El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Mercancía especial
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Mercancía especial

Gabriel sostiene el timón con la rodilla mientras levanta una esquina de la caja que han dejado a su lado, y el peso, que no corresponde al tamaño ni a la facilidad con que el cargador acaba de soltarla, le obliga a corregir el apoyo antes de que la proa se aparte del agua más oscura, aquella franja por donde la corriente entra todavía desde el mar y permite ganar río sin pedirle al motor todo lo que el motor puede dar.

La devuelve al suelo. Tiene una tabla más gruesa por debajo.

Alguien ha reparado el fondo, y los clavos, doblados hacia fuera, le han rozado los dedos.

Llama al muchacho y le indica que la coloque encima de otras dos, fuera del paso.

En la lancha de Chánh Hưng caben más cosas de las que conviene llevar; la diferencia entre ambas cantidades suele establecerla un hombre que se queda en el muelle, y a Gabriel le corresponde volver a discutirla con el agua cuando ese hombre ya está sentado en una oficina.

Cada carrera empieza antes de largar las amarras.

Hay que mirar cómo flota la embarcación cargada, bajar a comprobar que no entre agua por donde el casco estuvo seco durante la noche, dejar libre la sentina y separar los bultos que alguno ha arrimado al motor porque allí quedaba un hueco; después, cuando todos consideran que solo falta marcharse, Gabriel vuelve a contar.

Son quince metros de madera trabajada y reparada, con un lugar para cada pie y otro para la carga que impide ponerlo.

El muchacho aprende deprisa a saltar entre las cajas.

Aprende más despacio a no dejarlas donde caerían si tuviera que hacerlo a oscuras.

En el cuaderno de hule negro las columnas empiezan rectas.

Fecha, cajas, peso cuando lo han declarado, destino.

Más abajo, la humedad y el lápiz van acercando unas cifras a otras hasta que Gabriel tiene que trazar una raya nueva.

No quiere una cuenta bonita: quiere reconocerla al llegar, cuando el encargado le quite dos cajas de delante y un tercero le pregunte si también trae lo suyo.

Una mancha de aceite ocupa la esquina inferior.

Al volver las páginas, la mancha pasa de un margen al otro sin mudar de sitio.

Lleva arroz, pescado seco, herramientas que han envuelto en estera y cajones para los que nadie ha preparado una explicación.

El olor ayuda a distinguir algunos. Otros conservan únicamente el de la madera húmeda.

Gabriel comprueba el estado de las tapas y anota lo que le han entregado; si una junta está abierta, hace que el encargado la mire antes de embarcar.

Le disgusta discutir al final del viaje.

El que recibe puede pasarse la mañana hablando de una astilla mientras la marea se le va por debajo de la lancha.

Durante 1951 aprende a calcular el viaje por cosas que no admiten una hora fija.

El agua ha de entrar, pero no basta con que entre; importa lo que haya llovido río arriba, la carga de aquella mañana, la lentitud de un cruce donde otra embarcación ocupa el centro, el ruido de una válvula que empieza a escucharse solo cuando todo lo demás parece ir bien.

En el estuario hay jornadas en que la costa queda borrada por una claridad baja y otras en que los árboles, aunque estén lejos, presentan cada rama con una exactitud que engaña sobre la distancia.

Gabriel reconoce un recodo por la disposición de dos copas, lo pierde al acercarse y lo recupera en el desnivel de la orilla.

No recuerda haberlo aprendido así. Recuerda las veces en que se equivocó.

En los canales del Rừng Sác los mangles estrechan la vista.

Las raíces salen del fango, vuelven a hundirse, se cruzan con otras que solo aparecen cuando baja el agua; sobre ellas cuelgan bolsas de hojas muertas y restos de cuerda, mientras las ramas altas, inmóviles desde la lancha, tiemblan al recibir una brisa que no alcanza el cauce.

Hay árboles cuyo reflejo conserva más luz que las hojas.

Al pasar cerca, Gabriel ve desplazarse el bosque hacia abajo, deshecho por la ondulación del casco, y una hilera de cangrejos busca refugio en agujeros que desde el centro del canal parecían manchas.

El muchacho mira también. A veces deja de mirar porque está cansado de que no suceda nada.

Gabriel no se lo reprocha. A él le gusta ese tramo cuando la carga está bien asentada y no tienen que detenerse.

Puede oír las variaciones del motor sin la interferencia de otra hélice; puede escoger dónde cruzarse con una barca, ceder sitio antes de que sea necesario y ver cómo el otro patrón entiende el movimiento.

Son decisiones pequeñas que llegan a su término.

El agua responde de una manera que él alcanza a reconocer, y durante un rato no tiene que explicar por qué ocupa ese puesto ni con qué nombre debe cobrar.

En los controles hablan poco. Un hombre pide el papel, otro alza una lona.

Gabriel mantiene las manos donde puedan vérselas y contesta en la lengua en que le preguntan si la conoce.

A veces el apellido que buscan no coincide con el que le han dicho al llamarlo; deja que repitan, señala la lancha, espera.

Ha descubierto que corregir la pronunciación demasiado pronto prolonga la visita.

El muchacho, que al principio sonreía cuando oía a Gabriel cambiar de lengua, ya sabe quedarse junto al cabo de proa sin hacer comentario alguno.

Hay días en que regresan con el dinero justo para el combustible y la comida.

En otros les pagan una espera que no han hecho o les niegan una que duró toda la tarde.

Gabriel guarda los recibos en la parte menos húmeda del cuaderno.

No consigue que la cuenta del viaje explique el cansancio con que vuelven; tampoco se lo propone.

Le basta con que permita reclamar una cantidad determinada sin tener que contar de nuevo cómo estaba el río.

El muchacho se duerme en cuanto el motor mantiene su ritmo.

Dobla los brazos bajo la cabeza y utiliza como almohada una cuerda que Gabriel encuentra demasiado áspera incluso para sentarse encima.

Su sueño le molesta solo cuando necesita llamarlo dos veces.

Después, al verlo levantarse sin saber todavía qué le han pedido, recuerda que él también pudo dormir así, antes de empezar a despertarse con el cambio más leve del escape.

Le permite lavarse la cara antes de darle una orden.

El chico lo interpreta como una demora del patrón y aprovecha para beber.

La quemadura pertenece a una reparación anterior, una noche de 1949 en que el motor prendió junto al colector y Gabriel, después de apagarlo, volvió a meter el brazo donde seguía acumulado el calor.

Tenían la lancha varada en Cap Saint-Jacques; la luz alcanzaba el tornillo que buscaba y dejaba fuera el hierro que iba a tocar.

La cara externa del antebrazo izquierdo quedó pegada un instante, el tiempo necesario para que al retirarla ya supiera que no bastaría con mojarla.

Siguió trabajando con la manga recogida.

Nadie llamó a un médico. Durante semanas protegió la herida del roce, se enfadó cuando alguno intentó ayudarlo y durmió mal por no encontrar una postura que no acabara tocándola.

Ahora hay una placa lisa. Una vez se clavó allí la punta de un alfiler al sujetarse una venda y lo descubrió por la sangre; conserva alrededor una sensibilidad que le permite notar el movimiento de la tela, pero en el centro no sintió entrar el metal.

La lancha tiene otras reparaciones que Gabriel tampoco explica cada vez que alguien las ve.

Una tabla de distinto color bajo el banco, el cierre de una tapa, una pieza que solo se puede aflojar después de golpearla en un sitio preciso.

Al muchacho le enseña a reconocerlas por su uso.

Cuando consigue hacerlo solo, lo deja terminar sin ponerse a su lado.

En marzo de 1952 los llevan a buscar la carga más allá del muelle acostumbrado.

El camión se detiene cerca de la pista y esperan sobre la caja vacía, con la ropa pegada a los listones calientes.

Gabriel oye primero los aviones; cuando aparecen, el ruido ya ha llenado el espacio abierto.

Son dos Dakota con distintivos militares franceses.

El primero rueda despacio después de tomar tierra y el segundo parece quedarse suspendido detrás, disminuyendo sin acercarse, hasta que también toca el suelo y levanta una franja de polvo.

El muchacho se incorpora para ver mejor.

Gabriel lo sujeta del pantalón antes de que pierda el apoyo.

Nadie les explica por qué han venido hasta allí.

Habían contratado la lancha para una carga que debía estar junto al agua al anochecer.

Ahora un hombre se dirige al conductor del camión, mira hacia ellos y les ordena bajar.

Detrás de la cabina, donde tendría que leerse la matrícula, hay una superficie oscura.

Gabriel no se agacha a comprobar si está cubierta o falta.

El aire huele a gasolina y a tierra removida.

Cerca de los motores, el ruido impide oír las instrucciones y obliga a repetir los mismos gestos: levantar, esperar, mover hacia un lado.

Las cajas pasan desde el avión a otras manos, de esas manos a la plataforma del GMC.

Gabriel observa las juntas mientras carga.

No todas son del mismo tamaño. Algunas llevan dos flejes; otras, un cordel que se ha hundido en la madera blanda.

Al terminar cuenta doce y se lo dice al encargado.

El hombre lo hace repetir como si hubiera hablado de otra cosa.

—Doce.