El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Indeterminado #3
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Indeterminado #3

No queda todo resuelto. La mujer añade una pregunta que Gabriel no entiende; él pide que se la hagan de otra forma, las tres personas esperan, y al encontrar por fin una expresión que puede trasladar siente el mismo alivio con que encajaría una pieza después de haberle quitado la rebaba.

La hermana le pregunta el nombre. Luego, de cuando en cuando, le piden ayuda: un recado sobre ropa, una visita que habrá que cambiar, la explicación de un llanto cuya importancia se discute a ambos lados.

Él no recibe pago por esas conversaciones y empieza a retrasar unos minutos el regreso cuando ve gente reunida junto al puesto.

También escucha a los mayores. En los descansos del reparto hablan de los años en que faltaba comida, de caminos abiertos, de hombres que intentaron marcharse por agua; uno recuerda la protesta de 1932 por las restricciones que impedían vivir en pareja y otro lo corrige porque ha mezclado dos reuniones.

La discusión dura más que el relato. De 1944 dicen el nombre de una familia y enseguida faltan tantos miembros que Gabriel deja de entender quién está emparentado con quién.

No todos cuentan lo mismo. El hombre de los cestos guarda silencio cuando empiezan a hablar del hambre y después pregunta si han pesado bien el arroz de esa semana.

Avanza 1955. En una revisión Gabriel vuelve a encontrar las tres anotaciones negativas, ahora seguidas de otras que tampoco le abren la salida.

El médico que las ha escrito no es un hombre ciego a las letras.

Las lee, las compara, admite que la clasificación debe seguir revisándose, pero el trámite no se resuelve allí y Gabriel sale con una cita nueva.

Ha dejado de imaginar un error tan simple que bastaría señalarlo con el dedo.

Le pesa haber comprendido eso. Durante el camino de vuelta se acuerda de una conversación junto a la verja y se sorprende preparando cómo traducirá al francés una pregunta que nadie le ha hecho todavía.

Una tarde le piden que lleve un folleto al pabellón de hombres.

El europeo de la cama del extremo desea que alguien se lo lea.

Gabriel conoce ya el corredor, su suelo gastado junto a las puertas, el aire que entra desde una galería y que unas veces trae humedad del jardín y otras el olor de la cocina; al caminar ve camas separadas por espacios donde cabe una silla, cajas pequeñas colocadas fuera del alcance de la escoba, una toalla que tiene en el borde una costura rehecha con hilo oscuro.

Hay conversaciones a media voz. En la última ventana, la luz toca la mosquitera y deja el rostro del hombre en una sombra suave, bastante clara para ver que espera.

Tiene los tobillos hinchados. Los pies reposan sobre una almohada cuya funda está más limpia por debajo, allí donde nadie apoya la piel, y las manos permanecen cerca del cuerpo, inmóviles de una manera que Gabriel procura no mirar.

El hombre le indica la silla. Habla francés con una pronunciación que tarda en acomodársele al oído.

—¿Puede leer esto?

Gabriel mira el folleto y asiente. Es una reseña en francés de la colonia, con un plano pequeño y fechas que ocupan una columna.

Empieza por el título, demasiado fuerte, y baja la voz cuando advierte que el hombre de la cama siguiente también está escuchando.

Lee la llegada de los primeros pacientes, una relación de obras, los nombres de las instituciones que contribuyeron a ellas. El europeo lo interrumpe.

—Esa fecha es la de la donación. No la de la apertura.

Gabriel vuelve atrás.

—Aquí pone...

—Sí. Está leyendo bien.

La aclaración le permite continuar sin la irritación que ya empezaba a sentir.

El hombre espera a que termine el párrafo y le pide que acerque el plano.

Gabriel lo sostiene inclinado para que no se refleje la ventana; durante un rato ninguno habla.

Afuera alguien cierra una persiana y la luz pierde una franja en el suelo.

—Me han dicho que viene de Saigón.

Gabriel asiente otra vez.

—¿De qué muelle?

No le pregunta dónde nació. En la voz del hombre hay la expectativa concreta de quien acepta que una ciudad tenga distancias, trabajos, lugares que conviene distinguir antes de seguir hablando, y Gabriel tarda en contestar porque, después de tanto tiempo ofreciendo explicaciones sobre su brazo, no había preparado ninguna para esa pregunta.

—Chánh Hưng. También hacía el río desde Cap Saint-Jacques.

El europeo repite el primer nombre con dificultad.

Quiere saber si iba en un remolcador. Gabriel le explica lo de la lancha y, al hacerlo, se inclina hacia delante, apoya el folleto abierto sobre las rodillas y separa las manos para mostrarle una anchura.

El hombre escucha. Solo cuando una enfermera viene a retirar el vaso vacío, Gabriel recuerda que había entrado para leer.

Esa noche moja el borde de una tela y limpia la moneda con el pulgar.

En el aluminio de 1913 quedan pequeñas manchas que no logra quitar; la leyenda se distingue mejor mientras está húmeda.

Vuelve la pieza, busca el surco hecho tantas veces al tantear una bujía y la deja en la palma.

Desde la otra estera le piden que acerque la lámpara.

Gabriel recoge la moneda antes de acercar la luz.