Lectura dudosa
—En esa esquina no —dice Merlinda.
Elena detiene el ordenador antes de apoyarlo.
La mesa tiene una juntura que cede cuando alguien descansa el codo; ayer la cubría el plato de pescado y hoy parece una línea más entre las vetas.
Cambia de sitio. Merlinda le enseña el enchufe que puede usar, trae un alargador y sujeta el cable junto a una pata, porque por allí pasan los nietos.
Sin batería, el portátil de Elena se apaga en cuanto pierde corriente.
Comprueba el contacto antes de abrir la carpeta de las imágenes.
La pantalla les devuelve una de las cubiertas que fotografiaron la tarde anterior; el libro está también delante, dentro de la caja cerrada, con una goma torcida sobre el dibujo de galletas.
Elena pasa las veintiocho fotografías de los libros.
Merlinda reconoce la costura de una funda y la señala sin tocar el cristal.
Algunas imágenes permiten distinguir mejor el papel que la vista de ayer; otras han recogido un brillo donde Elena esperaba una letra.
Las aparta en la lista, conservándolas. Kavi conecta su ordenador en el otro extremo.
Han traído las condiciones del permiso del dieciocho, cuya fotografía sigue en una carpeta distinta.
Merlinda saca el original. Elena le pide trabajar hoy y mañana sobre nuevas aperturas, fotografiar las superficies que puedan sostenerse sin forzar los libros y hacer una transcripción para las mismas tres personas.
La dueña quiere una copia que pueda abrir sin ellos.
—Y entender qué es lo que no han entendido.
Elena escribe esa condición al lado de la que exige entregar las imágenes.
No basta con dejarle un fichero lleno de signos y explicarle después que esos signos son prudencia.
Acuerdan un repertorio breve de dudas, en inglés, que Merlinda leerá junto a la transcripción castellana.
Para abrir el papel plegado del segundo volumen tendrán que volver a preguntarle cuando lo tengan delante.
La mujer añade la ampliación al permiso, fecha y firma; Elena firma debajo.
Dejan al final un espacio para consignar mañana lo que efectivamente hayan copiado.
Merlinda recoge la caja y Elena aparta los equipos.
Es la dueña quien libera la goma, retira el rosario y la cédula y coloca los cuadernos sobre la protección preparada.
Han lavado y secado las manos. Dos libros modernos, cerrados y de grosor desigual, sirven de bases bajo unas toallas plegadas; el volumen antiguo descansa entre ellas, con cada tapa sostenida a la altura que permite su lomo.
La primera abertura resulta tan estrecha que Elena se inclina de lado.
Merlinda acerca una lámpara articulada y espera mientras ella busca una posición desde la que la luz roce el papel sin calentar la hoja ni deslumbrar a quien la mira.
La sala adquiere otra profundidad. Ayer, ocupada por comida y visitas, parecía terminar en la cortina del fondo; ahora Elena distingue el paso hacia la cocina, el marco sin puerta, una pared donde la pintura se interrumpe a la altura de una antigua repisa.
La claridad de la ventana lateral llega atravesada por hojas que el viento mueve fuera, de manera que una sombra recorre el suelo mientras otra, bajo la mesa, permanece inmóvil y densa.
Por encima de las pantallas se ve el altar.
Una flor artificial ha perdido parte del color en el lado vuelto hacia la ventana; detrás, la pared conserva una pequeña zona más blanca, protegida por un marco que han cambiado de lugar.
La casa no se deja reducir a lo que ellos han venido a buscar.
Desde la cocina alguien pregunta por una tapa.
Merlinda contesta que está dentro de la olla, donde la dejó quien pregunta.
Kavi se ríe. Elena levanta la cabeza para mirarlo, pero él ya ha vuelto a la página.
Durante unos segundos le pesa que aquel sonido haya ocurrido tan cerca y tan al margen de ella.
Lleva meses deseando compartir con él un lugar que no esté medido por la hora de una llamada; ahora lo tiene enfrente, con el cargador entre los pies, y descubre que estar juntos incluye no ser atendida, dejarle reír por su cuenta, permitir que haya momentos en los que ninguno necesite confirmar la presencia del otro.
Trabajan primero con lo que se ofrece sin resistencia.
En el primer cuaderno, una tira de tela obliga a sostener por debajo un pliego cuyo doblez ha perdido la continuidad; Elena lo señala y lo dejan apoyado.
No prueban a desatarlo. En el segundo, la tinta parda atraviesa páginas onduladas que levantan y hunden los renglones bajo la luz.
Elena lee signos, Kavi los escribe. Si ella dice una palabra porque cree reconocerla, él le pide las letras.
—Todavía no sabemos si pone eso.
Tiene razón. A Elena le irrita que la tenga tan pronto.
Una fecha ocupa menos espacio que los signos de al lado. Más abajo, dos letras parecen repetirse con una insistencia que no corresponde a ninguna palabra que consiga formar. Kavi marca las repeticiones en su copia. Merlinda los observa desde la puerta antes de llevarse las tazas.
—¿Está escrito en otra lengua?
—Puede que esté cambiado —dice Elena—. Necesitamos comparar.
La mujer asiente y pregunta cuánto sitio van a necesitar para comer. Al mirar la mesa, Elena advierte que han ocupado incluso el lugar donde podrían poner un plato.
19 de junio · Kavi
Después de hora y media, Kavi puede leer una línea corta sin ofrecerle a Elena una frase entera que ella tenga que creer.
Le muestra la repetición de tres signos, luego otra.
Los espacios suelen comportarse como espacios.
No necesita descartarlos ni añadir letras mudas para sostener la prueba, y los números permanecen reconocibles allí donde la tinta los conserva.
Lo difícil llega cuando el mismo resultado admite más de una devolución.
Escribe dos apellidos en una hoja propia y los pasa por la tabla que están ensayando. Ambos desembocan en la misma forma.
—Silva y Silba —dice.
Elena mira primero uno y luego otro.
—Pero sabemos cuál es el apellido.
—Por los otros papeles. No por estas cinco letras.
Le deja el bolígrafo. Ella rodea las dos posibilidades y añade al lado la referencia de la copia donde figura el reconocimiento de José.
Kavi agradece que no se limite a darle la razón: el círculo conserva el desacuerdo y la referencia permite volver a él.
Sigue probando. Hay que tratar una pareja de letras como una unidad, evitar que un cambio vuelva a actuar sobre lo que acaba de producir y conservar diferencias pequeñas que la impaciencia invita a borrar.
Al cabo puede seguir el movimiento de varias frases; todavía no puede afirmar qué letras había antes de la cifra donde el propio procedimiento las ha confundido.
Elena vuelve una hoja y encuentra un trazo oscuro que atraviesa la escritura. Bajo la lámpara se distinguen segmentos de la línea inferior, otros desaparecen y otros parecen reaparecer porque la vista los necesita. Kavi escribe lo que ella dicta y detiene el cursor donde deja de oírla.
—Pon la palabra —dice Elena—. La anterior nos la da.
—La anterior nos deja esperarla.
Ella acerca su cuaderno amarillo y compara las dos páginas sin contestar.
La objeción de Kavi ha sonado más terminante de lo que pretendía.
Podría suavizarla, decir que también él la ve, pero no está seguro de verla; lo que reconoce es el alivio que le produciría poder continuar.
Le duelen los hombros. Ha imaginado esos libros desde que leyó su mención en el registro y ahora empieza a desear que el papel sea menos obstinado, que haya alguna recompensa proporcionada al viaje, una oración que salga entera y pueda leer en voz alta sin tener que interrumpirse para explicar cómo la ha conseguido.
En el margen hay sumas. Más arriba, un trazo más grueso conserva brillo cuando la lámpara cambia de ángulo.
En dos folios aparecen cantidades junto a palabras francesas: tasses , soucoupes , porcelaine .
Kavi copia las cuentas en una zona separada y apunta dónde se encuentran.
No sabe qué se compró ni quién lo anotó.
El cambio de lengua no le proporciona una persona.
Merlinda vuelve con café y tiene que pedir que retiren un cable.
Kavi se levanta, lo aparta y descubre que lleva tanto rato sentado que la silla parece más baja al abandonarla.
La dueña pone las tazas fuera de la mesa de trabajo, junto a la ventana.
Elena acude a la suya. Kavi contempla la página desde lejos: las intervenciones que de cerca parecían estorbarse forman una extensión ocupada con distinta intensidad, y en un rincón casi vacío una cuenta pequeña ha necesitado menos espacio que la palabra que no consiguen leer.
—Quiero poder seguir lo que escribió José —dice Elena.
—Quiero que podamos saber cuándo hemos dejado de seguirlo.
Ella le recuerda que tampoco tienen probado que toda la escritura principal sea suya.
Kavi acepta la corrección. Han encontrado coincidencias con los nombres que traían, fechas compatibles; cuanto más se aproxima a una atribución, más fácil le resulta empezar a usarla como si ya hubiese terminado el trabajo.
En su copia cambia el encabezamiento. Escribe escritura principal y deja el nombre propuesto en una nota.
—Podemos hacer una lectura seguida —dice—. Pero que no sustituya esto.
Elena vuelve a su silla. Bajo sus manos, el cuaderno amarillo se curva contra el borde.
—Toda transcripción es un pleito.