El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Valor desconocido
75%

Valor desconocido

Kavi consigue bajar la bandeja sin despertar a Elena.

El borde tropieza con su rodilla, el vaso de agua tiembla dentro del hueco y, durante unos segundos, las cosas que ha dispuesto para trabajar dependen de que mantenga el muslo en una posición incómoda.

Abre el portátil. Lleva tanto tiempo buscando una conexión que el aviso de modo avión le produce alivio.

Ella duerme vuelta hacia la ventanilla. Ha doblado una prenda para apoyar la cabeza y una punta de la manga le cae sobre el hombro; de vez en cuando el ruido del motor parece cambiar, aunque quizá sea su propio oído, la presión que se desplaza al tragar, y Kavi levanta los ojos antes de comprobar que Elena sigue dormida.

Tiene abierta la copia local del grafo. Puede corregir un enlace, guardar, comprobarlo.

Nadie va a pedirle durante unas horas que responda a otra cosa.

Fuera, las nubes forman una superficie hendida por corredores más oscuros.

En algunos lugares se separan lo suficiente para mostrar otra capa, mucho más baja, y esa profundidad, que desde tierra habría sido una diferencia de tiempo entre dos lluvias, aquí se ve entera, con sombras extendidas sobre una blancura que no ofrece ningún sitio donde posar el pie.

Kavi encuentra una franja de tierra y la pierde al inclinarse.

Le gustaría saber qué población está debajo, pero no abre el mapa de la pantalla del asiento; conserva por un rato aquel territorio sin el esfuerzo de hacer coincidir sus formas con un nombre.

Vuelve al archivo. El recibo de Petra figura entre las entregas de documentos, separado de cualquier transmisión del bronce.

Lee la fecha del veinticuatro y ve de nuevo el disco sobre la mesa, la casa que necesitará volver a ocupar ese espacio cuando las visitas se marchen.

La investigación ha ido llenando carpetas mientras a sus dueños les quitaba horas, una mesa, el sitio donde poner un plato.

Él vuelve con trabajo. Los otros se han quedado con lo que pidieron y con lo que tendrán que seguir preguntando.

Elena se mueve. Kavi acerca el vaso antes de que lo alcance su codo.

—¿Has dormido? —pregunta ella, sin abrir del todo los ojos.

—Un poco.

—Eso dijiste al despegar.

Él sonríe. Elena bebe, mira la pantalla y le devuelve el vaso.

Al acomodarse otra vez, deja el brazo sobre el reposabrazos que comparten.

Kavi ha pasado días recordando el contacto de Balala; ahora lo tiene tan cerca que puede elegir no convertirlo en una pregunta.

Mantiene la mano sobre el teclado. Le agrada que ella vuelva a dormirse sin disculparse, la confianza de dejarle a solas en un lugar del que ninguno puede irse todavía.

Guarda la última modificación. En otra pestaña espera una fotografía del segundo cuaderno.

La abre un instante: folio doce vuelto en la foliación de trabajo.

El margen conserva una anotación sin cifra, apartada de los renglones principales.

En la transcripción del veinte quedó entre las lecturas dudosas.

Kavi y Elena han vuelto a cotejarla antes del viaje, sobre las imágenes cuya lectura Merlinda les autorizó; no han abierto otro libro ni añadido páginas a las ocho hojas seleccionadas.

Tiene palabras que antes no podía separar.

También una nota nueva, fechada hoy, que no sustituye silenciosamente la copia recibida por Merlinda.

El aviso de guardar le ofrece dos botones. Kavi conserva la nueva lectura en una versión distinta, cierra la tapa y se queda mirando la manga caída sobre el hombro de Elena hasta que también él consigue dormir.

En San Luis, la llave entra con la resistencia acostumbrada.

Kavi levanta un poco la puerta mientras la gira; había olvidado ese movimiento y le sorprende que la mano lo recuerde antes que él.

Dentro huele a habitación cerrada. Una raya de polvo separa en la mesa el lugar donde dejó una carpeta del que permaneció descubierto.

Abre las hojas de la ventana, recoge del suelo un recibo que alguien ha pasado por debajo de la puerta y busca una cuchara limpia.

El viaje continúa unos días en sus horarios.

Se despierta cuando la calle aún no necesita a nadie y vuelve a tener sueño a media conversación; una tarde se sienta para deshacer la mochila y acaba leyendo, con una atención excesiva, las condiciones de un cargo bancario que ya había aceptado.

La carpeta que envió su tía desde Pondicherry sigue en la balda, debajo de la caja.

Le basta con estirar el brazo. Primero pone ropa a lavar.

Mientras la máquina toma agua, empieza a escribirle.

Hemos vuelto, pone, y se detiene en el plural, que ha introducido a Elena en la casa de su tía antes de preguntarle si quiere estar allí.

Podría corregirlo sin explicar nada. En cambio deja el teléfono sobre la mesa y mira la carpeta, los ángulos protegidos por la caja que ha puesto encima, la pequeña deformación del cartón en el lugar donde lo cogería para bajarlo.

Su tía le mandó reproducciones para ahorrarle un viaje.

Él ha cruzado medio mundo siguiendo unos libros que ni siquiera sabía si encontraría.

La desproporción le resulta demasiado fácil de juzgar desde esta habitación; sabe preparar una confesión severa que le permita sentirse menos culpable sin mover la caja, y esa habilidad le desagrada más que la demora.

Vuelve al mensaje. He llegado bien, escribe.

Le pregunta por una reparación de la casa de la que ella le habló antes de que se marchara.

Esta vez espera la respuesta sin ofrecerle una fecha para empezar con los papeles.

Cuando el teléfono vibra, la lavadora ha dejado de llenar y se oye caer una moneda dentro del tambor. Kavi se levanta a detenerla.

El lunes ve la Cilla desde la esquina de Santo Tomás.

La sombra ocupa menos calle de la que recordaba en marzo.

Hay una hilera de personas que busca mantenerse dentro de ella y otra, más corta, que prefiere quedar cerca de la entrada; una mujer cambia de fila después de mirar el reloj, un hombre se protege la nuca con el sobre que lleva.

Kavi se coloca al final. Sobre la piedra de la Lonja, el sol deshace los relieves pequeños y conserva los grandes, de modo que las ventanas parecen más hondas y las juntas desaparecen; por debajo de esa claridad pasan zapatos, ruedas, una bolsa que arrastra un niño hasta que alguien la levanta.

La ciudad se ha estrechado a las franjas donde todavía es posible detenerse.

En la sala, el puesto asignado tiene la misma anchura que otros días. El cuerpo tarda en reconocerlo. Kavi prepara el lápiz, abre sus notas y descubre que ha traído en el bolsillo un papel de Manila cuyo doblez conserva una miga. Lo guarda aparte antes de extender los documentos.

Dedica la mañana a las fechas. Una anotación que dice marzo de mil seiscientos veintitrés conserva 1623-03 ; la posibilidad de que quien la escribió mintiera necesita otra casilla, no una tilde que vuelva impreciso el mes.

En una atribución provisional y aproximada deja 1623~ .

Prueba después 1620/1625 en el intervalo de una hipótesis y mantiene el vínculo con la nota que justifica sus límites.

Cada expresión hace algo distinto. Al reunirlas la semana anterior había conseguido una tabla hermosa y varias equivalencias falsas.

La edad de una declaración de mil seiscientos cincuenta le detiene.

En su ficha había reservado dos cotas para el nacimiento, pero falta cotejar la cifra de edad contra el documento del que procede.

No puede obtenerla del año que ofrece una biografía y hacerla regresar, convertida en testimonio, al papel antiguo.

Deja el cálculo pendiente. La pantalla admite ese espacio sin protestar. Él tarda algo más.

Por la tarde entra en el despacho compartido de Alfonso XII.

Alguien ha colocado una caja de folletos encima de su mesa.

La retira y deja libre la mitad que le corresponde, cuidando de no invadir el sitio de la compañera que está hablando por teléfono.

Le han permitido conservar el puesto durante la colaboración y terminar desde allí sus tareas; ese permiso no ha prorrogado el contrato.

En el documento de vigencia, el último mes sigue siendo marzo de este año.

La memoria que entregó entonces tampoco lo cambió.

Abre el correo de administración. Hay una respuesta sobre justificantes del viaje y ninguna sobre la continuidad que ha preguntado.

El reintegro previsto para septiembre permanece en sus cuentas como una cantidad que todavía debe llegar.

Le molesta pensar en ello mientras tiene delante dos siglos mal enlazados.

Le molesta más descubrir que la investigación le sirve, algunas tardes, para conceder dignidad a una demora que en otros asuntos llamaría miedo.

Puede pasar horas distinguiendo el valor de dos testimonios y no sabe qué escribirle a su tía cuando le pregunta hasta cuándo piensa quedarse.

La compañera termina la llamada.

—Te han dejado una planta —dice.

Kavi mira hacia el alféizar. Es la misma que llevaba meses intentando mantener viva. Durante su ausencia alguien la ha cambiado de tiesto.

—¿Quién?

—Entre varios. No preguntes por el orden.

Le hace sitio donde no la alcanzará el aire de la máquina y vuelve a sentarse.

El martes reúne las hipótesis de enlace del espejo.

Hay siete que siguen sin un documento capaz de acreditar el paso que proponen.

Algunas comparan estados conocidos; otras nacen de una semejanza todavía discutible.

Las imágenes, los relatos y los inventarios que motivan cada pregunta conservan su lugar.

Una fotografía de un objeto y el acta de su traslado pueden hablar de la misma pieza sin afirmar lo mismo.