El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Acuse de recibo #2
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Acuse de recibo #2

Elena explica que están estudiando trámites y condiciones, que registrarlo no significa por sí solo que nadie pueda venderlo nunca, pero Petra ya ha comprendido lo que necesitaba: hay cosas por pagar y otras por averiguar.

Quiere que ese trabajo se haga lejos de su aparador.

Elena siente ganas de asegurarle que no les dejaría una carga y se detiene antes de prometerla en negativo.

Todavía ignora qué podría dejarles. Había imaginado que traer información sobre el espejo permitiría preguntar por su regreso y descubre que la mujer considera resuelta esa parte de la conversación.

—¿Cuáles son los papeles? —pregunta.

Petra llama a Kristel. La joven va a un cuarto del fondo y vuelve con una carpeta de gomas.

Tiene otras encima, una de recibos de matrícula y una funda de plástico que devuelve a su sitio antes de sentarse.

Elena alcanza a ver cantidades subrayadas.

Kristel ha hablado de Dubái con la concisión con que se nombra una fecha convenida; ahora ese año ocupa un espacio entre los recibos, un intervalo durante el cual seguirán venciendo pagos.

Elena se sorprende calculando cuánto habrá costado estudiar y abandona la cuenta, molesta consigo misma.

No sabe las cantidades. No necesita adivinarlas para escucharla.

La carpeta de gomas contiene fotocopias.

En el borde superior de una hay una anotación de Petra: 1994.

Explica que fueron a sacarlas con su madre, que dejó dinero para varias gestiones y volvió con aquellas hojas.

Cuando su madre murió, en 2011, Petra abrió la carpeta esperando encontrar el siguiente paso.

Había nombres, sellos, números de página.

Nadie había dejado escrito qué faltaba hacer.

Kavi reconoce la referencia del índice que fotografió el uno de junio.

Pide permiso para abrir su imagen y la pone al lado.

Yap, Gatmaitan, la finca de Bulacán. Las fechas de 1905 y 1936 ocupan ahora hojas distintas, con tipos de letra diferentes y un margen negro donde una fotocopiadora dejó dentro de la imagen algo que no era el documento.

—Solo había visto la entrada —dice—. No esto.

Elena se inclina. En el encabezamiento de la petición aparece Court of Land Registration. La decisión posterior lleva otro tribunal. Lee unas líneas en inglés, vuelve al principio y pide a Kavi que compruebe un verbo antes de repetirlo a Kristel. La joven permanece de pie a su lado.

Carpeta de Petra. Lectura de las fotocopias conservadas.

1905. Court of Land Registration. Petición de inscripción. Predio situado en Bulacán. Apellidos en la carátula: Yap; Gatmaitan.

1936. Court of First Instance of Bulacan. Remisión al procedimiento anterior. Se desestima la pretensión de los reclamantes de la línea Gatmaitan respecto del predio descrito.

En las hojas intermedias conservadas se mencionan declaraciones testificales y documentos aportados. La numeración salta. Falta parte de la motivación.

Elena busca la página siguiente y encuentra una repetición de la anterior, copiada más clara.

La retira un poco para comprobar que debajo no haya otra.

El sello pierde el contorno en una zona gris; en el pie, la firma se divide donde el original debió quedar levantado sobre el cristal.

Es una copia de algo que tuvo relieve y que aquí ha conservado una sombra imposible de separar de la tinta.

No sabe si las hojas ausentes faltaban ya en 1994 o se extraviaron después. Le pregunta a Petra.

—Esto es lo que había.

La mujer pone la mano encima de la carpeta. Elena deja de buscar detrás.

La resolución es adversa. Puede leer el rechazo y reconocer la pretensión familiar en los apellidos; no puede reconstruir, con aquellas hojas, qué decidió el tribunal sobre cada testigo, ni cómo comparó sus palabras con los documentos, ni qué ocurrió después con la finca.

Le habría gustado encontrar una irregularidad visible, una fecha imposible, una prueba omitida que pudiera señalar sin salir de esa mesa.

En lugar de eso tiene una derrota escrita mediante fórmulas que no ceden cuando vuelve a leerlas.

Las personas que pidieron el reconocimiento entraron en el procedimiento; alguien recibió sus papeles, oyó o hizo constar sus declaraciones, resolvió en contra.

La copia conserva el resultado con más claridad que el razonamiento que les permitiría discutirlo.

Petra sigue la dirección de sus ojos.

—¿Puede encontrar el título?

Elena piensa en la palabra tierra y descubre que no tiene una imagen que ofrecerle.

Durante el viaje ha visto parcelas desde vehículos, límites que desaparecían al cambiar de posición, una franja cultivada detrás de unos edificios; podría elegir cualquiera y creer durante un momento que ya entiende lo que esa mujer reclama.

En la carpeta hay una descripción de linderos.

Uno toma el nombre de un propietario, otro sigue una corriente de agua.

Tendría que buscar dónde estaban, saber qué ha cambiado, empezar por admitir que ni siquiera podría llevar a Petra hasta la finca con aquellas hojas.

Y, sin embargo, la pregunta no se refiere a un paisaje: le han pedido un título.

Le incomoda que su imaginación haya salido antes de tiempo a buscar campos mientras la mujer seguía esperando una respuesta sobre un papel.

Se acuerda de la casa de Ayala, del hecho de poder entrar con su llave sin haber descrito nunca los límites del suelo que ocupa, y siente un cansancio súbito ante las explicaciones que suele dar de su propia inseguridad.

No son falsas. Tampoco bastan aquí. Vuelve la primera hoja para recuperar la referencia; el borde, torcido por la goma, se queda levantado hasta que ella lo sostiene.

—Podemos pedir lo que falta del expediente. Y averiguar qué títulos hay. No sé qué vamos a encontrar.

—Eso ya lo sé. Le pregunto si lo va a pedir.

Elena siente el calor subirle por el cuello. Ha contestado con una limitación a una pregunta sobre lo que está dispuesta a hacer.

—Sí.

Kavi anota la referencia completa que permiten leer las hojas y la compara con su solicitud registrada.

Kristel quiere verla también. Se sienta entre su abuela y Elena, atrae la carpeta hacia sí y pregunta por qué dos páginas llevan el mismo número.

Dice que nadie le había enseñado antes aquel conjunto.

Petra contesta que siempre estuvo allí, al alcance de cualquiera, pero lo dice mirando la goma que acaba de soltar y no a su nieta.

Elena pide permiso para obtener imágenes de las hojas, conservarlas para la búsqueda y devolver a la familia lo que consigan averiguar.

Petra quiere que le envíen también las cartas aunque la respuesta sea que no.

Kristel escribe la condición, les da una dirección de contacto y pregunta si pueden traerle las fotografías del espejo en un soporte que no dependa de recibir mensajes por teléfono.

Tiene un ordenador pequeño; podrán abrirlas en él.

—El miércoles —dice Elena—. Antes de que nos vayamos.

Al salir, pasa frente al marco sin tocarlo. Bajo el cristal, una raya de polvo atraviesa la zona clara. Fuera de la mancha distingue dos puntos oscuros. Busca en el teléfono la copia de Madrid y se queda unos segundos comparando, desde la puerta, hasta que Petra tiene que pedirle sitio para pasar.

El martes, Merlinda contesta a la petición que Elena le ha enviado desde Manila.

Ha recibido la lista de las imágenes de los cuadernos y de los pasajes de la transcripción que quieren dejar a Petra y Kristel; les autoriza a entregar esa selección para consulta privada de las dos, con las dudas de lectura y las referencias a cada superficie.

No permite publicarla ni repartirla a otros destinatarios.

Elena conserva la respuesta, le confirma cómo irá identificada la copia y separa esos archivos de los que podrán usar con otra finalidad.

Preparan un disco externo pequeño. Las reproducciones de archivo que pueden compartir llevan su procedencia; de las restantes dejan las referencias y sus propias notas.

Kavi comprueba los ficheros mientras Elena vuelve a leer la relación.

Se equivoca dos veces en una cifra y termina riéndose antes de pedirle que la dicte despacio.

La tarde no ha dado ninguna noticia del pleito.

Han conseguido que un conjunto de cosas pueda abrirse en otro ordenador y saben cuánto trabajo queda fuera de esa frase.