El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 16 · Tribunal de registro #3
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16 · Tribunal de registro #3

Dos días más tarde atraviesa la Escolta.

En los escaparates, la luz exterior se mezcla con los frascos, las cajas de cartón y los cristales puestos de manera que cada objeto ofrece dos caras; se reflejan una rueda, el hombro de un transeúnte, una ventana de enfrente que parece pertenecer por un momento al interior de una tienda.

Los carros detienen el paso donde la calzada se estrecha.

Entre uno y otro cruza un muchacho con un paquete plano sobre la cabeza, sujetándolo por dos esquinas para que el viento no lo levante.

Carlos espera a que termine de pasar. Del río llega aire cargado de madera mojada y cuerda, una frescura breve que permite advertir mejor el calor retenido bajo los aleros.

En una puerta han cambiado el rótulo de los precios.

Carlos distingue la palabra dollars junto a una cifra; continúa hasta la plaza de San Gabriel sin suponer que por ello todas las monedas que pasan de mano en mano hayan cambiado de nombre.

El empleado del Chartered Bank lo recibe en castellano y llama pesos mexicanos a los de la cuenta.

La oficina ocupa la planta baja. Es más clara de lo que parece desde fuera: el aire entra por aberturas que no se ven desde la plaza, pasa por encima de las mamparas de madera y mueve una hoja sujeta solo por un extremo.

Detrás se oye trabajar a varias personas sin que Carlos alcance a verlas juntas.

Hay un espacio para esperar de pie y otro donde la conversación puede bajar de tono; él ocupa la silla que le indican, frente a una mesa cuyo borde ha sido oscurecido por las manos.

Ha hecho reunir un saldo de dos mil cuatrocientos doce pesos, procedente de abonos de haberes conservados en su cuenta y de cantidades que había dejado a crédito en una casa de comercio y que ahora retira.

Los justificantes no tienen todos la misma fecha.

El empleado separa la liquidación del encargo nuevo, comprueba el saldo disponible y escribe la oferta de cambio en una hoja.

Dos chelines y medio penique por peso.

Carlos hace repetir el medio penique. El empleado pone debajo dos cifras: dos mil cuatrocientos pesos para el giro, doce de gastos cargados aparte. La primera cantidad, multiplicada por el cambio ofrecido, da doscientas cuarenta y cinco libras esterlinas.

—¿Los doce salen de esas libras?

—Se cargan en pesos. Las doscientas cuarenta y cinco quedan enteras en el giro.

Carlos acerca la hoja. Comprueba veinticuatro peniques y medio por peso, cincuenta y ocho mil ochocientos peniques, doscientos cuarenta por libra.

La suma no deja fracción. Los doce pesos se agregan al cargo de dos mil cuatrocientos y agotan el saldo que ha mandado reunir.

Pregunta si queda otro gasto sin escribir.

El empleado distingue el encargo sobre Londres de lo que pueda cobrar después quien lo convierta y pague en Madrid.

Aquello no está incluido. No le entrega soberanos ni le promete que Concepción reciba libras esa misma semana.

Carlos debe decidir si envía el documento para su cobro o si encomienda al banco la remisión con las instrucciones y los datos del destinatario.

Escoge esto último y dicta despacio la dirección de su mujer.

En julio de 1898 escribió a Concepción pidiéndole que averiguase el precio de la libra y la comisión; ahora copia ambos para que ella pueda cotejar lo que llegue.

Deja sin llenar la cantidad final en pesetas.

Al empleado le hace precisar por escrito que el pago de Madrid exigirá otra cuenta.

No quiere recibir una cifra a la que falte el trayecto entre dos bancos.

Al otro lado de la mampara se cae una caja.

El empleado espera a que terminen de recogerla para hacerse oír; Carlos distingue piezas pequeñas que ruedan sobre madera, una voz pidiendo que nadie mueva el pie y la risa breve de otro hombre al encontrar una debajo de su silla.

Tiene sobre la mesa una cantidad capaz de mantener abierta la casa de Madrid durante meses.

Allí detrás se ha detenido el trabajo por algo que cabe en una mano.

Querría levantarse para ayudar a buscar, pero no sabe qué ha caído y, cuando alza la vista, el empleado ya le está ofreciendo el resguardo.

Carlos vuelve al nombre, la fecha, la moneda y el destino.

Ve doscientas cuarenta y cinco libras donde hace un momento había dos mil cuatrocientos pesos y vuelve a mirar el cargo separado de doce, cuya pequeñez obliga a buscarlo al margen.

Firma la orden de remisión. El papel que recibe acredita lo encargado; todavía no es recibo de Concepción.

Al levantarse advierte que ha dejado el sombrero en el suelo.

Lo recoge sin llamar al empleado, limpia una mota de la cinta y sale por la parte libre de la puerta.

En la plaza tiene que esperar a que retiren una carga; un hombre sujeta una tabla por el extremo y otro busca dónde apoyarla sin aplastar el pie que ya ocupa aquel espacio.

Carlos regresa con la copia de la declaración, recogida esa mañana, y el resguardo del banco.

En su cuarto los extiende sobre el cartón de una carpeta y deja a un lado las instrucciones que enviará a Madrid.

La declaración lleva la diligencia de su registro.

El resguardo conserva el cambio manuscrito y los doce pesos aparte.

Pone primero el siete de marzo; después, el nueve.

La hoja del niño está en otro sobre. La aparta de debajo del cartón antes de juntar las tapas.

Estira la goma, pasa una esquina y luego la otra. Al soltarla oye el chasquido.