El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Mercancía especial #3
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Mercancía especial #3

La semana siguiente un sargento le paga otra carrera en Cap Saint-Jacques. No entrega todo el dinero al mismo tiempo. Separa una cantidad, cuenta otra y pide a Gabriel que le haga un cambio en la rue des Marins. Conoce una mesa, dice; le anotará a quién preguntar.

—¿Cuánto quiere que traiga?

El sargento escribe números en el reverso de un sobre. Gabriel le devuelve la cuenta.

—Eso allí no lo dan.

Una piastra vale diecisiete francos en los papeles que el hombre le muestra.

En la mesa donde Gabriel ha preguntado ofrecen diez.

El sargento conoce ambas cifras: lo irrita que Gabriel las pronuncie como si se tratara del mismo dinero disponible en dos sitios.

Explica qué tiene que llevar, a quién debe entregárselo y qué papel traerá de vuelta.

A mitad de la explicación Gabriel comprende que le están encargando otro transporte, uno cuyo peso cabe entero en un bolsillo.

No acepta todavía. Pide que le deje escrito cuánto entrega.

El sargento vuelve a contar, más despacio, y Gabriel lo mira con una paciencia que no necesita fingir: si se equivoca tendrá que completar la cantidad con el sueldo.

La guerra ha hecho que algunas preguntas se consideren peligrosas, pero otras siguen siendo vulgares, molestas, perfectamente comprensibles. Escoge estas últimas.

En los meses siguientes recoge más cajas.

Algunas pasan por la pista, otras llegan al muelle antes que él.

Deja de esperar una explicación distinta cada vez.

Comprueba los cierres, protege del agua lo que puede mojarse, reclama las horas de demora.

Cuando una entrega exige subir de noche, se lo dice al chico antes de comprar comida.

El muchacho pregunta si pagarán más. Gabriel contesta que va a pedirlo.

Tarda hasta el verano. Ha repetido mentalmente la conversación tantas veces que, cuando el patrón lo recibe, le sorprende encontrar una oficina corriente, con una jarra de agua sobre el suelo y una camisa colgada detrás de la puerta.

El hombre tiene desabrochado el cuello. Le indica que se siente y sigue leyendo una hoja.

Gabriel espera. Desde la ventana se ve un extremo del muelle, suficiente para reconocer que están descargando su lancha con demasiada prisa. Podría bajar y corregirlos. Se queda donde está.

—Por las cajas especiales —dice.

El patrón levanta la vista. Gabriel había preparado una lista de gastos, el combustible, las comidas fuera de hora, las esperas del muchacho.

No llega a exponerla entera. El hombre le pregunta cuánto y él da una cifra mayor que la que había decidido al subir la escalera.

Después siente la necesidad de rebajarla.

Se obliga a mirar la jarra, el círculo mojado que va ensanchándose bajo el barro, hasta que el otro responde.

Dos mil piastras al mes.

Gabriel quiere precisar desde cuándo. Lo pregunta. El patrón vuelve a la hoja, como si esa fuera la única parte de la conversación que aún mereciera una cuenta.

Al bajar, no busca al muchacho para decírselo.

Revisa las amarras, retira un cabo que alguien ha dejado en el agua y se lava las manos.

Le cuesta reconocer en su alivio la conversación que acaba de tener.

No le han pedido que jure nada, no han pronunciado el nombre de los hombres de la sala y el dinero servirá para gastos que existen, para piezas que lleva meses aplazando, para dejar de discutir una comida; puede enumerarlos con tanta facilidad que los repite mientras se seca, hasta que oye al muchacho preguntarle si salen esa tarde y advierte que no ha respondido.

—Con la entrada —dice.

Un martes vuelve al Grand Monde con una cuenta que le han devuelto. Falta una firma. Ha dejado al chico cuidando la lancha y cruza los corredores de servicio sin carga, extrañado por lo deprisa que llega a la sala. Antes de llamar oye mover una silla. Se aparta para no impedir la salida.

—À jeudi, capitaine Kessler.

Es la voz de Lefèvre. El hombre que atraviesa la puerta lleva la misma libreta que Gabriel ha visto junto a los billetes. Se detiene para cerrarla y sigue andando sin mirarlo. Gabriel espera a que termine de pasar; después entra, consigue la firma y regresa por donde vino.

Junto al muelle abre el cuaderno. Escribe la fecha y la cantidad de cajas.

En la columna contigua, donde otras veces anota el peso, añade el nombre que acaba de oír.

Lo hace despacio, conservando la pronunciación hasta decidir las letras.

Deja sitio por si necesita corregirlo. Luego guarda el lápiz dentro de la tapa.

La lancha espera una limpieza de bujías.

Gabriel saca una y busca en el bolsillo la moneda de aluminio que le dejó su padre.

Conserva el año, 1913, y la leyenda Culion Leper Colony.

En uno de los bordes el metal se ha aplanado por los usos que él le ha ido encontrando.

Lo acerca al electrodo para apreciar la separación, sin confiarle la medida; tantea, retira la moneda y ajusta de nuevo.

El muchacho sostiene las piezas limpias en un trapo.

A su espalda el cuaderno ha quedado abierto, con la esquina de aceite al sol.

—¿Así?

Gabriel se inclina a mirar lo que le ofrece. Asiente y deja que lo monte.