gabriel encuentra una cuchara y la pone encima.

Su cama está más cerca del pasillo que de la pared.

Tiene que llamar a alguien si se desliza la almohada, pero distingue antes que los demás el paso de quien viene a repartir las raciones.

Las gafas llevan alambre de cobre en una patilla.

Sobre el puente de la nariz dejan una pequeña marca que se aclara cuando se las quitan; Gabriel aprende pronto que no debe retirárselas sin preguntar, aunque el hombre cierre los ojos, porque a veces sigue atendiendo y solo necesita descansar de la obligación de demostrarlo.

Las manos de Sayer permanecen sobre la sábana, recogidas en una postura que Gabriel mira con menos insistencia desde que sabe qué objetos no debe ofrecerle.

Hace años que no consigue sostener una pluma.

Si hay que cambiar una letra, tiene que convencer a otro de que lo haga.

Al principio leen lo que hay: una publicación traída por un visitante, una lista de donaciones, las instrucciones impresas en un envoltorio que alguien estuvo a punto de tirar.

Sayer escoge el pasaje y Gabriel descifra el inglés despacio, ayudándose de las explicaciones en francés.

Sayer conoce también el castellano, aprendido entre los documentos de Manila, pero al comienzo vuelve al francés en cuanto el lector tropieza.

A veces la explicación contiene una palabra más difícil que la del papel.

Gabriel lo interrumpe. Sayer parece disgustado, pero busca otra.

No conversan sobre la educación de ninguno; hay días en que necesitan diez minutos para acordar qué pieza de un barco está nombrando una línea.

La lectura empieza después de la comida de la tarde y termina antes de que deban dejar libre el paso.

Desde la silla, Gabriel ve los pies de las camas en perspectiva, un recipiente que siempre se queda demasiado cerca del centro, la raya oscura que el agua de la limpieza ha ido dibujando junto a una pared.

En las horas de calor, el pabellón huele a tela lavada y a cuerpos que no han podido encontrar una postura fresca; más tarde, cuando abren del todo las ventanas, llega la humedad de fuera con el olor de la tierra removida por las lluvias.

Hay hombres que escuchan algunas frases, corrigen un nombre de lugar o se duermen mientras esperan su turno para pedir algo.

Gabriel modera la voz sin darse cuenta. Empieza a saber cuánto puede durar una oración antes de que Sayer necesite que la repita.

Una tarde de 1955, al recoger el periódico, el inglés le pregunta si aún conserva el cuaderno con el que llegó.

Gabriel lo tiene envuelto en una camisa.

Va a buscarlo y vuelve con una desconfianza que procura disimular: en aquellas páginas ha dejado apuntes que no desea explicar, nombres que nadie ha vuelto a preguntarle y cuentas de las que ya no recibirá el dinero.

Lo abre por la guarda del final, lejos de las columnas de las cajas.

Sayer no trata de ver las páginas anteriores.

—Escriba India Office. Londres.

Gabriel lo hace. El hombre espera a que termine y le pide que repita lo escrito.

—Ahora: Marine Records. Debajo, diarios de navegación. En inglés, Ships’ Journals.

Lo dicta letra por letra. Gabriel pregunta el número del volumen. Sayer se queda mirando el hueco disponible, como si el tamaño que le han dejado fuera a ayudarlo a recordarlo.

—El número se comprueba allí. No ponga uno que no pueda comprobar.

Le da el nombre de una nave, Ganges Merchant, y el año 1772.

Añade después otros dos nombres con sus fechas, Griffin, 1761, Royal Captain, 1773.

Gabriel deja más distancia entre las líneas de la que empleaba para las cargas.

No sabe todavía qué relación tienen entre sí y le molesta que Sayer proceda como si estuvieran de acuerdo sobre lo que van a hacer.

—¿Cuántas veces los ha leído?

Sayer parece dispuesto a hacer la cuenta. Después se ríe, una risa seca que le obliga a esperar antes de contestar.

—Las que me pagaron. Después, algunas más.

Había trabajado en la India Office desde 1905 hasta 1920.

Marine Records, precisa; no en cualquier oficina del edificio.

En Manila, entre 1925 y 1935, había ordenado expedientes del archivo.

Gabriel intenta añadir esas fechas al lado del nombre que ha escrito y Sayer lo detiene: está mezclando la referencia de una nave con los empleos de un hombre.

Se limita a dictarle dónde habría que preguntar por cada conjunto, qué título podría reconocer en un índice, qué año no debe confundir con el de la copia.

Su vida va apareciendo en los intervalos: una sala donde las ventanas quedaban altas, un libro que hubo que volver a coser, una consulta que no encontró quien la recogiera.

Gabriel no sabe qué ocurrió en los cinco años que separan Londres de Manila y el otro no parece advertir que los ha dejado vacíos.

Al día siguiente consigue un trozo de papel de estraza en la despensa.

Lo alisa sobre la tabla, apartando una zona grasienta, y pasa en limpio las referencias.

Sayer le hace cambiar una inicial; Gabriel tacha, vuelve a escribir y acerca la hoja para que pueda verla.

Después la dobla en cuatro. Cabe en el cuaderno, pero lleva unas señas que ya no pertenecen a ninguna de sus cuentas.

—¿Qué hay en el primero?

—Una pérdida. Una relación de carga. Referencias que habrá que reunir.

Gabriel espera. Sayer le pide que vuelva a abrir la hoja: ha omitido Balambangan.

Habla de un barco dedicado al comercio entre puertos de Asia, de porcelana embalada en cajas, de un servicio encargado por un particular.

Recuerda un águila de dos cabezas descrita entre las armas del comitente.

Cuando Gabriel le pregunta cuántas piezas había, Sayer distingue las cajas del servicio de las otras, vuelve sobre una cantidad y al final le dice que la deje sin copiar.

Lo que puede contar de memoria no tiene todo la misma firmeza.

En el pabellón, sin embargo, el relato hace años que ha adquirido una extensión que ninguno de sus papeles sostiene: uno de los hombres lo llama la porcelana de los zares y otro recuerda un cargamento tan grande que necesitarían varias embarcaciones para retirarlo.

—Un encargo particular —corrige Sayer.

Lo repite otra tarde. A la tercera, cuando la conversación llega desde el extremo de la sala, pide que le acerquen el agua y no interviene.

Gabriel comprende que podría hacer suya la versión de los demás sin que el inglés reuniera fuerzas para detenerlo.

Esa facilidad le produce una incomodidad que no sabe dónde poner: ha aceptado leer porque el hombre necesita una voz, y ahora debe cuidar también aquello que sería muy cómodo oírle decir.

Pregunta por el fondo, por la profundidad, por el mes del naufragio.

Sayer responde algunas cosas; para otras diferencia lo que recuerda de una relación y lo que alguien dedujo al escribir otra.

Gabriel dibuja una línea junto a cada respuesta.

La palabra perdido no le proporciona una posición.

Entre una derrota y el lugar donde un barco toca fondo hay corriente, deriva, errores de quien mira y de quien cuenta después.

Esa parte no tiene que enseñársela el archivero.

Cuando se lo dice, Sayer le pide que lo anote también.

Una tarde deja la moneda de aluminio sobre el papel para sujetarlo. Sayer alcanza a leer la leyenda.

—¿La traía al ingresar?

Gabriel asiente. El inglés gira un poco la cabeza para seguir el canto deformado, pero no le pregunta cuánto vale.

Quiere saber quién se la dio. Gabriel responde que su padre y se queda mirando la pieza; junto a la sombra de la cuchara, en la tabla prestada, el metal tiene el brillo pobre de una cosa que ha permanecido demasiado tiempo en un bolsillo.

En 1941, el año en que cumple quince, está sentado junto a su padre en un cobertizo de Saigón.

Fuera llueve. Del tejado caen gotas que el viento trae hasta las herramientas, y Sixto ha desplazado el trabajo hacia dentro sin levantarse del cajón.

Hay una bujía entre ambos, un trapo extendido para no perder las piezas pequeñas y una lámpara cuya llama se inclina cuando alguien cruza por la puerta.

Gabriel sostiene la moneda como le han dicho, con dos dedos, y la acerca al electrodo.

—No la fuerces.