El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Lectura dudosa #2
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Lectura dudosa #2

Kavi sigue tecleando. Conservan las tachaduras como intervenciones, las cuentas en sus lugares y las lecturas corridas en otra columna, con sus llamadas.

Una tinta distinta no basta para contar otra persona.

Una diferencia de trazo puede orientar la comparación, no fecharla.

Cuando llegan a las cifras que parecen formar mil novecientos cincuenta y cinco, Kavi siente el impulso de escribir un nombre que ha leído en el archivo. Deja el año solo.

Por la tarde consiguen registrar una cara entera del segundo cuaderno, sin fecha propia.

Elena la fotografía después de que Merlinda autorice esa abertura.

La secuencia se guarda aparte de las veintiocho imágenes del dieciocho.

Copian las líneas en el orden en que se ven, manteniendo el margen por encima de la escritura principal.

Segundo cuaderno. Una cara del conjunto seleccionado. Copia de los signos visibles.

Adición sobre el texto, sin atribución: 1955 / IOR/L/MAR/B / [ilegible].

Hxzllz de Rnberz: elltnerrc dekjzrzdc ell vzrsc de 1623.

Dnegc: llzkndc ell zbrnj de 1625, bzxtnszdc ej 26 de vzyc, segxll ej trzsjzdc dej 14 de hxllnc de 1739.

Pzdres zselltzdcs: Herllzll de Snjbz y dcñz Hxzllz de Rnberz, dnpxlltz.

Prxebzs de Szlltnzgc, 1741. Dcs zñcs. 1860: pzrtndz de Bnllclldc.

1861: rekcllcknvnelltc de Zjehzlldrc de Snjbz y Kzñnszres.

Pzjtz jz tcvz de rzscll ell ej vzrgell. Rzvz ke kcllstz.

Rzvz ke llc kcllstz. Llc he kcvprcbzdc ej pzrellteskc kcll ej gcberllzdcr.

De vn vzdre: ej espehc dej hzpclles de Dnjzc.

Vn bersncll: scjc vcstrzrz jz berdzd kxzlldc jz szllgre derrzvzdz se bxejbz z xllnr.

No intentan completar el último grupo del margen.

Kavi tiene en su ordenador la imagen que Elena le envió el trece de junio: la reproducción de la hoja con la referencia del India Office, cuyo original sigue en Madrid.

La abre al lado de la fotografía nueva. La secuencia visible coincide hasta donde ambas permiten seguirla. Elena acerca la silla.

—Alguien estaba buscando ahí.

—O copiando lo que otro había escrito.

Elena apoya la espalda de nuevo. Kavi no añade otra cautela.

También él había imaginado una sala en Londres, una mano volviendo páginas, un trayecto que al fin pudieran hacer en sentido inverso.

Tiene delante una secuencia de letras y números incompleta, una coincidencia que merece conservarse; siente el cansancio de tener que renunciar, una vez más, al tamaño de lo que esperaba, y no quiere convertir ese cansancio en una lección que ella deba escuchar.

Se marchan cuando Merlinda empieza a necesitar la mesa.

La dueña guarda los dos libros, el rosario y la cédula; el papel plegado sigue unido al segundo volumen.

Afuera, el calor ha perdido fuerza sin retirarse de las paredes.

Bajan por un tramo donde el agua de una limpieza reciente se reúne en pequeñas depresiones.

Desde una casa se oye una radio, en otra fríen algo con la puerta abierta, y entre dos techumbres el mar aparece tan breve que Kavi no llega a distinguir una embarcación antes de que vuelva a ocultarlo el camino.

Elena camina más despacio que por la mañana. Él podría preguntarle si está cansada, pero la respuesta ya está en el modo de mudar la bolsa de hombro. Se detienen junto a una pared baja. Ella deja el bolso a sus pies y le pide que se siente un momento.

Kavi se sienta. La distancia entre los dos admite todavía un objeto que ninguno lleva.

Le gustaría apoyar allí la mano; se entretiene limpiando una mota del pantalón y se avergüenza de reconocer en aquel gesto la misma demora con que, durante meses, había buscado un asunto de trabajo antes de llamarla.

Elena le ofrece la mano abierta, sobre el espacio libre.

—Si quieres.

Él la toma. Durante un rato no hablan. Kavi siente la presión de sus dedos, la modifica apenas y espera hasta encontrar una forma de sostenerlos que no exija seguir corrigiendo nada. Cuando Elena se levanta, él suelta para que pueda recoger la bolsa. Ella le da la mano otra vez después.

20 de junio · Elena

El sábado empieza con una mancha de café en el cuaderno de Elena.

La descubre antes de salir, en una esquina que no toca los apuntes, y tarda unos segundos en dejar de buscar una manera de hacerla desaparecer.

Ha pasado la noche recordando la mano de Kavi con una precisión que no sabe trasladar a lo demás: no recuerda qué comieron, confunde dos frases del camino, pero puede reconocer todavía el instante en que él aflojó los dedos para levantarse sin arrastrarla consigo.

Se recoge el cabello, comprueba el cargador y baja.

En la casa de Merlinda las sillas han cambiado de sitio.

Hay ropa secándose cerca de la puerta trasera, y una de las toallas que ayer sirvieron de apoyo está doblada sobre el respaldo.

La dueña ha guardado el permiso dentro de una funda, fuera de la lata.

Elena prepara de nuevo la mesa sin intentar devolver cada cosa a su posición exacta.

Necesitan pasar por allí quienes viven en la casa.

Antes de volver al folio de la genealogía piden ver el papel de la contratapa.

Merlinda permite levantarlo lo suficiente para fotografiar lo que se despliegue sin tirar del borde pegado.

La cuenta conserva un encabezamiento de Garnier Frères y un destinatario abreviado, M.

J. Yap. Elena reconoce París y una fecha de marzo de 1890.

Kavi los apunta sin convertir la inicial en firma.

No desprenden la cuenta para mejorar el encuadre.

Queda vinculada en su lista al segundo cuaderno, distinta de las cuentas de porcelana que han visto en dos folios.

Elena siente una proximidad desagradable, una intimidad obtenida por acumulación: un apellido, una compra, un margen ocupado.

Tiene ante sí algo que podría haber pasado por las manos de José y le molesta que la primera relación clara sea una cuenta, aunque sabe que ha venido precisamente a buscar aquello que pueda apoyarse en algo más que su deseo.

Recuerda las palabras del reconocimiento, la cantidad mensual cuya presencia en una escritura no demostraba pago alguno.

En cada papel ha encontrado una forma distinta de acercarse a alguien sin alcanzarlo.

Le gustaría poder preguntarle por qué guardó esta factura y qué pensaba cuando decidió no arrancarla; en lugar de eso, debe pedir a Merlinda que sostenga la tapa mientras retiran la protección inferior.

La luz del sábado entra más despacio en la sala.

Se ha cubierto el cielo y los reflejos de las ventanas ya no blanquean las pantallas; las cosas conservan mejor su color, la madera bajo las manos de Kavi, el azul desvaído de una cortina, un recipiente naranja junto a la cocina que ayer Elena no vio.

En el paso lateral alguien lleva una carga que roza la pared.

El sonido avanza durante unos segundos a la misma altura que la mesa y se aleja hacia la calle.

Merlinda levanta la vista, escucha hasta reconocerlo y vuelve a lo suyo.

Elena envidia esa certeza pequeña, saber qué ocurre fuera sin tener que levantarse, y enseguida comprende que también ella la tuvo en la casa de Fernando, antes de que cada ruido familiar empezara a parecerle algo que debía conservar.

Leen la página completa. Cuando Elena pronuncia una fecha, Kavi comprueba cada cifra en la imagen; después cambian de tarea.

La lectura seguida empieza a sostenerse, pero no coincide del todo con la página que tienen delante.

Elena había esperado que descifrarla le devolviese una voz.

Le devuelve palabras, y entre ellas siguen quedando el daño, los cambios y la necesidad de decidir qué no puede decidir todavía.

Lectura de la misma cara. Aparato del fichero de trabajo, extracto de notas 41–47.

Juana de Ribera: entierro declarado en marzo de 1623.

Diego: nacido en abril de 1625, bautizado el 26 de mayo, según el traslado del 14 de junio de 1739.

Padres asentados: Hernán de Sil[v/b]a [42] y doña Juana de Ribera, di[f/p]unta [43].

Pruebas de Santiago, 1741. Dos años [44].

1860: partida de Binondo. 1861: reconocimiento de Alejandro de Sil[v/b]a y Cañizares.

Falta la toma de razón en el margen. Rama que consta.

Rama que no consta. No he comprobado el parentesco con el gobernador.

De mi madre: el espejo del japonés de Dilao.

Mi versión: solo mostrará la verdad cuando la sangre derramada se vuelva a unir [45].

41. Se reponen acentos y grafías comunes. La normalización facilita la lectura; la cifra no devuelve una escritura original única.

42. Las dos apariciones de Sil[v/b]a admiten ambas grafías: producen Snjbz. El reconocimiento consultado favorece Silva, por fuente distinta.

43. di[f/p]unta: ambigüedad del procedimiento, no dos letras visibles bajo una mancha.

44. «Dos años» [sic]. Se conserva la expresión. Entierro declarado, nacimiento, traslado y pruebas son actos distintos; el resumen no demuestra cuál de sus afirmaciones es falsa.

45. La oración final se presenta como versión de quien anota, no como copia literal acreditada de una voz anterior.

46. Adición superior: 1955. El año escrito no fecha por sí solo el acto de escribir ni identifica la mano.

47. Adición superior: IOR/L/MAR/B / [ilegible]. Coincide la secuencia inicial con la reproducción de la hoja de hotel recibida el 13 de junio. Falta el grupo que permitiría precisar la referencia.