El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Repatriación sanitaria
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Repatriación sanitaria

Los dos hombres esperan donde acaba el tablón, uno a cada lado del montón de esteras que la lluvia ha oscurecido, y Gabriel, que desde la lancha solo les ha visto los pantalones claros y los zapatos impropios de aquel muelle, piensa primero que vienen por una carga; amarra, comprueba con el pie que la madera no resbala y sube llevándose la mano al bolsillo de la camisa, donde guarda el lápiz, antes de que el más joven le cierre el paso y el otro saque de una cartera una hoja tan delgada que la claridad de la mañana atraviesa las letras.

No llevan esposas a la vista. El hombre de la cartera pregunta su nombre, vuelve a preguntarlo con una pronunciación que le modifica la primera sílaba y lee.

Detrás de ellos, Chánh Hưng prosigue la descarga: una polea chirría, alguien reclama una cesta, el agua separada por el casco regresa despacio entre los pilotes.

Gabriel todavía tiene que cerrar el paso de gasolina.

Dice que tardará un momento y el hombre joven mira hacia la lancha como si le hubiese solicitado otra cosa.

—El motor —explica Gabriel—. Hay que dejarlo cerrado.

El agente le permite bajar, pero baja con él.

Durante aquellos pocos pasos la cubierta pierde su anchura habitual; tiene que esquivar al hombre para llegar a la llave y, cuando la gira, siente la impaciencia que tantas veces le ha producido un pasajero estorbando donde se trabaja.

Es una irritación pequeña, conocida, y se aferra a ella mientras vuelve al muelle.

Saïgon, le 12 juin 1953.

ARRÊTÉ D’EXPULSION — Extrait notifié à l’intéressé.

Vu les renseignements concernant le nommé LÊ Gabriel, dit NAVARRO, né à Saïgon en 1926, de nationalité indéterminée;

Considérant que la présence de l’intéressé est indésirable;

Article premier. L’intéressé est expulsé et sera conduit au port en vue de son embarquement.

Pour exécution. Signature par délégation.

La copia al carbón que le entregan tiene una perforación de grapa junto al borde y un sello redondo del que apenas se distingue el contorno.

Hay letras que no han atravesado las otras hojas; Gabriel acerca la suya a los ojos, como si la debilidad de la impresión pudiera concederle un intervalo en que la orden todavía no estuviera terminada.

No encuentra el nombre de la compañía ni una cuenta pendiente ni una sola de las palabras con que podría contestar.

Busca su acta de nacimiento, doblada dentro de un sobre, y la ofrece señalando el lugar que el documento acaba de nombrar.

—He nacido aquí.

El hombre la desdobla y la mete en la cartera. Gabriel pide que se la devuelva. Le responden que irá con el expediente.

—Mi madre vive aquí.

Esta vez ninguno vuelve a mirar la hoja.

El más joven pregunta dónde tiene la ropa.

Gabriel mira la calle que sale del embarcadero, las ruedas hundidas de una carretilla, los charcos que el sol aún no alcanza, y trata de decidir cuánto tiempo tardaría en llegar a la casa, qué podría decir allí sin asustarla, de qué manera haría comprender a aquellos dos hombres que ir a buscar una camisa no es lo mismo que dejar una ciudad.

Le autorizan una bolsa, recogida bajo vigilancia.

Al final lleva dos mudas, el cuaderno de hule y la moneda, que pasa al fondo del bolsillo derecho para que no caiga cuando le hagan sacar las manos.

La lancha queda atada. Nadie le pide que entregue el timón.

Entre aquella hoja y la siguiente hay comidas que no elige, una habitación en la que el sol alcanza cada tarde la misma baldosa y el sonido de una persiana que alguien levanta al otro lado de un patio.

No consigue averiguar si ya han decidido el día de su embarque.

Cuando pregunta por el acta, le hablan de otra oficina.

En la primera noche se despierta convencido de haber dejado una amarra demasiado tensa; antes de recordar dónde está, ha apoyado ambos pies en el suelo y busca con la mano la camisa.

El reconocimiento se hace en una sala del Institut Pasteur.

Desde la silla se ve una galería, el borde de un jardín y el brillo húmedo de las hojas junto al desagüe; sobre la mesa hay algodón, instrumental y una bandeja esmaltada cuya desconchadura Gabriel observa mientras le ordenan descubrirse el brazo izquierdo.

El médico apoya primero un poco de algodón, después la punta de un alfiler.

Gabriel siente los contactos alrededor de la cicatriz y no siente algunos de los que caen dentro.

Debe cerrar los ojos, decir cuándo, señalar dónde.

El tubo templado toca una piel que sigue siendo suya aunque necesite mirarla para saber qué le están haciendo.

Explica el accidente. Un colector de escape, una reparación, la dificultad de apartar el brazo a tiempo en el espacio estrecho del motor.

Lo cuenta con precisión, porque supone que la precisión ayudará: la máquina acababa de detenerse, aún conservaba calor, él se había inclinado para alcanzar una pieza.

El médico escucha sin interrumpir y anota.

Gabriel no sabe si anota lo que le dice o lo que el cuerpo ha contestado sin consultarlo.

Le examinan también las orejas. Siente la presión, el breve corte y, después, el roce del algodón; le dicen que no se mueva, que mire hacia la ventana.

No ve cómo queda extendido lo que le han extraído ni qué vidrio recoge la muestra.

El hombre que la retira cruza la galería.

Cuando Gabriel vuelve a bajar la vista, el médico habla con alguien situado a sus espaldas y pronuncia una palabra que sí reconoce: «lèpre».

—Es una quemadura.

El médico levanta la cabeza. Gabriel repite la frase, esta vez en el francés más despacio que puede, y señala la forma alargada de la placa.

Le contestan que están haciendo las comprobaciones.

Después oye «rapatriement sanitaire». Esa expresión le permite imaginar un trámite breve, un viaje impuesto del que podrá volver con otro papel; la retiene porque aún deja sitio para un regreso, aunque deba pedir prestado el pasaje y aunque el patrón, cuando reaparezca, ya haya encontrado a otro hombre.

Saïgon, le 16 juin 1953.

CERTIFICAT MÉDICAL.

LÊ Gabriel, dit NAVARRO. Examen bactériologique, prélèvement au lobule de l’oreille: POSITIF, 3+.

Diagnostic: forme lépromateuse active.

Avis: rapatriement sanitaire vers les Philippines, pays d’origine indiqué au dossier.

Lee la copia antes de que vuelva al sobre.

La fecha corresponde a una mañana que ha pasado sentado en otro edificio; el resultado está escrito con mayúsculas y no contiene ninguna alusión al colector.

Pregunta si pueden examinarlo otra vez. La persona que guarda el certificado le explica que no es médico.

Gabriel espera a que añada dónde podría encontrar a uno, pero el hombre ya está ordenando los bordes del sobre contra la mesa.

La bolsa viaja a sus pies hasta el puerto.

Su acta no vuelve. Del reconocimiento le quedan una pequeña costra junto a la oreja y el recuerdo molesto de haber insistido demasiado: bajo la indignación empieza a crecer una duda que le avergüenza, porque basta con que un médico no le conteste para que él, que ha trabajado con aquella cicatriz sin concederle importancia, intente descubrir si ha cambiado durante la noche.

Se frota el antebrazo derecho, luego el izquierdo; la diferencia ya existía.

No logra usar ese hecho para tranquilizarse.

En el vapor le asignan un camarote separado.

La etiqueta de la puerta permanece boca arriba para quienes pasan por el corredor; desde dentro solo ve la cola de papel doblada sobre el marco y, cuando la corriente la levanta, una sombra breve en la madera.

Hay una litera, un lavabo pequeño y un ojo de buey a cuya altura no puede asomarse sentado.

Huele a pintura recalentada y a ropa que nunca termina de secarse.

Al comenzar a moverse el barco, la vibración le sube por las plantas de los pies y Gabriel se sorprende calculando qué holgura podría producir aquel golpeteo; tarda un rato en separar el ruido de la máquina del de una puerta mal sujeta, y esa averiguación insignificante le ocupa con una felicidad tan repentina que tiene que dejar de escuchar.

Ha llevado embarcaciones bajo lluvias que borraban una orilla a dos pasos.

Aquí lo conducen hacia un país que los papeles consideran suyo y al que no sabe llegar por sus propios medios.

Durante horas permanece tumbado, con los zapatos puestos, atendiendo a variaciones que nadie le va a pedir que corrija.

De noche se levanta cuando cambia el régimen del motor.

De día dobla la ropa. Guarda el cuaderno dentro de una camisa y conserva fuera únicamente el lápiz, que hace rodar entre los dedos hasta gastarle con el pulgar la suciedad de una arista.

El marinero que le trae la comida le habla primero en inglés.

Al no obtener respuesta suficiente, prueba unas palabras de castellano y Gabriel contesta demasiado deprisa; el otro sonríe, le pide que repita y dice que es de Cavite.

Hay algo en su manera de resolver las frases, en las palabras que conserva y en otras que coloca de un modo distinto, que le devuelve la voz de su padre sin parecerse a ella.

Gabriel quiere prolongar la conversación y pregunta por una herramienta que ha visto pasar en manos de otro tripulante.

El marinero le responde, se apoya un momento en la jamba y busca su nombre en la hoja que lleva para repartir las comidas.

—¿Navarro? —pregunta.

—Gabriel.

El hombre se queda pensando.

—Conocí uno que se llamaba así. Navarro. Antes de la guerra hacía Corón.