El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Mercancía especial #2
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Mercancía especial #2

La carretera de Saigón está cortada, les dicen al volver al muelle.

Por eso van a subirlas ellos. Gabriel pregunta dónde hay que entregarlas y recibe una dirección de Chợ Lớn que conoce por las comidas de los cargadores, por los carros que esperan fuera, por una luz que de noche llega a reflejarse en el agua sucia del arroyo.

No es la primera vez que lleva mercancía allí.

Nunca se la habían hecho recoger junto a unos aviones.

El cargador coloca tres cajas en la carretilla.

La rueda tropieza en la unión de dos tablones, el hombre empuja con más fuerza y la superior cae de canto.

El sonido no es el golpe sordo de un bulto intacto.

Una tabla se abre y deja escapar varios paquetes envueltos; uno llega hasta el pie de Gabriel.

El muchacho da un paso para recogerlo, pero el encargado lo aparta con el brazo.

Gabriel levanta el paquete. Pesa más de lo que su primera apariencia le había hecho calcular.

Es compacto, de aristas redondeadas por la envoltura, con una zona oscura donde el papel se ha pegado a lo que contiene.

Lo cambia de mano para recoger con la otra un clavo que ha quedado sobre el paso.

Cuando alza los ojos, el encargado lo está mirando.

—Ahí.

Señala el interior de la caja.

Gabriel deja el paquete. En el papel que cubre el fondo hay un óvalo violeta, unas siglas cuya segunda letra ha corrido con la humedad y una palabra que puede leer entera: SECRET. La tabla rota descubre solo una parte del sello. Para ver el resto tendría que retirar lo que acaba de poner encima.

El encargado trae una cuerda. Gabriel le dice que no basta, que la tabla se ha abierto por el clavo y que al levantarla volverá a ceder.

El hombre tira más fuerte. Durante un momento Gabriel considera dejarlo hacer.

Sería fácil recibirla tal como está, anotar la rotura y obligarlo a cargar con la discusión de la llegada.

Pero ve ya el fondo desprendido dentro de la lancha, los paquetes entre los pies del muchacho, la maniobra interrumpida para reunirlos mientras alguno, desde tierra, asegura que falta uno.

Busca un listón entre las maderas del muelle.

—Por debajo —dice—. La cuerda después.

Reparan la caja juntos. Gabriel sostiene el listón; el encargado golpea, dobla dos puntas y vuelve a tensar el cordel. La nueva madera no oculta la fractura. Él señala que deben hacer constar el daño antes de salir.

—Ya lo verán.

—Quiero que lo vean aquí.

El hombre acaba trazando una señal junto a la cifra de carga. Gabriel no sabe si bastará. Separa esa caja de las demás y deja la marca a la vista.

Al largar amarras el sol ha desaparecido, pero queda claridad suficiente para distinguir los cables contra el cielo.

La gasolina de la pista continúa en la ropa.

El muchacho se huele una manga y hace un gesto de asco; Gabriel le indica que compruebe la proa.

Necesita oír el agua junto al casco. El motor responde, el muelle se aparta y, cuando por fin se vuelve, la luz del faro del cabo ocupa detrás de ellos una altura que desde tierra no parecía tan grande.

Suben de noche. En los pasos estrechos los árboles no tienen copa ni tronco: forman una oscuridad que se aproxima al ruido del motor y luego se retira, abriendo huecos donde Gabriel busca el curso antes de reconocerlo.

Las primeras veces necesitaba imaginar lo que habría visto de día.

Ahora le estorba esa imagen. Mira los bordes disponibles, una discontinuidad en la sombra, el brillo que aparece bajo una rama; oye la respuesta de su propia estela y corrige antes de que el chico, apostado delante, levante el brazo.

Los doce bultos permanecen inmóviles. Gabriel sabe cuál está roto sin tener que alumbrarlo.

También sabe que una vez entregado podría dejar de pensar en él; la avería, si la reciben, pasará a otra cuenta.

Sin embargo, cada vez que el muchacho se mueve entre la carga siente deseos de advertirle algo que no tiene relación con la cuerda ni con los clavos.

No encuentra una frase que no lo obligue a decir por qué.

En un tramo ancho apaga un momento la lámpara.

Hay claridad suficiente sobre el agua y quiere librarse del reflejo que le devuelve el cristal.

La oscuridad lo alcanza de golpe, le ensancha la respiración.

Al cabo de un rato distingue sus propias manos, el hombro del muchacho, la forma rectangular de una caja que antes no veía porque estaba detrás del foco.

Puede conducir así. Se siente aliviado y le incomoda ese alivio: ha pasado horas deseando que alguien le diga qué lleva, y ahora agradece que se reduzca a un peso bien distribuido.

Hablan solo del trabajo. Hay que cambiar de lado un cabo; el motor pierde durante unos segundos un sonido que Gabriel conoce; una rama baja obliga al muchacho a agacharse.

Cerca del amanecer comen sin detenerse. El arroz se ha enfriado dentro del recipiente y conserva en el fondo una zona más húmeda.

Gabriel la separa con los dedos. El chico le ofrece pescado, come el suyo y vuelve a mirar hacia delante.

Chợ Lớn aparece antes por las descargas de agua que por las fachadas.

En la orilla hay tubos, escaleras que terminan por debajo del nivel del cauce, tablones tendidos desde una casa a otra; después se distinguen los cobertizos, los tejados superpuestos, la parte trasera de los almacenes cuya entrada principal mira hacia calles que Gabriel rara vez necesita recorrer.

De algunas cocinas llega humo. Un hombre se lava el pecho inclinado sobre el arroyo, con los pantalones sujetos por una mano; más lejos, una mujer retira de la corriente un cesto atado.

Los que viven junto al agua han empezado ya el día cuando la lancha encuentra sitio para atracar.

Gabriel espera a que cuenten once cajas antes de pedir ayuda con la última.

No quiere que la rotura desaparezca en medio de la descarga.

El encargado del muelle examina el listón añadido, mira la señal en el papel y llama a otro hombre.

Hablan aparte. Gabriel mantiene el cuaderno abierto sobre el banco.

Le gotea del pelo un sudor que lleva horas sin notar.

—Esta, dentro —le dicen al fin.

Desde la calle, el Grand Monde le había parecido siempre más alto de lo que resulta al entrar por detrás.

Los corredores de servicio reducen el edificio a puertas demasiado próximas, escalones cortos, paredes contra las que las cajas han dejado rozaduras a una misma altura.

El muchacho carga del otro lado y Gabriel tiene que indicarle cuándo levantar.

Pasan junto a una cocina donde un hombre separa hojas de verdura sin dejar de mirar el bulto que atraviesa la puerta.

El olor a grasa caliente les alcanza antes que la claridad de la sala siguiente.

Allí la mañana entra por una abertura alta.

Hay una mesa grande y otras dos más pequeñas, paquetes de billetes con fajas de papel, tinteros, un ventilador que mueve el borde de una hoja sin refrescar a quienes están debajo.

En la mesa grande dos hombres cuentan. Uno lleva dril blanco, limpio todavía en los codos; aparta un mazo, humedece apenas el pulgar y continúa.

El otro, vestido de paisano, dice números en inglés y los apunta en una libreta.

A su lado una máquina de calcular recibe golpes breves; la palanca vuelve con un ruido que el muchacho escucha como si reconociera un mecanismo de la lancha.

El encargado les muestra dónde dejar la caja. Gabriel busca el suelo con un pie antes de doblar las rodillas. El dolor de la espalda le llega después de haber soltado el peso. Se incorpora despacio.

—El señor Lefèvre quiere la cuenta de las doce —dice el encargado a Gabriel, señalando al hombre de dril.

Gabriel acerca el papel. El encargado lo recoge y añade, esta vez hacia la mesa:

—Esta se abrió al cargar.

El otro no deja de contar. Gabriel espera una pregunta sobre el contenido o sobre la reparación.

Lo que oye es una cifra repetida, la discusión de un total que pertenece a otra mesa.

El hombre de la libreta comprueba una anotación, vuelve una página.

Gabriel tiene las manos vacías y no sabe dónde ponerlas sin parecer que está esperando algo. Nadie le ha pedido que se marche.

El encargado trae el recibo al corredor. El papel es tan delgado que la escritura del otro lado se transparenta allí donde ha apoyado una segunda hoja. Gabriel lo coloca sobre la tapa del cuaderno para leerlo.

Reçu 12 caisses — produit — CSJ.

Firma ilegible.

No menciona la rotura. Gabriel pregunta si las doce quedan recibidas. El encargado señala la cifra con la uña. Él dobla el papel y lo guarda.

Fuera, el muchacho quiere comer algo caliente.

Gabriel iba a decirle que ya han comido, pero mira su camisa, las manchas que ha adquirido durante una sola noche, y lo sigue hasta un puesto cercano.

Se sientan con las rodillas abiertas para dejar pasar el aire.

Al levantar el cuenco, Gabriel descubre una astilla en la base de un dedo.

La saca con los dientes y la deja en el suelo.

Tiene hambre. Eso lo sorprende más que el cansancio, y durante unos minutos le permite atender a la comida sin avergonzarse de estar allí.