15 · Efectos privados #2
—La caja de cepillos —explica el portador—. Me dijeron que la contara.
—Va dentro de la mía.
El escribiente raspa la cifra antes de que Carlos pueda detenerlo.
La tinta se abre sobre una fibra levantada.
Buscan una tira limpia, la recortan y le ponen goma por detrás; el pequeño remiendo queda demasiado blanco, rodeado de un cerco húmedo que tardará en secarse.
Escriben el ocho encima. Carlos comprueba que solo se han sumado bultos, que los caballos y las armas no entran en aquella cuenta.
Al pie, bajo el total, copia la fórmula de la cubierta: efectos privados de los señores oficiales.
—Este baúl necesitará cuatro hombres —dice el portador, señalando una de las marcas—. No es igual que ese.
Carlos pone el secante sobre la cifra corregida.
—En un inventario todo lo que cabe en una casilla pesa lo mismo.
El hombre quiere saber cuántos mozos le darán. Carlos le dice que lo pregunte al solicitar el carro y se queda mirando la goma que asoma bajo el remiendo. Se ha pegado una mota negra al borde. Intenta apartarla con la uña, pero levanta el papel y tiene que volver a apretarlo.
La recogida se autoriza para esa tarde. Antes de salir le entregan otra cubierta, rescatada entre las comunicaciones que quedaron por reunir.
Dentro encuentra el folio del semáforo preparado el día doce, con sus casillas aún vacías, y una hoja distinta del trece.
La primera advierte sobre el reloj de la estación; la segunda anota la observación de cuatro letras en el Olympia, hacia las once según ese reloj sin cotejar.
D. W. H. B. Debajo, de otra mano, figura la explicación transmitida a la oficina: se pide la rendición.
No hay respuesta naval asentada en aquella hoja.
Carlos pregunta quién la ha traído. El encargado señala la remisión de servicio prendida con un alfiler a la cubierta.
Separa el papel con cuidado para que no se desgarre al abrirlo.
Carlos lee la fecha y vuelve a reunirlo todo.
Las diez y treinta y dos que él escribió en su parte pertenecen a la bandera de la torre de Malate.
Aquí se habla de un buque. Busca algo más, una hora que cierre el intervalo; solo encuentra el sitio que han dejado para añadir otra noticia.
Dobla la cubierta a lo largo. Tendrá que archivarla.
El asistente se aparta de la pared en cuanto lo ve bajar. Lleva en una mano las botas que no cabían en el cajón y una correa en la otra. Carlos comprende que ha estado esperando con ellas todo ese tiempo. Le entrega el pase para poder acomodarse la guerrera antes de salir.
—Después necesitaré ir a casa —dice el hombre.
Carlos le pregunta para qué y se arrepiente de haberlo hecho antes de oír la respuesta.
Desde la noche anterior no sabe si los suyos siguen donde los dejó; ha mandado un recado, pero el muchacho que lo llevaba no ha vuelto.
Carlos mira las botas. Le resulta difícil conciliar la preocupación que acaba de escuchar con la paciencia de aquellas manos, con la manera en que el hombre ha recogido una correa que no le pertenece y la ha llevado consigo para que él no tuviese que buscarla.
Durante un instante sospecha que se lo cuenta para obligarlo a pagar una deuda cuyo importe no habían acordado.
—En cuanto dejemos el cajón.
El asistente asiente. A Carlos le gustaría añadir algo que quitase a su respuesta ese sonido de condición; una pregunta por la casa, por el camino que deberá hacer, bastaría quizá.
Pero ya han llegado a la puerta y alguien quiere pasar entre ellos.
Se separan. Desde el otro lado del umbral ve al hombre examinar el cielo, no para averiguar si habrá lluvia, le parece, sino para medir la luz que aún podrá gastar antes de empezar a buscar a los suyos.
Carlos conoce ese cálculo. Lo ha hecho para cartas, para visitas, para un regreso al que deseaba llegar sin testigos.
Se queda aguardando mientras el asistente cambia las botas de mano y se guarda el pase donde no pueda doblarse.
La ciudad se prolonga hacia Malate entre pasos permitidos y esperas que nadie sabe medir.
Hay ventanas abiertas desde las que sacuden ropa; las prendas caen sobre las varas con una languidez que engaña, porque abajo las mujeres siguen discutiendo con los hombres que quieren apartarlas para cargar.
En un tramo de Calle Real el incendio ha dejado al descubierto la escalera de una casa.
Sube hasta un rellano sin habitación, y desde allí la barandilla continúa un poco por encima del vacío.
Carlos distingue un clavo en la madera clara, un trozo de tela prendido al clavo.
El carro pasa y la escalera desaparece detrás de un muro intacto.
Más cerca del mar, el aire pierde por momentos el olor de las viviendas y trae el de las plantas aplastadas, el de un fango que ha recibido agua salada.
Sobre los bajos quedan brillos lisos entre tallos inclinados; unas aves buscan alimento donde el día anterior no habría podido detenerse un hombre.
Carlos las sigue con la mirada hasta que el asistente le toca el brazo. Les están haciendo señal de parar.
El pase cambia de mano. Esperan bajo un alero que conserva agujeros recientes.
Por uno cae una gota aislada, demasiado espaciada para proceder de la lluvia que ya ha cesado; Carlos piensa en un recipiente volcado arriba, en agua retenida bajo unas tejas que nadie ha tenido tiempo de recolocar.
Se aparta antes de que le alcance. El hombre que examina el papel pregunta cuántos bultos corresponden a aquel sitio. El asistente levanta un dedo.