El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Indeterminado
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Indeterminado

Durante las primeras semanas guarda los zapatos con las puntas hacia la salida.

La casa está levantada sobre pies de madera y tiene un suelo de cañas partidas que cede, cada una por separado, bajo un peso al que termina acostumbrándose; desde la estera se distinguen entre las rendijas un trozo de tierra, las patas de una gallina, la claridad variable de un espacio donde cae lo que se barre arriba.

La cubierta de nipa desciende cerca de las ventanas.

Si llueve con viento hay que correr la ropa, poner una palangana, sacar después al sol la esquina mojada de la estera, y esas obligaciones menudas le dan al despertar un orden que puede cumplir sin conocer todavía el resto del día.

Comparte la casa con otros dos hombres. Uno cultiva una parcela; el otro arregla cestos y conserva debajo de su cama un cajón de clavos que nadie debe tocar.

Gabriel averigua qué prendas puede colgar en la cuerda y qué tabla del peldaño exterior conviene pisar junto al borde.

Aprende el sitio del agua. Por las noches, cuando se apaga la lámpara, oye a los dos cambiar de postura, rascarse, apartar una tela, y se queda despierto con una atención que procura hacer discreta, como si pudieran advertir en su respiración que todavía está decidiendo cuánto debe acercarse a ellos.

La precaución le causa vergüenza. El hombre de los cestos le ha cedido la parte menos húmeda de la casa y, sin embargo, él recuerda el desplazamiento de los zapatos en el vapor cada vez que descubre que ha retirado los suyos unos centímetros.

Fuera, los senderos se dividen al encontrar una raíz, vuelven a reunirse detrás de una cocina y bajan hacia el agua por pendientes donde el barro conserva durante horas la forma de las pisadas.

Hay cercas hechas con materiales distintos, una camisa tendida sobre una mata, huertos cuya tierra oscura ha sido levantada con paciencia entre piedras que nadie puede quitar del todo; más arriba, donde la vegetación interrumpe los tejados, el sol tarda en llegar y las hojas gotean sobre las espaldas de quienes suben a trabajar.

Gabriel, acostumbrado a reconocer una orilla por lo que permite atracar, tiene que aprender a mirar una costa desde tierra: aquella ensenada que entre los troncos parece ofrecer una salida queda demasiado lejos del camino autorizado, aquel bote que al atardecer se despega de la playa lleva hombres cuyos nombres han sido anotados antes de partir.

Al principio calcula también su regreso.

Si llegara un barco el lunes, si el médico leyera otra vez la hoja, si pudiera conseguir un trabajo que pagase el pasaje, habría una combinación de hechos suficientemente sencilla para devolverlo a Saigón; la ensaya mientras se lava, mientras espera una comida, mientras oye a sus compañeros hablar de un asunto que no alcanza a entender, y cada versión contiene menos dificultades que la anterior porque va dejando fuera aquello para lo que no tiene respuesta.

Después se acuesta. Las puntas de los zapatos continúan mirando a la puerta hasta que un aguacero entra por debajo y le obliga a guardarlos en otro sitio.

En el dispensario le dan una tarjeta de tratamiento.

El nombre de la medicina tarda más en fijársele que su aspecto: una tableta que recibe con agua, una marca en la cuadrícula, la obligación de volver.

Dapsona. Hay hombres que ya saben, por una vacilación de la enfermera al buscar su ficha, si deberán esperar al médico; otros preguntan por una dosis que les han cambiado o muestran un malestar que Gabriel no reconoce, y el turno se alarga mientras detrás de ellos una conversación prosigue con la obstinación doméstica de quien ha reservado aquel rato para discutir el reparto de una herramienta.

Él toma lo que le indican. Todavía cree que negarse daría al expediente otra razón para retenerlo.

Los frotis de control ocupan mañanas diferentes.

Le limpian la piel, preparan el instrumental, le piden que vuelva la cabeza; el pequeño dolor conserva una puntualidad que los resultados no tienen, porque cada examen produce una hoja y cada hoja deberá pasar por manos que él no ve.

En la cartulina del registro individual, donde su nombre encabeza las líneas de filiación, la esquina inferior termina doblada y el borde adquiere una mancha de dedo.

Gabriel aprende a buscar la columna de la derecha.

Una letra ha escrito «smears: neg.»; más abajo otra reduce la anotación a «neg.

», y la siguiente la repite con una inclinación distinta.

Las fechas avanzan sin que nadie tenga que corregirlas.

Pregunta qué falta. A veces le contestan sobre la piel; a veces, sobre la necesidad de observación, y él ha de volver a explicar que pregunta por la salida.

El resultado de Saigón sigue dentro. También sigue dentro la hoja de San Lázaro que no concuerda con él.

Un médico le dice que una muestra negativa no permite despachar sin más toda sospecha; Gabriel le escucha, acepta que debe de haber cosas que no entiende y vuelve a mostrar la quemadura, porque esa parte sí la conoce, puede recordar la posición del brazo y el calor retenido en el metal, aunque al decirlo por quinta vez le parece estar recitando una historia que pertenece a otro hombre y que ha perdido fuerza por haber sido contada.

Le hacen asimismo una prueba bajo la piel.

Esta exige volver semanas después, y durante la espera vigila la pequeña reacción con una mezcla de esperanza y fastidio: desea que aparezca algo suficientemente claro para terminar con la duda y teme que todo lo que aparezca se sume a las razones para no dejarlo marchar.

La reacción se anota como positiva. Cuando le explican que la respuesta a la lepromina ayuda a clasificar, que no demuestra por sí sola aquello que él necesita demostrar, Gabriel baja la manga sin preguntar otra vez.

Ha aprendido a distinguir dos procedimientos que antes confundía.

En su cartulina escriben «indeterminate — under observation».

En Culión, la primera vez que oye hablar de Madrid es a finales de 1953, en el dispensario, cuando un médico comenta unas noticias del congreso celebrado allí en octubre.

Gabriel está esperando que le devuelvan la tarjeta y reconoce el nombre de la ciudad por las conversaciones de su padre; escucha después palabras inglesas que alguien explica, grupos y tipos entre los cuales los médicos trazan diferencias.

Uno pronuncia «indeterminate». Gabriel levanta la cabeza.

El hombre no le está hablando a él, pero al advertir su atención le muestra en la hoja el término que acaba de oír.

Gabriel pregunta si eso cambia lo que le han puesto.

El médico separa el papel del congreso de la ficha y dice que su caso sigue pendiente de aclaración.

Más adelante aprende que aquella palabra puede designar un grupo clínico concreto, no solo una indecisión, y la diferencia le preocupa porque en su hoja las dos cosas parecen haberse acercado sin permiso.

Cuando pide que examinen de nuevo la quemadura, el médico escribe «old burn» al lado de la descripción anterior.

No borra la otra casilla. Gabriel llega a esperar ese momento en que la punta se levanta: todavía podría volver al renglón, tachar, explicar qué anotación sustituye a cuál. La pluma se dirige a la fecha.

La palabra llega también al habla. Si un recién llegado le pregunta qué tiene, contesta «indeterminado» y se oye pronunciarla con una docilidad que lo irrita después, mientras va a buscar agua.

Hay días en que examina la cicatriz a escondidas y encuentra en ella una palidez nueva; al día siguiente, bajo otra luz, no consigue localizarla.

Se conoce demasiado aquel brazo. Le bastaría que una persona se lo devolviese sin la obligación de mirarlo, poder apoyarlo en una mesa, levantar un saco, sentir frío sin convertir cada diferencia en un argumento.

Con los meses empieza a reservar sus preguntas para los días de revisión.

El resto procura gastarlo en asuntos que admitan arreglo.

Le confían un carro. Una rueda se desvía, el eje trabaja en seco y la caja tiene en una esquina una reparación que abre la madera cada vez que la carga tira de ella; Gabriel pide una cuña, espera a que aparezca, reduce el juego y engrasa lo que puede.

Después transporta arroz. En el almacén hay sacos apilados sobre tablones, un olor tibio que cambia cuando se abre el pescado seco y una balanza cuyos platillos el encargado limpia con el mismo trapo antes y después de pesar.

La hoja de raciones lleva cantidades en kilos, piezas, nombres o números.

El arroz que cae fuera de la medida se recoge.

Si un saco viene húmedo, varios hombres se acercan a tocarlo antes de que comience la discusión.

En las subidas empuja con el cuerpo inclinado y conserva los brazos casi rectos.

A media pendiente sabe dónde descansará sin tener que sostener todo el peso; en los días de lluvia busca la parte del camino donde asoma piedra, aunque el rodeo lo obligue a pasar bajo unas hojas que le descargan agua por el cuello.

Se acostumbra al ruido de su rueda. Desde ciertas casas le oyen antes de verlo y salen con los recipientes preparados; una mujer le deja un cucharón en la caja para que lo lleve a la siguiente, un hombre protesta porque las piezas de pescado son más pequeñas que la semana anterior, otro compara el reparto con el de una cocina que Gabriel no conoce.

Nadie le pregunta si sabe conducir una lancha.

Al cabo de un tiempo agradece que le dejen hacer bien aquel trabajo sin pedirle que cuente cómo ha llegado a él.