El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Acuse de recibo
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Acuse de recibo

Petra quita un pescado del platillo y añade otro más pequeño. La aguja vuelve, tiembla, encuentra su sitio. Hasta entonces no mira a Elena.

—¿La de España?

Elena asiente. Ha preparado una frase más larga, pero la mujer ya está dando el cambio.

Cuenta los billetes contra el delantal de hule, separa uno que tiene una esquina doblada y vuelve a apretar una tecla de la calculadora; después entrega la bolsa por encima de la balanza y señala a los visitantes un espacio donde pueden esperar sin impedir el paso.

Son las diez del lunes. Kristel les había escrito que su abuela procuraría terminar a esa hora.

En el puesto quedan dos bandejas de tuyo y varios pescados abiertos que Elena aprende a llamar daing cuando Petra, al advertir que los mira, levanta uno por la cola y pronuncia la palabra.

La piel brilla en escamas pequeñas; hay sal reunida en las hendiduras de la carne y una transparencia amarillenta en las aletas, tan secas que conservan la forma de un movimiento.

Bajo el borde del toldo entra una franja de sol.

La vendedora desplaza la bandeja unos centímetros antes de cubrirla.

Alrededor siguen comprando, cargando, regateando.

Un hombre atraviesa el pasillo con una caja apoyada en el hombro y obliga a Kavi a pegarse al mostrador; una niña espera junto a un cesto, cuidando de que el extremo de una bolsa no toque el suelo.

Elena lleva la carpeta delante del cuerpo.

Le habían bastado unos minutos al bajar del coche para que la humedad le ablandase el cuello de la blusa, y ahora distingue debajo del olor al pescado otro más cálido, procedente de una comida que alguien ha destapado.

Respira por la boca y se arrepiente: el aire sabe también.

Petra se limpia las manos, abre una botella de agua y bebe sin prisa.

La cercanía no ofrece el alivio que Elena había imaginado durante el regreso.

Desde el sábado, con las copias de Balala, había repasado qué mostrar primero, dónde interrumpirse, cómo evitar que los nombres llegaran juntos y se estorbasen; al fin, delante de la mujer a la que iba a explicárselo, siente que trae demasiado y que nada de eso sirve para ayudarla a cerrar el puesto.

Prueba a recoger un extremo de la cubierta.

—Ese lado, no. El otro.

Obedece. Petra reúne las dos puntas y hace el nudo.

La mujer tiene sesenta y ocho años; Kristel lo había escrito al preguntar si la visita duraría mucho, junto a la hora conveniente y una indicación para encontrar el puesto.

Elena había retenido el número. Ahora ve la fuerza con que alza la bandeja y la precaución distinta con que recoge las monedas, evitando apretarlas entre los pulgares.

La calculadora entra en una bolsa, la balanza se queda colgada.

Petra cambia el delantal por otro doblado que guarda bajo el mostrador y les hace una seña.

En el camino habla con Kavi en un inglés que Elena sigue sin dificultad hasta que un motor ocupa la calle. Cuando vuelve a oírla, está preguntando cuántos días faltan para que se marchen.

—Tres —contesta él.

Petra lo mira por encima del hombro.

—Entonces tendrán que volver antes del jueves.

No les ha preguntado todavía a qué han venido.

La fotografía está sobre el aparador, colgada entre dos retratos, y Elena la reconoce antes de saludar a la joven que se levanta del suelo.

Una pared. La mancha clara. Dentro, las líneas que no acababan de hacerse figura en Madrid.

Avanza y toma el marco con las dos manos; la madera barnizada se despega apenas de la pared y el cordón queda tenso sobre el clavo.

—Espere —dice Kristel.

Elena lo deja. Durante unos segundos conserva las manos levantadas, inútiles, mientras oye el ventilador y un recipiente que Petra apoya en la habitación contigua. Baja los brazos.

—Perdón. ¿Puedo mirarla?

La joven espera a su abuela. Hablan entre ellas en una lengua de la que Elena solo reconoce su propio nombre. Petra se acerca, endereza el marco y permite que lo miren donde está.

—Después.

Les ofrece comida.

Elena dice que acaban de desayunar; la mujer trae de todos modos un plato pequeño y lo deja en una mesa de formica.

Hay cuatro sillas diferentes. Kristel aparta de una un cuaderno abierto, introduce un papel entre sus páginas y lo guarda encima del televisor apagado.

La pantalla refleja unas piernas, parte del ventilador y la claridad de la puerta; al sentarse, Elena ve desaparecer su rostro de ese vidrio oscuro y comprende lo estrecha que es la sala, la cantidad de trayectos que deben acordar quienes la usan.

Para llegar al aparador hay que pasar detrás de la silla de Petra.

Para ir a la cocina, Kavi tiene que acercar las rodillas a la mesa.

La casa deja oír la calle por lugares que Elena no consigue situar.

Una conversación llega con nitidez y se pierde cuando sus dueñas siguen andando; más cerca, detrás de una pared, algo metálico se desliza y golpea tres veces.

En el altar hay una estampa, un vaso con flores de plástico y dos fotografías pequeñas, muy juntas.

El aire del ventilador dobla la punta de un calendario sin lograr volver la hoja.

Cada vez que oscila hacia Elena le enfría el sudor de los brazos y levanta un olor tenue a ropa secada dentro, distinto del pescado que ha traído con ella y que ahora teme haber dejado también sobre la silla.

Kristel tiene veinticinco años. Se lo dice al responder a una pregunta de Elena sobre sus estudios, y añade que todavía le faltan prácticas.

Enfermería. En 2027 se irá a Dubái: ya ha firmado un contrato.

Habla de la fecha mirando la pantalla de su teléfono, donde busca el mensaje con que concertaron la visita, y Elena tarda en entender que no está enseñándoselo; está comprobando a quién tiene delante.

—¿Y usted? ¿Cómo se escribe?

Kavi le dice su apellido. Kristel abre el cuaderno por una página limpia y lo anota. Le pide que compruebe las letras antes de continuar.

—¿Han traído los papeles?

Elena pone la carpeta sobre la mesa. Le agrada que la pregunta sea tan directa y siente, al mismo tiempo, la pequeña derrota de tener que empezar ahí, después de haber ensayado un comienzo que les concedía a todos otra disposición.

Saca las hojas sin ordenarlas de nuevo. Kavi deja el teléfono a un lado.

Kristel pregunta si puede grabar la explicación para escucharla después con su abuela; los tres aceptan.

Elena precisa que lo que van a hablar de los libros de Culión todavía no autoriza a repartir sus imágenes.

La joven vuelve a preguntárselo a Petra en su lengua y pone el teléfono entre ambas.

Elena empieza por el reconocimiento de 1861.

Dice Alejandro, Rosario, José; distingue la escritura de las noticias familiares, la obligación de pagar de los pagos que no han encontrado.

Petra escucha con los antebrazos sobre la mesa.

Cuando Elena menciona a Rosario Yap, mueve los labios detrás del nombre.

Después vienen el nacimiento de Diego y el traslado de una partida de 1625, la distancia entre ese papel y el registro que ya no tienen; la hoja de servicios correspondiente a 1898, escrita después; los cuadernos que una mujer conserva en Balala y que han podido leer solo en parte.

Elena no menciona aún la frase sobre la sangre.

Le cuesta pasar sobre ella como sobre una palabra que lleva demasiado rato queriendo decir.

Abre al final el mapa de alturas. El verde ocupa casi toda la hoja.

Explica qué midieron, por qué una superficie que parece lisa puede modificar la luz.

Petra mira el dibujo, luego la fotografía del espejo.

Kristel traduce una pregunta: si esa es la cara en que alguien puede mirarse.

Elena vuelve la hoja para que la tengan en la dirección correcta y señala el mango.

Han transcurrido veinte minutos cuando se calla. En algún momento ha dejado de oír el ventilador; ahora vuelve a reconocer su roce. Petra pide que le acerquen la primera página y busca con el índice una palabra que Elena no alcanza a ver.

—De José ya sabíamos —dice.

Kristel escucha lo que añade y se lo explica a Elena: sabían de la madre, del padre español, del espejo que había pasado por la familia. Lo habían oído en casa. La escritura era nueva para ellas.

Elena esperaba una pregunta sobre el bronce. Nota esa espera todavía en su propia mano, que conserva la fotografía arriba, preparada para mostrar un detalle. La baja. Quiere saber quién se lo contó a Petra.

—Mi madre. Y a mi madre...

La frase sigue en otra lengua. Kristel deja terminar a su abuela, le contesta y se vuelve hacia ellos.

—Dice que se lo oyó a su abuela. Pero lo oyó de su madre, que se lo contaba. Es distinto.

Petra protesta. La joven reproduce dos palabras, le pide que las repita y espera.

Al final la mujer hace un movimiento breve con la cabeza.

Elena apunta la corrección. No ha aparecido un documento nuevo, aunque la escena tenga una precisión que no encontraba en las genealogías que llevaba preparadas: una muchacha defendiendo el lugar exacto de una voz, y su abuela, que no ha venido a declarar ante nadie, tolerando la enmienda porque quiere llegar a lo que le importa.

—El bronce no lo queremos —dice Petra.

Elena levanta la vista.

—Queremos los papeles de la tierra.

Petra habla ahora más deprisa. El objeto tendría que venir en una caja; alguien tendría que hacerse cargo, buscarle un sitio, responder si lo roban o se estropea.

Ella no piensa cerrar el puesto para ir de oficina en oficina.

Pregunta cuánto cuesta llevarlo y Elena dice que todavía no tiene un presupuesto completo.

—Pues mire.

Le muestra la sala, sin levantarse. Kavi retira un vaso del borde de la mesa.