El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 16 · Tribunal de registro #2
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16 · Tribunal de registro #2

Basilia deja salir el aire que retenía. Él deshace la atadura, separa un borde de manta y toca el hule de las fundas.

Ella levanta con cuidado la tapa del primero y le muestra la tira que sostiene el pliego: hay que tener una mano debajo.

No lee. Anselmo tampoco le pide que lea; prueba cómo sostener el libro, vuelve a cerrarlo y examina el envoltorio exterior, porque una esquina ha empezado a cuartearse.

—Pondré el doblez hacia dentro.

—Que no se mojen. Que no se quemen. Y no se los des a nadie con uniforme.

—¿Hasta cuándo?

Basilia mira a Andrés. El niño trata de introducir una tira sobrante por el aro de la cesta, sin acertar con el hueco que quiere Anselmo.

—Hasta que alguien de la casa vaya a buscarlos.

Él no pregunta qué casa. Le indica al niño por dónde tiene que pasar la tira y espera a que lo consiga.

Basilia ajusta las fundas y Anselmo vuelve a plegar la manta, lleva el hule exterior sobre las esquinas y rehace la atadura.

Luego los conduce hasta un arcón bajo, junto al sitio donde duerme; aparta una muda para darle apoyo al paquete, lo coloca sobre la estera que guarda doblada y comprueba que no toca la pared.

Basilia permanece en la puerta. Anselmo le pide que cierre bien el hule cuando vaya a mirarlos; no le ofrece la llave del arcón ni le promete que nadie se acercará.

Conserva el nudo encima de la envoltura y sale a recuperar la cesta.

En el camino de vuelta Andrés quiere cargar algo.

Basilia le da el pequeño envoltorio de comida que han guardado para la abuela y siente, al soltarlo, el brazo extrañamente ligero.

La música termina antes de que crucen la entrada.

Una mujer recoge las hojas manchadas junto a las mesas; el niño mayor ayuda a inclinar un banco para que pueda barrer debajo.

Ya no hay nada que esperar allí, y Basilia tarda en comprender que esa facilidad para marcharse también le duele.

Desde febrero el arroz le alcanza para menos días.

Los disparos de la noche del cuatro llegaron hasta su cuarto; después se supo contra quién se combatía, y algunas de las personas que volvieron a buscar la ropa todavía hablaban de la guerra anterior.

En una casa le han pagado con dos prendas, en otra con una promesa escrita por un hombre que se llevó el tintero antes de cumplirla.

Basilia mantiene ambas cuentas en el cuaderno de estraza.

No suma al jornal el precio que espera obtener por las prendas hasta que encuentra comprador.

Vuelve a lavar. Durante las semanas siguientes lleva también ropa reparada a San Lázaro, por encargos particulares que ha acordado en aquella visita, y una tarde la mujer que distribuye los paños le pide que se quede a sujetar el brazo de un enfermo mientras cambia una venda.

Basilia pregunta dónde puede apoyar la mano.

El hombre le señala el sitio por sí mismo.

Ella sabe sostener una cosa frágil sin que caiga, pero eso no le enseña cuánto le duele a otro: debe esperar a que se lo diga.

Acepta volver dos mañanas, con pago convenido y dejando a Andrés con su madre.

Empieza por transportar agua, disponer telas limpias y ayudar cuando se lo piden.

Conserva la batea en casa. Al terminar la primera jornada, trae debajo de una uña una pequeña fibra blanca que no sale hasta que se lava por segunda vez.

Marzo de 1900 · Manila

Carlos dobla los guantes sobre el sombrero antes de sentarse.

El traje de paisano le permite apoyar la espalda sin que el correaje tropiece con la silla; sin embargo, conserva las rodillas juntas y el lugar de la mano en que acostumbraba a quedar la gorra.

A su derecha hay un hombre con un legajo más grueso que el suyo.

Ha separado dos hojas, las vuelve a reunir, pregunta si falta mucho y no termina de creer la respuesta.

El siete de marzo la sala del juzgado recibe luz por unos postigos que han abierto solo hasta la mitad.

En el suelo, las franjas claras terminan antes del banco de espera; arriba alcanzan los extremos de los legajos, las cintas descoloridas y una zona de pared más limpia donde hubo algo colgado.

Carlos sigue con la vista aquel rectángulo.

No adivina qué han retirado. Cerca de la ventana, un empleado vuelve una mesa para aprovechar la parte en que todavía se puede escribir sin que la pata ceda; las personas que esperan recogen los pies y luego los ponen de nuevo, con menor espacio, mientras el trabajo continúa detrás de una puerta.

El secretario lo llama por sus dos apellidos.

Carlos entra con los papeles de naturaleza y residencia que ha reunido, su petición y una copia del artículo del tratado que la funda.

Lleva señalada la fecha del canje de ratificaciones, once de abril del año anterior; de allí ha contado el año y no quiere gastar el mes que todavía le queda.

La declaración estaba preparada desde febrero.

Ha decidido presentarla antes de ordenar la remesa.

El secretario compara el nombre con el de la petición.

—Natural de Madrid.

—De Madrid.

—Y permanece en Manila.

Carlos responde que sí. No explica cuándo piensa volver.

La casa de Madrid sigue requiriendo una cantidad cada mes y, desde allí, Concepción continúa preguntándole qué muebles ha de conservar.

En la carta recibida la semana anterior ha añadido que el niño escribe demasiado deprisa; Carlos quiso corregir la frase del muchacho antes de contestarle y terminó guardando su hoja sin señalar nada.

Cumple once años este año. La velocidad con que crece le llega reducida a medidas, compras y cambios de letra que él examina junto a una lámpara.

De Concepción recuerda con exactitud el modo de alisar una vuelta del cuello mientras habla de algo distinto: se acerca, corrige con dos dedos la tela que él no ha advertido torcida y continúa la frase sin esperar agradecimiento.

Durante los primeros meses en Manila, Carlos llevaba la mano al mismo lugar antes de salir; después había dejado de hacerlo, hasta que una mañana de fiebre encontró el cuello doblado debajo de la nuca y tuvo que pedir ayuda para incorporarse.

Hoy se lo ha arreglado pasando el pulgar por debajo hasta encontrar toda la costura.

Le gustaría que su mujer lo viera sin equipaje, sin una llegada que obligase a recibirlo, sentado junto a ella mientras el muchacho termina una tarea.

No consigue imaginar aquella habitación sin contar primero las cosas que aún debe concluir aquí.

El secretario le pide que lea la declaración antes de firmar.

En Manila, a siete de marzo de mil novecientos, comparece don Carlos de Silva y Alcázar, súbdito español, natural de Madrid y residente en esta ciudad, y declara ser su decisión conservar su lealtad a la Corona de España, conforme al artículo IX del Tratado de Paz de diez de diciembre de mil ochocientos noventa y ocho.

Solicita que quede registrada esta manifestación y se le expida copia de ella.

Bajo el texto están los espacios de la firma y de la diligencia.

Carlos encuentra correcta la naturaleza, comprueba el día y lee otra vez la expresión conservar.

No tiene que declarar una llegada ni prometer una marcha.

Le basta hacer presente aquella decisión, ante el hombre que espera con el papel vuelto hacia él, en una habitación donde se sigue escribiendo en castellano aunque al salir lo detengan a veces con palabras inglesas que necesita ver acompañadas por un gesto.

Toma la pluma. La punta abre demasiado una de las letras y él disminuye la presión antes de terminar el apellido.

Firma entera, sin el empleo. El secretario recibe el original y le indica cuándo podrá recoger la copia.

Carlos pregunta por la forma de reclamarla; anota la respuesta en una hoja propia y vuelve a ponerse los guantes en el corredor.

Se ha dejado una pequeña mancha al costado del dedo.

No consigue verla hasta que tiene el guante medio puesto.

En la calle encuentra al hombre del legajo, que se ha quitado el sombrero para pasarse un pañuelo por la cabeza.

Le pregunta dónde puede sacar otra copia de un papel.

Carlos señala un portal que acaba de ver, donde alguien ofrece ese trabajo; se queda mirando hasta comprobar que el hombre lo ha entendido y después camina hacia el lugar donde lo espera el coche.