El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Repatriación sanitaria #2
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Repatriación sanitaria #2

Gabriel levanta la cabeza. Quiere preguntar por la cara, por una señal en la piel, por los años, pero teme que una pregunta demasiado precisa obligue al marinero a retirar lo que ha dicho.

Empieza por lo más fácil: qué barco llevaba.

El hombre se rasca la nuca; han pasado muchos años, había dos embarcaciones, quizá estaba confundiendo a un patrón con un maquinista.

No asegura más. Gabriel le dice que su padre navegaba y que desde mil novecientos cuarenta y uno no sabe dónde está.

El marinero recoge el plato vacío con las dos manos. Ahora habla más bajo, sin haber acercado el cuerpo.

—Preguntaré.

Los siguientes platos los trae otro hombre.

Gabriel oye conversaciones que no entiende, pasos que se detienen al final del corredor, una carcajada que coincide con un golpe de mar, y espera que la voz de Cavite vuelva a distinguirse entre ellas.

No sabe el nombre del marinero. Una tarde sale hasta la puerta y el muchacho que friega le señala el camarote sin tocarlo; Gabriel regresa y se sienta en la litera.

Afuera, el agua mantiene un color que no le sirve para adivinar una desembocadura.

La costa de donde ha salido ha desaparecido y él no ha podido ver en qué momento.

Manila Bay, 23 June 1953.

QUARANTINE INSPECTION — Passenger held for examination ashore.

Name: LÊ Gabriel, also known as NAVARRO.

French medical certificate attached. Previous diagnosis recorded therein: active lepromatous disease.

To be landed under sanitary supervision and referred to San Lazaro Hospital for further examination.

La lancha de cuarentena se arrima cuando la mañana ya ha calentado la cubierta.

Gabriel ha salido con la bolsa entre los pies y la camisa pegada a la espalda; más allá de las embarcaciones ve fachadas claras, grúas y una línea de edificios que la distancia reúne en una ciudad plana, difícil de reconocer como lugar donde pudiera empezar a vivir.

El médico lee el certificado francés. Hace una pregunta a un oficial, mira el brazo que Gabriel descubre y dice «leproso», en voz lo bastante alta para que lo oigan quienes esperan junto a la escotilla.

Primero se retira una sandalia. Después unas botas avanzan hacia un rollo de cabo y los zapatos de un pasajero se colocan detrás de una maleta que hace un instante estaba sola.

Gabriel observa aquel desplazamiento con una atención absurda, la misma que dedicaría al reparto de pesos antes de cargar una lancha, y procura no moverse, porque si levanta un pie hacia cualquiera de los huecos abiertos tendrá que ver cómo vuelven a cerrarle otro.

Nadie repite la toma de la muestra a bordo.

Le indican la escala; baja con la bolsa, entrega el sobre al hombre que lo espera en la lancha y lo ve ponerse bajo una tapa para protegerlo de las salpicaduras.

En San Lázaro, Santa Cruz, la lluvia cae en los patios y tarda en marcharse del aire.

Los tejados vuelcan por puntos desiguales: junto a una bajante se forma una cortina cerrada, mientras en otro tramo las gotas desprendidas golpean una lata con intervalos que Gabriel aprende sin querer.

Por la mañana se lavan los suelos, se abren ventanas y las camas se separan lo necesario para barrer debajo; por la tarde el calor devuelve el olor de la ropa, del jabón barato y de la comida que llega tapada.

Gabriel ocupa una cama desde la que puede ver un árbol al otro lado de una pared.

No conoce su nombre. Durante semanas le bastan las ramas que entran en aquel rectángulo y la forma en que, después del aguacero, conservan gotas cuando el resto del patio parece seco.

El médico de piel le mira las cejas, los lóbulos, la espalda.

Palpa con cuidado junto al codo, compara, pregunta cuándo ocurrió la quemadura.

Esta vez Gabriel no necesita repetir la historia.

Le hacen nuevos frotis. El resultado llega sin la espera que él había imaginado en el barco: no han encontrado bacilos en las muestras examinadas.

El médico lo dice sentado, consultando la hoja, y Gabriel, que ya había empezado a preguntarse qué trabajo podría encontrar cerca del puerto, adelanta las manos hasta el borde de la mesa.

—Entonces puedo salir.

El médico vuelve al certificado francés.

—Tengo que aclarar esto.

Le muestra las cruces, luego su propio resultado.

No afirma que ambos sean compatibles; tampoco rompe ninguno.

Le explica que lo mantendrán en observación y que un resultado negativo no contesta por sí solo a todas las preguntas.

Gabriel entiende las palabras sueltas y pierde la confianza al juntarlas.

No pretende salir de la sala sano para siempre; quiere una mañana en la calle, un sitio donde comprar un sello, acceso al puerto para preguntar si alguien conoce al hombre que hacía Corón.

Contiene esas peticiones porque le parecen demasiado pequeñas frente a la gravedad que el médico atribuye a un papel y teme que decirlas demuestre que no ha comprendido su situación.

Pasan julio y agosto. Aprende el trayecto de la mujer que reparte el agua, el ruido del carro de las comidas, las horas en que puede pedir un poco más sin obligar a nadie a volver a la cocina.

Al principio cuenta los jornales perdidos.

Después deja de multiplicar, aunque conserva la costumbre de pensar el precio de una camisa en carreras del río.

Una noche sueña que la lancha se ha vendido y que él continúa pagando su combustible; despierta enfadado con el comprador, una persona a la que no consigue verle el rostro.

La indignación se disuelve en el calor de la sala y deja una tristeza sin asunto preciso, de la que le avergüenza más la mansedumbre que el llanto.

Puede escribir. El cuaderno, sin embargo, ya contiene un orden de fechas, pesos y destinos que le cuesta interrumpir.

Busca una página libre y compone unas líneas para su madre; vuelve sobre ellas al día siguiente, quita la palabra hospital, la repone, cambia la frase en que promete regresar pronto.

La carta permanece entre dos hojas, pendiente de una dirección desde la que puedan contestarle con alguna seguridad.

A veces desea no enviarla: mientras ella ignore dónde está, todavía puede imaginarlo trabajando, disgustado por cualquier avería corriente, llegando tarde a comer.

Sabe lo mezquino que hay en desear aquella ignorancia y aun así se demora en ella.

La radio llega desde un cuarto próximo. Gabriel reconoce el nombre de Magsaysay mucho antes de entender qué se promete en su nombre; el volumen sube, alguien protesta y las voces políticas bajan hasta confundirse con el ventilador.

Una enfermera le cuenta en el poco castellano que comparten que su hermano está en Corea, en el decimocuarto batallón.

Después del armisticio sigue allí. Ella no sabe cuándo volverá y guarda las cartas dentro del bolso, protegidas por otra envoltura, porque las primeras se le mojaron al salir del trabajo.

Una tarde le enseña una esquina borrada y le pregunta si alcanza a distinguir una palabra inglesa.

Gabriel no puede ayudarla. Ella guarda el papel sin reproche y termina de ajustar la sábana de la cama vecina.

Escucha después cómo habla en tagalo con las otras mujeres, la rapidez con que una frase cambia de dirección, las preguntas breves a las que todas parecen saber qué parte responder.

Su padre no le enseñó aquel idioma. Gabriel había creído que con el castellano recibido de él llevaba algo bastante sólido para llegar algún día a sus islas; ahora puede conversar con un hombre del barco y no pedir lo que necesita a la mujer que está a dos pasos.

Empieza a aprender palabras útiles. Las repite sin convertirlas en una promesa, acepta que se rían cuando las pronuncia mal y un mediodía consigue pedir por su nombre el cucharón que falta.

Durante el resto de la comida come con menos prisa.

San Lazaro Hospital, Manila. 25 September 1953.

MEDICAL CERTIFICATE.

LÊ Gabriel, also known as NAVARRO. Case under observation; classification undetermined. Old burn scar with loss of sensation, left forearm.

Skin smears: NEGATIVE.

Previous foreign certificate reports a positive examination. Discrepancy remains unresolved.

Recommendation: further bacteriological examination; continued observation.

Administrative referral: Culion.

El viernes en que le muestran esta hoja, un empleado pregunta por su domicilio en Luzón.

Gabriel da el nombre del hospital. El empleado precisa que se refiere a un domicilio particular, a una persona que pueda recibirlo; espera mientras él piensa y deja el espacio sin completar.

Gabriel pregunta por Tala, cuyo nombre ha oído en la sala.

Le explican que los pacientes que vivían en la antigua colonia de San Lázaro fueron trasladados allí años atrás, que su ingreso en este hospital ha servido para examinarlo y que la propuesta que lleva su expediente es otra.

El médico ha solicitado observación; los encargados del traslado han dispuesto Culión.

No le muestran una plaza disponible en Tala ni una negativa. Gabriel vuelve a señalar NEGATIVE.