Acuse de recibo #3
Elena limpia el disco con un paño seco antes de guardarlo.
Kavi está sentado cerca, con un pie descalzo fuera de la zapatilla.
No han hablado de sus manos enlazadas. Le gusta ese pie, su manera de descansar sin pedirle que atienda al descanso; quisiera acercarse y apoyarle los dedos en el tobillo, pero él se vuelve para preguntarle qué nombre pondrán a la carpeta y ella, en vez de recuperar la ceremonia que los mantenía a salvo durante las llamadas, arrastra la silla hasta quedar a su lado. Revisan juntos el último archivo.
El miércoles, Kristel conecta el disco a su ordenador.
El ventilador de la sala gira hacia la pared; la pantalla conserva los colores.
Abre primero una imagen del espejo, luego la escritura, después una de las páginas autorizadas por Merlinda.
Elena le muestra cómo encontrar la transcripción correspondiente y la joven vuelve atrás para hacerlo sin ayuda.
Descubre una palabra que no entiende y busca su señal en el repertorio de dudas.
Lee la explicación en inglés. Se la traduce a su abuela.
Petra ha traído comida. Deja un plato junto al televisor y se sienta sin quitarse el delantal. Kristel pregunta si tienen un recibo preparado. Elena le muestra la relación de archivos; la joven toma su cuaderno y empieza a copiar un texto más corto en una hoja cuadriculada.
—Firmo el recibo —dice Petra—. Ponga la fecha.
Kristel escribe arriba el veinticuatro de junio.
Al llegar al nombre de su abuela se detiene para preguntarle cómo quiere figurar.
Petra dicta Perpetua y los apellidos. La joven prepara otro ejemplar.
Elena espera hasta que termina; después comparan ambos, línea por línea.
En una copia falta la palabra parcial y Kristel la añade donde todavía cabe, sin estrechar las otras letras.
Recibido. Tondo, 24 de junio de 2026.
Recibo de Elena de Silva Aguirre un disco con fotografías, reproducciones y notas relacionadas en la hoja adjunta.
Incluye una selección de imágenes de los cuadernos conservados por Merlinda y su transcripción parcial, con lecturas dudosas, para consulta privada de Perpetua Gatmaitan-Reyes y Kristel Reyes, según autorización adjunta.
Hemos abierto los archivos en el ordenador de Kristel.
Recibimos también la referencia de la solicitud relativa a las tierras de Bulacán. Este recibo deja constancia de la entrega de las copias.
Perpetua Gatmaitan-Reyes. Firma.
Elena de Silva Aguirre. Firma.
Petra toma el bolígrafo azul. Lo sostiene con una posición distinta de la que usa para recoger monedas, cambia el apoyo y firma los dos ejemplares.
Hay una señal de grasa en la esquina de uno; la ha dejado al sujetar la hoja después de repartir la comida.
Elena firma debajo. Su copia queda en la carpeta; la otra, junto al disco, sobre la mesa de Petra.
Kristel detiene la grabación que había pedido hacer de las instrucciones y comprueba que se oye.
—Lo de las tierras me lo manda a mí también —dice a Kavi.
Él comprueba la dirección con ella. Petra ya está contando los platos.
Antes de que se marchen, la mujer descuelga la fotografía. Elena se levanta, pero espera a que se la ofrezca. La recibe por la madera. El cristal tiene polvo por dentro y una holgura pequeña que se oye al inclinar el marco. No lo abre.
—Mi madre la recibió por correo —dice Petra—. En el sesenta y siete.
Elena mira a Kristel, que escucha y no corrige el año. Pregunta si conservan el sobre. No. Si había carta. Tampoco. Nadie escribió de dónde venía; su madre la guardó, y la fotografía fue pasando de una habitación a otra con las demás. Petra dice que está en aquella pared desde siempre.
—Desde que pintamos —la corrige Kristel—. Antes estaba al lado de la puerta.
La abuela señala el lugar anterior. Elena mira la pared, después la copia; agradece esa diferencia sin anotarla todavía.
Tiene la imagen entre las manos, muy cerca, y reconoce en las motas y en el contorno de la mancha lo que vio por primera vez al abrir la caja de té.
Puede mostrarles la semejanza. No puede darles el nombre de quien envió la fotografía ni la dirección escrita en un sobre perdido.
Petra les permite fotografiar el conjunto.
Kavi sostiene el teléfono de Elena con la imagen de Madrid y ella aproxima el marco sin tocar la pantalla.
Las dos paredes retratadas conservan la misma pobreza de detalle.
Una copia está dentro de un objeto doméstico; la otra llega por una pantalla desde una lata guardada a miles de kilómetros.
Elena desea ponerlas juntas de verdad, volverlas y mirar los bordes, y, mientras calcula lo que habría que pedir, comprende que durante cincuenta y nueve años esa fotografía ha podido ser recogida al limpiar sin que nadie necesitara resolverla.
—¿Nunca vieron la luz en una pared? —pregunta.
Petra contesta que no. Kristel tampoco. Conocen la foto.
Elena le devuelve el marco. La mujer lo alza hacia el clavo, falla una vez y encuentra el cordón.
Debajo, Kristel aparta el disco para colocar los platos.
Elena recoge su carpeta; el olor del pescado le llega otra vez al levantar el brazo, retenido en la blusa del lunes, que ha vuelto a ponerse esa mañana.
Petra vuelve a la mesa y mira el recibo que se ha quedado. Pone encima la relación de archivos, pero cambia el orden al ver que tapa la fecha. Deja el recibo arriba. Cuando Elena se despide, Kristel aún está repasando con un dedo los apellidos de la copia del pleito.