16 · Tribunal de registro
Andrés quiere entrar por donde sale la música.
Basilia lo retiene de la muñeca, deja pasar a dos mujeres que llevan una olla entre ambas y enseña el papel doblado al hombre de la entrada.
La víspera le han permitido venir a ver a Anselmo; el permiso comprende a su hijo, cuyo nombre ha tenido que repetir porque el que escribía entendió otra cosa.
Ahora el hombre comprueba los dos nombres.
Andrés levanta la cara al oír el suyo y permanece quieto, satisfecho de aquella parte del recibimiento.
Al fondo del acceso han colgado una tela entre dos soportes para resguardar las mesas.
Se ha dicho misa y algunas familias han traído comida; hay una flauta, alguien que prueba una cuerda y un niño mayor que Andrés, ocupado en mantener separados a otros dos hasta que empiece otra pieza.
Basilia no sabe cuánto durará aquella reunión.
Preguntó si podía aprovechar la visita de los parientes para entrar también ella y le contestaron que fuese por la mañana.
El hatillo pasa de un brazo al otro mientras espera que devuelvan el papel.
La pared que tocó al despedir a Anselmo conserva una línea de humedad cerca del suelo.
Más arriba, donde el sol alcanza la cal, las manchas se han secado y parecen parte de la piedra; una raíz, salida entre dos hiladas, mantiene abierto un resquicio por el que cabe la uña.
Andrés lo descubre antes que ella y se agacha.
Basilia le recoge la mano, le sacude el polvo contra la saya y lo conduce detrás del hombre que va a buscarlos en el libro.
El recinto se abre despacio, por espacios que no pueden verse desde la verja.
Hay un patio donde han barrido la tierra hasta dejar descubiertas las raicillas y un corredor cuyo techo retiene una claridad verdosa, pasada por las hojas que se mueven fuera; más allá, entre dos cuerpos de edificio, aparece un trozo de cielo tan blanco que cuesta distinguir el borde de las tejas.
Cerca de una puerta se seca ropa con las mangas vueltas hacia dentro.
En otra han puesto una silla para que no cierre.
Basilia ve salir una mano, retirar la silla un momento y devolverla al mismo sitio cuando ha pasado un hombre que arrastra un pie.
Se oye la música, más débil aquí que junto a la entrada, y por debajo el ruido de un recipiente colocado en el suelo, una tos, una conversación que continúa aunque los visitantes se detengan.
El hombre deja el permiso sobre una mesa, consulta un volumen y recorre una columna con el dedo.
Dice el apellido de Anselmo. Basilia recuerda haberlo oído en agosto, cuando esperó fuera y él cruzó la verja con su estera; hoy ve el libro que entonces solo nombraron, la suciedad de los cantos, un trozo de cartón puesto bajo la tapa para que se sostenga abierta.
El hombre encuentra lo que busca y llama a otro para que avise a Anselmo de que tiene visita.
Basilia se sienta en el extremo de un banco. Andrés se queda de pie entre sus rodillas y le pregunta si puede ir a mirar a los músicos.
—Desde aquí los oyes.
—Pero no veo lo que hacen.
Ella vuelve la cabeza. El corredor permite llegar hasta la esquina sin perderlo de vista.
—Hasta aquella columna.
El niño va contando los apoyos de la cubierta.
Este mes cumple cinco años. Basilia lo observa detenerse en el límite que le ha señalado, inclinar el cuerpo sin mover los pies para ver algo más y renunciar, por fin, a una obediencia tan trabajosa.
Se acerca a la columna siguiente. Ella lo llama y él vuelve con un gesto de disgusto que le agrada poder reconocer antes de que hable.
Ha traído los libros sin volver a abrirlos esa mañana.
Los dos tienen ahora sus fundas, y alrededor hay un trozo de manta, el hule exterior y una atadura que puede deshacerse sin cuchillo.
En agosto tardaron días en dejar de humedecer los paños.
Basilia retiraba unos, extendía otros, daba la vuelta a la tela que había recibido el agua y aprovechaba los ratos de aire sin dejar el papel al sol; hubo hojas que solo cedieron cuando ya casi había renunciado a separarlas, y en una esquina quedó adherida una pequeña superficie que prefirió no arrancar.
El cartón del segundo perdió su forma. La sostuvo mientras pudo y acabó aceptando que una tapa había de cerrar antes que la otra.
El pliego doble del primer libro se secó con una curva que no desapareció al ponerlo entre dos tablas.
Antes de retirar el hilo que señalaba su lugar, Basilia lo hizo coincidir con la hoja de abajo, comprobó qué lado había quedado hacia ella la noche del rescate y lo devolvió al centro.
No intentó coser por los agujeros desgarrados.
Lo sujetó con una tira estrecha de tela pasada por fuera del pliegue y anudada, sin apretar, a una parte firme del hilo del lomo; al abrir había que sostenerlo.
Guardó el hilo que había servido de señal en su caja de costura.
El segundo conservó aquel papel doblado junto a la contratapa, unido por el mismo borde.
Tampoco allí quiso mejorar lo que todavía aguantaba.
Al reponer el hule encontró sus propias puntadas deformadas. Tuvo que alargar una solapa. Desde entonces los libros ocupan más sitio; los lomos no se apoyan juntos sin dejar entre ambos una pequeña abertura, y el color perdido junto a los cantos no vuelve cuando pasa la mano.
Anselmo llega con una cesta a medio reparar. La deja en el suelo, pone encima las tiras sueltas para que nadie las pise y saluda primero al niño.
—Estás más alto.
Andrés se endereza. Basilia le pide que enseñe las manos y él las vuelve con rapidez, como si la orden tuviera que ver con la altura.
—Las mías no están mejor —dice Anselmo.
Se sienta. Lleva abrochada la camisa hasta un botón distinto del que Basilia recuerda; el cuello se le abre por un lado y una de las mangas tiene una costura reciente.
Ella mira la reparación antes de mirarle las manos.
No han dejado de darle miedo, pero ya no puede fingirse que ese miedo le viene únicamente de lo que dicen los demás.
Deja el bulto en el banco, entre ambos, y retira sus dedos del nudo.
—Son los de José.
Anselmo espera. Ella había ensayado una explicación mientras caminaba, con el peso apretado contra las costillas y la mano del niño tirando hacia cada puesto de comida.
Bastaba decir que en su casa no estaban seguros.
Ahora que el otro ha dejado la cesta para escucharla, aquella frase le parece una manera de obligarlo a aceptar un peligro sin explicárselo.
—Papeles. Los recogí en Malate.
—¿Él te los ha dado?
Basilia niega.
Desde agosto ha vuelto a preguntar al sacristán, ha aguardado a hombres que regresaban del sur, ha entregado el nombre a una mujer que recogía noticias de heridos y ha ido a dos casas porque alguien creyó reconocer la camisa.
En una le enseñaron una prenda que José no había usado nunca; en la otra no había hombre alguno, solo una muchacha que repetía lo que oyó decir a su tía.
Basilia conservó la dirección unos días, avergonzada de no saber dejar de acudir a un sitio por el solo hecho de que allí ya no pudieran darle nada.
El sacristán volvió a decirle que lo vio salir al patio.
De la cuenta de las lavanderas sí pudieron ocuparse después: las dos mujeres repitieron diecinueve y dieciséis hasta que él lo asentó, con las dos bajas aparte.
Hubo que llevar otra vez la sábana rota.
El pago se hizo por las piezas admitidas, sin cobrar las dos descartadas ni descontarles una pérdida posterior.
Basilia dejó de reclamar aquella cuenta. La otra pregunta siguió haciéndola.
—No ha vuelto —dice a Anselmo.
No ha vuelto es lo que le permite hablar sin dar por sabido lo que no sabe.
Hay días en que la frase le parece una defensa; otros, una crueldad que se hace a sí misma.
Ha dejado de preparar comida de más, pero todavía calcula dónde pondría un plato si oyera su paso.
Ha cambiado de sitio la mesa porque necesitaba luz para trabajar, y la primera tarde de ese cambio se descubrió pidiéndole perdón en silencio, no por haberse movido, sino por el gusto de disponer la habitación sin discutir con nadie.
Le dolió aquel alivio más de lo que esperaba.
Después Andrés derramó agua y tuvo que secarla antes de que alcanzase el pie de la estera.
Anselmo apoya la mano sobre la manta. No desata aún.
—¿Por qué aquí?
—Porque tú estás aquí.
Basilia se oye y sabe lo que falta. Desde que empezaron de nuevo los tiros, en febrero, han llegado a Ilaya parientes buscando dónde dormir; en la casa de al lado han abierto bultos para encontrar una cédula y se han ido dejando los otros sin cerrar.
Ella mueve sus cajas cada vez que necesita hacer sitio.
Su madre le ha dicho que ya no recuerda en cuál puso cada cosa.
No puede esconder también los libros de la mujer que la ayuda a guardarlos.
Se lo explica sin decir que el hospital sea seguro. Anselmo mira el nudo.
—Si me hacen cambiar de sitio, vendrán conmigo.
—Avísame.
—Si puedo.
Basilia asiente. Le cuesta consentir en esa respuesta, aunque es la única que Anselmo puede darle; había venido dispuesta a entregar los libros, y al oír que quizá tampoco él encuentre un modo de avisarla siente que todavía puede recogerlos y volver a casa, buscar otro hueco detrás de la ropa, otra persona que no tenga que pedir permiso para salir.
Mira la cesta a medio hacer. Él ha apartado su trabajo y espera que ella decida.
A Basilia le desagrada la facilidad con que ha contado su confianza entre las cosas disponibles, junto a la manta y el hule, como si aceptar el riesgo de otro no necesitase también un lugar.
—Si no quieres, me los llevo.
Anselmo retira la mano del bulto y recoge una tira que se ha deslizado del banco.
—He dicho que si puedo te avisaré.