15 · Efectos privados #3
Dentro, la galería tiene un banco atravesado donde ayer podía pasarse.
Hay soldados ajenos al puesto junto a las cajas, y un hombre recoge papeles del suelo utilizando la parte ancha de una tablilla.
Carlos reconoce su cuarto por el trozo de madera que mantiene abierta la ventana.
La mesa está desocupada. Le enseñan dos cajones pequeños apartados para la entrega de los efectos del despacho; firma su relación después de comprobar los rótulos, y devuelve la hoja al encargado.
El equipaje particular sigue en el patio.
El asistente lo encuentra donde dijo. Alza la franela, la sacude una vez y espera que Carlos examine el interior.
Falta la toalla. La palangana permanece sobre el poyo, con una raya de suciedad en el fondo; la botella tiene menos agua de la que él recuerda.
Aquel detalle lo irrita de una manera desproporcionada.
Alguien ha utilizado sus cosas, ha alcanzado ese poyo con una familiaridad que no puede admitir, y sin embargo no se le ocurre a quién pedir cuentas sin tener que explicar qué dejó allí y por qué salió con tanta prisa.
No mira hacia el brocal hasta que necesita dar la vuelta al cajón.
La mata tiene una rama vencida. No ve los libros.
El terreno que queda debajo conserva diferencias de color, pero desde allí no podría decir dónde apoyó cada uno; el agua ha cambiado las manchas, los pasos han mezclado la tierra, y le resulta intolerable que un lugar recordado con tanta fuerza pueda ofrecer ahora tan poca obediencia.
—Saque una camisa —dice.
El asistente desdobla la primera que encuentra.
Carlos vuelve el cuerpo hacia la galería, se abre la guerrera y extrae el espejo.
La tela interior se ha pegado al canto; debe liberar un hilo antes de poder separarlo.
Durante un momento lo sostiene descubierto.
El nácar recoge una claridad pálida, distinta de la que corre por la plata y el oro.
La cara del bronce devuelve un pedazo de corredor, demasiado pequeño para mostrar a quienes lo atraviesan.
Envuelve la pieza con las mangas cruzadas.
La franela va debajo, plegada, sin cubrirla otra vez.
El asistente coloca las botas fuera del cajón y pasa la correa por su asa.
Han aprendido cuánto cabe. Carlos baja la tapa hasta oír el roce de la ropa, vuelve a levantarla apenas y empuja un extremo de manga que ha quedado prendido.
Al salir, el encargado apoya una mano sobre la madera y mira el pase.
Pregunta por el contenido. Ropa y efectos del teniente coronel, contesta el asistente.
El hombre toca el cierre; detrás han traído una caja del despacho cuyo rótulo no coincide con la hoja que sostiene otro portador.
Pide que la abran. Carlos espera, sin adelantar su propio cajón.
El encargado vuelve a leer su pase y hace una marca junto a la línea del equipaje. Les indica que continúen. El asistente tiene que pedir ayuda para salvar el banco atravesado; Carlos toma el otro extremo y siente, por primera vez desde la mañana, el peso del bronce lejos del cuerpo.
En Cabildo, de noche, la camisa ocupa una silla.
Carlos ha vuelto a sacar el espejo y lo ha dejado contra la pared, donde no estorbe al lavarse.
Bajo la ropa plegada sigue el cuaderno. Lo extrae con los dedos secos y busca señales de que alguien lo haya abierto en su ausencia.
No encuentra ninguna. Se sienta cerca de la lámpara.
El ruido de la casa tiene una intimidad prestada: una tos detrás del tabique, agua vertida en un recipiente, alguien que busca un zapato sin querer despertar a quien duerme al lado.
Carlos recuerda a Concepción incorporándose en la cama para escuchar al niño.
Él había aprendido a distinguir aquel movimiento de los otros, a saber por la tensión del colchón si debía levantarse o podía seguir con los ojos cerrados.
Durante unos instantes desearía estar en esa habitación, soportar una pregunta corriente, una impaciencia que no tuviese relación con los muertos.
La imagen llega con la claridad de un lugar al que aún puede escribirse.
Después intenta imaginar lo que diría al entrar y no consigue pasar de su nombre.
Abre el cuaderno por la mitad. Tres renglones presentan signos cuya repetición le hace suponer palabras, aunque ninguno le entregue un sonido.
Avanza con la uña bajo la primera línea.
Hay una corrección encima, tan pequeña que inclina la hoja para distinguirla.
José la hizo sabiendo qué faltaba. Carlos reconoce el apremio en una curva, la misma inclinación que vio junto a las fechas de la genealogía, y le molesta advertir en aquella página un trabajo que continuó sin necesitar su permiso.
Todavía podría dejarla abierta y acostarse. Prueba a retirar la mano. La hoja empieza a cerrarse; la retiene por el margen, saca el portalápiz y busca un espacio donde la mina no se mezcle con la tinta. Tiene que escribir pequeño.
14 de agosto de 1898. No consta.
Sopla el polvo de la mina antes de retirar la mano. Una partícula queda prendida en la fibra. Carlos la deja.