IV.17 · Rojo de pulir
El papel lleva un filete grabado alrededor del membrete, dos dobleces que se cruzan bajo la suma y una mancha de aceite en el ángulo inferior; al trasluz, la mancha deja ver las fibras que la parte limpia oculta. Sobre el sello móvil pasa la firma del oficial.
PLATERÍA Y COMPOSTURAS
Calle de la Cruz — Madrid
Cuenta presentada a D. Carlos de Silva y Alcázar
15 de mayo de 1901
Ajuste exterior de la guarnición — 6 pesetas
limpieza y bruñido á rueda de un espejo de metal con guarnición de plata y oro — 18 pesetas
Limpieza del mango y sus adornos — 7 pesetas
barniz — 4 pesetas
Total: 35 pesetas
Recibí: Julián Mena, oficial.
El espejo, que ha viajado desde Manila con Carlos y con el cuaderno de guerra sustraído a José, vuelve a la casa de la Castellana envuelto en un paño distinto del que llegó al taller: en el anterior quedan el rojo de pulir, partículas del metal y la suciedad que el hombre de la rueda ha retirado entre pasadas, deteniéndose a mirar el brillo antes de acercar de nuevo la cara del objeto al disco.
El trabajo ha modificado las delicadas desigualdades de aquella superficie y debilitado la figura que podía proyectar, sin que para ello haya sido necesario abrir el reverso, separar la guarnición o descubrir nada bajo ella.
Nadie busca esa figura en la casa de la Castellana en mayo de 1901; a la luz de la ventana, antes de colocar el espejo, se comprueba que está limpio.
San Lázaro y Mariveles, noviembre de 1907
A Anselmo se le ha perdido el extremo de la cuerda.
Lo busca entre la ropa, vuelve una camisa, la sacude con una impaciencia que enseguida procura corregir y acaba sentándose junto al arcón, con los pies apartados para que el borde de la estera no le roce las vendas.
Basilia recoge del suelo la punta que ha quedado debajo de un pliegue de lona.
No se la entrega todavía. Tiene la impresión de haber llegado en medio de una despedida que el hombre mantenía con sus cosas y que ahora, por su presencia, deberá convertir en una tarea que ambos puedan hacer.
—Esa camisa se queda —dice él.
Ella mira el remiendo del hombro.
—Todavía aguanta.
—Se queda.
La dobla y la pone fuera del arcón. Anselmo ha reparado cestos para otros hombres, ha guardado clavos torcidos que nadie vendría a reclamar, ha hecho de aquel rincón un lugar donde podía buscar algo y encontrarlo; ahora le permiten llevar un bulto, y la posibilidad de elegir dentro de esa limitación le exige defender incluso lo que desecha.
Basilia reconoce el esfuerzo. No vuelve a tocar la camisa.
Los dos cuadernos están en sus fundas, dentro de la manta y del hule que ella trajo ocho años atrás.
Él ha renovado el cordel exterior. La estera sigue separando el paquete del fondo del arcón, y una tablilla colocada de canto impide que se deslice hacia la pared.
Basilia apoya la mano sobre la envoltura.
No había sabido, hasta sentir la pequeña resistencia de las tapas, cuánto miedo le daba que Anselmo le dijese que ya no los tenía.
—Puedes llevártelos ahora —dice él.
En el patio llaman a un hombre que no responde. La voz vuelve a decir el nombre, con menos fuerza, como si hubiese entendido que para hacerse oír necesitaba acercarse. Basilia mantiene la mano quieta.
—¿Quieres que me los lleve?
—He dicho que puedes.
Por la abertura del pabellón entra una luz cortada por postes y hojas; sobre el suelo, las partes claras se tocan al moverse el aire y luego vuelven a separarse.
Hay un cuenco junto al arcón, vacío, con una grieta que Anselmo ha orientado contra la madera para no verla mientras come.
Ella recuerda otro lugar para ese cuenco.
En sus visitas ha aprendido cambios tan pequeños que no podría decir cuándo ocurrieron: una inclinación de la estera, un apoyo nuevo para el pie, el sitio que deja libre al sentarse.
Haber estado cerca de alguien durante años puede reducirse, en el momento de partir, a saber dónde no debe ponerse una rodilla.
—¿Te estorban para el viaje?
—Para el viaje, no.
Basilia levanta los dedos del paquete. Él espera la pregunta que falta.
—¿Y después?
—Después no lo sé.
Ella ha pedido acompañar a los enfermos hasta Mariveles.
En el permiso figura como personal auxiliar; conoce al hombre que ha escrito las palabras y lo ha visto comprobar que su nombre cabía antes de firmar debajo.
Las dos mañanas pagadas que comenzó a trabajar en San Lázaro se convirtieron, despacio, en días enteros: primero las sábanas y el agua, después ayudar a incorporar a un enfermo, sostener una palangana, reconocer cuándo una venda tiraba demasiado sin decidir por ello cómo debía curarse la herida.
Aún lava fuera cuando necesita completar el dinero.
Tiene treinta y nueve años y, al final de ciertas jornadas, debe esperar sentada antes de cargar la batea; nadie se lo ha contado como experiencia ni se lo ha descontado como enfermedad.
El permiso le permite embarcar con ellos, ayudar durante la escala y regresar. No le permite prometer que volverá a ver a Anselmo.
—Llévalos —dice—. Si allí puedes tenerlos.
Él asiente sin recoger aún el paquete. Saca del arcón un rosario y lo enrolla en una muda. Después acomoda ambas cosas junto a los libros, sobre la lona que servirá para reunirlo todo.
—Y cuando yo no pueda, ¿a quién se los doy?
En la casa de Ilaya queda la lata con sus papeles.
La llave permanece con Basilia. Ha comprobado dónde la guardaba antes de salir, aunque la había comprobado la noche anterior, y ha dejado a Andrés una instrucción sobre el fuego que el muchacho, a sus trece años, le ha repetido con una seriedad excesiva para hacerla reír.
Ella se ha reído. Luego, al cerrarse la puerta, ha recordado que no le dijo dónde estaba el hilo que retiró de uno de los cuadernos; se ha detenido un momento, sin saber por qué le parecía urgente confiarle también aquello, y ha seguido andando.
Podría decir ahora que los libros deben volver a su hijo.
Pero ignora qué edad tendrá Andrés cuando alguien necesite buscarlo, y qué podrá significar una dirección de Manila para un hombre que va a ser dejado en otra isla.
Anselmo la observa. No le está pidiendo una tarea más sencilla; quiere saber cuánto alcanza la que aceptó.
—A alguien que tú conozcas —dice ella—. Que quiera guardarlos. Dile que son dos y que no deben separarse.
—¿Aunque no sea de tu casa?
Basilia tarda en responder.
—Aunque no sea.
Anselmo acomoda la muda para que las esquinas del paquete no sobresalgan. Ella coge el extremo de lona más cercano, pero él le indica que espere: falta otra prenda. La saca del arcón, la mira un instante y la pone encima. Después los dos pliegan.
En el trayecto por la bahía, Basilia permanece junto a una mujer que vomita sin conseguir apartar el pelo de la cara.
Se lo sostiene mientras puede; cuando la embarcación cambia de posición y el agua se levanta contra el costado, apoya una rodilla para sujetarse y nota que la mujer le agarra la manga con una fuerza de la que no parecía capaz.
No tiene una frase que ofrecerle. Le dice que ya está, aunque vuelve a suceder, y le moja los labios con el agua que ha guardado para ella.
Solo más tarde mira la costa. Las montañas se han ido distinguiendo del aire, primero como una acumulación más oscura bajo las nubes y después con sus laderas, sus honduras, una sucesión de verdes que se interrumpe donde el sol encuentra tierra descubierta.
Desde Manila todo eso podía ser una distancia: aquí hay pendientes por las que alguien habrá subido, árboles cuyas raíces siguen prendidas mientras la copa se inclina, pequeñas claridades entre la vegetación que se abren y se cierran con el movimiento del barco.
A Basilia le sorprende desear que el viaje durase lo bastante para mirar sin tener a nadie agarrado a la manga.
El deseo le pasa por el cuerpo antes que la vergüenza.
Afloja con cuidado los dedos de la mujer y le coloca la mano sobre su propia falda.
Anselmo lleva el bulto a los pies. Lo ha puesto sobre una tabla para apartarlo del agua que corre por el fondo.
Basilia le hace una señal y él responde con la barbilla.
Más allá, una franja de luz se prolonga sobre el mar; las ondas la deshacen en piezas que vuelven a juntarse, y por un momento ella no necesita calcular lo que falta ni reconocer lo que deja detrás.
El viento le enfría la tela húmeda del cuello.
En la boca conserva el gusto del agua compartida.
Cuando llegan a Mariveles, la claridad se ha vuelto difícil de mirar.
Las cosas cercanas —un cabo recogido, el hombro de quien espera, un cubo abollado— tienen bordes tan precisos que las laderas parecen alejarse detrás de ellas.
Hay edificios separados por espacios de tierra y pasos que se bifurcan sin indicar, a quien acaba de llegar, cuál conduce a la espera y cuál obliga a volver; la gente que conoce el lugar cruza por allí sin vacilar, y Basilia descubre que ha empezado a seguir una espalda antes de cerciorarse de que es la del auxiliar que viene a recibirlos.
Le enseñan dónde pueden sentarse. Anselmo avanza despacio. Ella se lleva el bulto sin pedírselo y él acepta la ayuda hasta que llegan a la sombra; entonces extiende la mano y lo coloca a su lado, con el nudo hacia arriba.
Desde otro punto de la estación llega un golpe de metal, seguido por varias voces. Un hombre que pasa se cubre la nariz con un pañuelo. La mujer del viaje murmura que el azufre se queda metido en todo. Basilia mira hacia donde él ha mirado. Le escuecen los ojos, pero no percibe el olor.