El reflejo de Oriente. El espejo Makyo IV.17 · Rojo de pulir #2
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IV.17 · Rojo de pulir #2

Lleva meses tratando de precisar cuándo empezó a faltarle.

Una mañana de aquel año acercó la cara al café y esperó sin saber qué estaba esperando; después tomó un sorbo y reconoció el calor, el amargor, todo lo que todavía llegaba a la lengua.

Otro día levantó una prenda que una compañera había separado y tuvo que preguntarle por qué.

Desde entonces procura que alguien pruebe con ella lo que antes juzgaba sola, pero no siempre hay otra persona ni siempre soporta tener que pedirlo.

En su casa ha dejado de saber desde la puerta si la comida se está quemando.

Ha aprendido a mirar el fondo de la olla antes, a escuchar de otra manera, y aun así hay momentos en que se queda inmóvil ante algo conocido, aguardando una noticia pequeña que el mundo parece haber dejado de dirigirle.

Anselmo pregunta si está cansada.

—Todavía no.

Él aparta un poco el bulto para que se siente.

La sombra alcanza los tobillos de ambos.

Al otro lado del paso, sobre una cuerda, unas prendas se hinchan sin llegar a secarse del todo; cuando cae el viento conservan durante un instante la forma del aire que las llenaba.

Basilia mira una manga vuelta y piensa que debería corregirla.

No se levanta. Lleva demasiado tiempo viendo trabajos en cuanto mira una cosa.

Un empleado los llama para comprobar la relación.

Hay hojas con encabezamientos a máquina y columnas trazadas a regla; el nombre de Anselmo ocupa una línea manuscrita, y el hombre pasa el dedo por ella mientras espera que se acerque.

Basilia sostiene un extremo del papel porque el aire lo dobla.

El empleado pregunta la edad, aunque ya está escrita.

—Cuarenta y uno —dice Anselmo.

Le hace repetir el lugar de nacimiento. Después indica la columna siguiente. Anselmo contesta que es casado y mira el bulto, sin que Basilia sepa si acaba de recordar algo que ha dejado fuera o si necesita apartar la vista del empleado.

RELACIÓN DE TRASLADO — Noviembre de 1907

Expediente: 73

Nombre: Anselmo Dimaano

Pueblo: Tondo, Manila

Edad: 41 años

Estado: casado

Procedencia: San Lázaro, Manila

Paso por la estación: Mariveles

Destino: Culión

Transporte: guardacostas

Efectos: 1 bulto

El hombre pone una señal al lado de la cifra y retira el papel de debajo de los dedos de Basilia. Ella ha tenido que sujetarlo por un lugar donde la tinta no estaba seca. Se frota el pulgar contra el índice y deja de hacerlo en cuanto advierte que la mancha se extiende.

La espera continúa después de la comprobación.

Les piden que mantengan libre un paso, los desplazan unos metros, alguien viene a buscar a otro enfermo y vuelve sin él.

Cerca trabajan con ropa y recipientes; los movimientos terminan antes de que Basilia pueda entender qué operación sigue a cuál.

Ha visto buques detenidos desde la orilla de Manila y oído explicaciones que parecían bastar mientras la detención le ocurría a otros.

Aquí solo sabe que todavía no deben moverse, que luego deberán hacerlo deprisa y que, si no atiende a quien llama, puede perder la única instrucción que se refiere a ellos.

Empieza a caer agua del borde de un tejado. No llueve donde están, pero la primera ráfaga ha traído gotas grandes que oscurecen la tierra por puntos y alcanzan el costado del paquete. Basilia lo levanta.

—Voy a poner lo que he traído.

Anselmo deshace el nudo. Ella extiende sobre sus rodillas una tela seca y recibe los libros aún enfundados y envueltos en la manta; no separa las tapas ni busca otra vez el pliego que quedó adherido dentro del segundo.

Conserva el primer hule, aparta la lona mojada y añade alrededor de los cuadernos otro trozo que ha llevado doblado desde Manila.

En una esquina se resiste a tomar la forma.

Lo alisa con el talón de la mano y vuelve el borde hacia dentro, cuidando de que la rigidez no cargue sobre el lomo.

—Eso no va a impedirlo todo —dice él.

—El agua, algo.

Le muestra el pliegue por el que podría entrar una salpicadura.

Anselmo lo mantiene cerrado mientras ella pasa la cuerda.

Bajo las uñas de Basilia queda una suciedad oscura; la retira en la tela, busca de nuevo el nudo y lo ajusta sin apretar los libros.

El primer cuaderno necesita que lo sostengan cuando se abre.

Se lo recuerda, y él responde que lo sabe.

Ella añade que la tira de tela debe quedarse donde está.

—Lo sé, Basilia.

El modo en que dice su nombre le devuelve de golpe aquellos ocho años.

Ha venido a enseñarle por última vez lo que él lleva haciendo en su ausencia.

Mira las manos que sujetan el hule y siente una humillación breve, casi un enfado, porque reconocer la confianza que le debe le quita una tarea con la que estaba defendiendo la despedida.

—Sí —dice—. Ya lo sé.

Deja que sea él quien coloque el paquete sobre la ropa.

El rosario ha quedado dentro de la muda.

Anselmo pliega la lona, Basilia pasa por debajo la cuerda y ambos se inclinan hasta encontrarse sobre el nudo.

Podrían levantar la cabeza y decir algo de José; ella siente el espacio que ocuparía aquel nombre, lo fácil que sería pedirle al hombre una esperanza que tendría que llevarse además de los libros.

Desde hacía años recibía noticias que se agotaban al preguntar de dónde venían.

Había dejado de seguir algunas. Todavía se despertaba ciertas noches con la impresión de haber abandonado una búsqueda un día antes de que alguien tuviese una respuesta.

Anselmo no le había prometido encontrarlo. Eso había permitido que continuara visitándolo.

—Si alguien pregunta por ti, ¿qué digo? —le pregunta ella.

—Adónde voy.

Basilia asiente.

—Y que me he llevado mis cosas —añade él.

La lona tiene una costura fuerte, más clara por una cara.

Ella la sigue con el dedo hasta donde desaparece bajo el pliegue.

Va a preguntar si quiere que escriba a alguien, pero recuerda que ya le ha ofrecido esa ayuda en San Lázaro y que él no le dio un nombre.

No sabe qué significa su silencio. Se sienta a su lado sin llenarlo.

Ahora cae una lluvia menuda, tan oblicua que el espacio cubierto se estrecha sin que nadie haya movido el tejado.

Basilia acerca los pies. Anselmo mira cómo el agua reúne las manchas oscuras de la tierra; hay una piedrecita junto a su sandalia y, cuando el hilo de agua la rodea, él intenta apartarla con un palo demasiado corto.

Basilia se la acerca. Anselmo termina de abrir el surco.

El agua cambia de camino y ambos la siguen hasta que sale de la sombra.

Al llamarlos, ella se levanta con demasiada rapidez. Una punzada le recorre la espalda y debe quedarse quieta un momento. Anselmo ya está en pie. La espera sin preguntarle nada.

En el punto de embarque, las voces se confunden con el golpe del agua bajo la madera.

Un hombre ayuda a subir a los enfermos y les señala dónde apoyar el pie; cada vez que la distancia cambia, retira la mano y la ofrece de nuevo.

Basilia lleva el hatillo contra el vientre.

Ha de entregárselo a Anselmo cuando él pueda afirmarse, y durante unos segundos solo ve su espalda, la tela que se tensa entre los hombros, la mano buscando un apoyo más alto del que alcanza.

Él se vuelve.

Basilia tira del nudo con las dos manos y levanta el hatillo.

Pesa como un niño.

Anselmo lo recibe por debajo. Ella no suelta hasta sentir que el peso ha dejado de tirar de sus brazos; después retira los dedos de uno en uno, porque la cuerda se le ha hundido en la carne y necesita sacarla sin deshacer el nudo.

El guardacostas se aparta mientras aún acomodan a la gente.

Basilia da dos pasos por la orilla y se detiene donde tendría que bordear un montón de cabos.

Ve a Anselmo sentado, luego lo tapa alguien que cruza y, cuando vuelve a verlo, ya no distingue si la mano que levanta se dirige a ella. Levanta la suya.

Regresa andando hacia los edificios de la estación.

Junto al camino encuentra un cubo con agua del mar y lo acerca con el pie; mete las manos, frota el lugar de la tinta, pasa una uña por debajo de otra.

La sal le escuece en una grieta. Se enjuaga otra vez y levanta los dedos mojados hacia la cara.

Recuerda lo que ha dicho la mujer acerca del azufre.

Espera. Una gota le corre hasta la muñeca y se pierde dentro de la manga.

Madrid, 1931

Cuaderno de guerra de José. Cuatro adiciones de Carlos, posteriores al «No consta» escrito en 1898. Las fechas acompañan a las glosas; la primera y la última están a lápiz. En la página de la última glosa, la presión de la mina ha dejado el trazo hundido en la hoja siguiente.

[1899, a lápiz, junto a una lista de nombres:]

«Ninguno de estos existe ya. Consta en mis partes.»

[1912, tinta negra, junto a tres renglones cifrados:]

«Sigue sin poder leerse. Tampoco importa.»

[1926, tinta azul, junto a la genealogía en columnas:]

«Hoy he firmado la escritura de la Sociedad. Lo que tú llamas robo se llama ahora capital social. Léelo como quieras.»

[13 de agosto de 1931, lápiz, en una página en blanco al final del cuaderno, con la letra muy grande:]

«Hoy hace treinta y tres años. Sigo teniendo razón.»