El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Indeterminado #2
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Indeterminado #2

La lengua entra por ese camino. Tiene las palabras que empezó a recoger en San Lázaro, algunas aprendidas mal, otras inútiles para discutir una cantidad, y tiene hombres que hablan despacio cuando necesitan que comprenda y demasiado deprisa cuando quieren terminar.

Gabriel repite lo que alcanza. Pregunta cómo se dice una rueda, cómo se pide que alguien sostenga un extremo, cómo se distingue lo que falta de lo que queda; se equivoca con un saco a la vista, recibe la corrección entre risas y al día siguiente la usa.

Un compañero le enseña a negar una fecha.

Otro le presta una frase que, pronunciada con la gravedad de Gabriel, hace reír todavía más.

Tarda semanas en averiguar qué había dicho y no vuelve a usarla delante de las religiosas.

Los martes ensaya la banda. Cuando sube con el carro, la música llega desde la plaza en tramos que las casas cortan: un metal demasiado alto, la percusión sola, un comienzo repetido tantas veces que él aprende a anticipar el lugar del fallo.

Uno de los músicos tiene por costumbre salir antes del final y ataja entre los huertos con el instrumento envuelto; a otro lo llaman desde una ventana y vuelve la cabeza sin dejar de tocar.

Gabriel reconoce primero esos hábitos y solo después las caras.

Una tarde le parece que han conseguido pasar todos a la vez por el punto difícil.

Sigue empujando, espera la repetición y siente un contento tan sencillo que durante unos pasos no le busca causa.

Envía al fin la carta a su madre. Saca del cuaderno la hoja iniciada en Manila, la lee sentado cerca de la puerta y comprende que ya no puede mandar aquellas promesas en el tiempo verbal en que las escribió.

Copia de nuevo. Da la dirección de Culión, explica que trabaja, menciona el mar; al llegar al motivo de su permanencia busca una manera de contarlo que no obligue a ella a imaginar un cuerpo destruido ni le permita creer que él podría volver si quisiera.

La frase queda larga, llena de precisiones.

La deja así. No sabe con qué palabras le explicará su madre la ausencia a quien pregunte por él en la casa de comercio.

En 1954 llega la respuesta de otra mano.

El sobre ha pasado por direcciones añadidas; uno de los dobleces coincide con una sílaba del apellido y Gabriel lo alisa antes de abrirlo, molesto por aquella dificultad pequeña que todavía puede remediar.

Reconoce al remitente por la firma, alguien que trabajaba en la casa y que se disculpa por no haber sabido antes adónde escribir.

Marguerite ha muerto ese año. La noticia ocupa pocas líneas y entre la fecha de la carta y el día en que él la recibe hay cinco meses, que cuenta una vez con los dedos, después sin ellos, como si el primer procedimiento hubiera producido el error.

No sabe en qué oficina se ha detenido el sobre ni durante cuánto tiempo.

Aquellas marcas le ofrecen lugares, no una explicación de la demora.

Se queda mirándolas porque las líneas interiores han terminado y él necesita que quede algo por leer.

Le han dado una noticia antigua que acaba de ocurrir; en los cinco meses transcurridos ha solicitado clavos, ha aprendido a pedir que aparten un carro, ha discutido por una ración, y ninguna de esas mañanas, vivida después de la muerte de su madre, contiene una señal que le permita distinguirla ahora de las anteriores.

Lo que más le duele al principio es esa continuidad.

Tendrá que volver a pensar el año, retirándole una presencia que había seguido poniendo en él sin saberlo.

Se acuerda de una tarde en que ella se impacientó porque él entraba a lavarse mientras el suelo aún estaba mojado.

No de la despedida, que busca sin encontrar entera, sino del pie desnudo de su madre avanzando sobre la baldosa, de la falda recogida a un lado y de una frase que había oído tantas veces que nunca creyó necesario conservar.

Ahora reconoce el tono y no consigue restituir las palabras.

Le molesta que la memoria le ofrezca una escena donde ella estaba enfadada; vuelve sobre ella y descubre que desea exactamente aquel enfado, la certeza de que al terminar de oírlo podría dejar la camisa en su sitio y seguir viviendo cerca.

Esa noche come lo que le sirven. El compañero de los cestos ve el sobre, pregunta y, cuando Gabriel contesta, le acerca la lámpara para que pueda guardar las hojas.

No intenta consolarlo en una lengua en la que ambos tendrían que esforzarse demasiado.

Durante varios días Gabriel tiene la tentación de escribir todavía a la dirección de Saigón: faltan cosas que ella no sabe, faltan la explicación de su silencio y una pregunta sobre su padre que ahora no podrá hacerle.

Guarda la carta recibida junto al borrador que había retenido en Manila.

Al moverlas se desprenden dos granos de arroz que habían entrado entre las páginas del cuaderno.

El camino de Balala pasa a formar parte de su reparto.

Cerca del puesto hay un trecho despejado donde las voces alcanzan el otro lado de la alambrada con una facilidad que al principio lo desconcierta: se puede pedir una aguja, discutir un horario, reconocer que un niño ha crecido, sin que ninguna de esas conversaciones modifique el límite.

Más allá se ven viviendas del personal y edificios donde cuidan a los pequeños separados de sus familias enfermas; la ropa clara se seca al aire, un balde va de una puerta a otra, las mujeres se asoman cuando las llaman.

En los días luminosos el metal de la verja resulta difícil de mirar.

Si llueve, las personas que esperan se acercan al mismo saliente del tejado y procuran dejar libre el paso del carro.

Gabriel oye francés. Son dos religiosas que hablan junto a una puerta y durante un momento deja de atender a la cuesta; las palabras, comprendidas antes de que tenga tiempo de decidir si debe escucharlas, le devuelven una facilidad de la que había llegado a olvidarse.

Tiene una pregunta preparada para ellas.

No la hace. Una de las hermanas sostiene a un niño al que su madre mira desde el otro lado, y Gabriel empuja despacio para no interponerse: ve cómo la mujer se inclina, cómo mueve una mano cerca de la alambrada sin agarrarla, cómo busca que el pequeño vuelva la cabeza hacia su voz.

El niño está ocupado tirando del borde de la cofia.

A ella le hace reír y enseguida se le estropea la risa, aunque vuelve a llamarlo.

En otra visita una abuela no consigue explicar lo que quiere saber.

La hermana contesta sobre la comida; la mujer repite una palabra, señala la pierna del nieto, se irrita al ver que la respuesta regresa al mismo asunto.

Gabriel comprende la mayor parte, pero espera a que la repita una vez más.

Ha aprendido suficiente tagalo para advertir dónde está la confusión y todavía no tanto como para tener derecho a la prisa.

Pregunta. La abuela quiere saber si el niño apoya el pie al levantarse, porque la última vez lo mantenía encogido.

Gabriel lo dice en francés. La hermana baja al pequeño con cuidado y lo sostiene bajo los brazos.