15 · Efectos privados
El asistente ha visto el cajón. Esa es la primera noticia que Carlos consigue separar de las otras: permanece junto al poyo, con la tapa levantada y la franela sobre un canto, pero para sacarlo habrá que volver con un papel.
El hombre ha llegado hasta la galería; después le han hecho regresar.
Ahora aguarda en el vestíbulo del Ayuntamiento, apoyado en la pared con una pierna algo adelantada.
No parece haberse sentado desde que salió.
—¿Han tocado lo de dentro?
—No me dejaron acercarme tanto.
Carlos le dice que espere. Ha dormido en una cama prestada de Cabildo, dejando el cuaderno debajo de la ropa doblada, y ha salido con el bronce contra el pecho porque no encontraba otro lugar que le pareciese más seguro.
El borde le tira de la guerrera cada vez que se inclina; durante el camino ha debido corregir su posición dos veces, fingiendo que busca el reloj. Ahora lo siente aun cuando no se mueve.
En el vestíbulo las losas blancas y negras sostienen una luz turbia, pisada por hombres que se apartan sin saber a quién deben ceder el paso.
El agua de los zapatos ha dejado medias lunas junto a las juntas del mármol.
Más allá, donde el suelo recibe aire del patio, algunas huellas se han secado antes de concluir y parecen pertenecer a pies que dejaron de pesar en mitad del movimiento.
Hay armas arrimadas, voces que piden sitio, un cabo empeñado en que nadie apoye otro fusil sobre los que ya ha contado.
Carlos levanta la vista hacia la escalera.
El hierro de la barandilla conserva su dibujo entero; siguiéndolo con los ojos se puede ascender hasta una planta donde todavía no llega la agitación de abajo.
Encuentra en una dependencia superior al hombre que lo ha mandado llamar para reunir las relaciones de los puestos.
No le pide todavía las cifras. Necesita dos pliegos limpios, una regla y que alguien lleve a otra mesa el tintero que están compartiendo.
Carlos deja su carpeta en una silla. Al inclinarse, el espejo toca la madera del respaldo por dentro de la guerrera; se endereza antes de que el sonido se repita.
Fuera, entre los huecos de las ventanas, la plaza tiene una claridad que engaña sobre la temperatura.
Los árboles dejan caer agua antigua cada vez que una rama se mueve, y, sin embargo, el suelo descubierto empieza a despedir calor.
Un caballo vuelve la cabeza buscando la sombra de su propio cuerpo.
Cerca de él dos hombres sujetan una carga cuya anchura no han calculado bien: el que va delante insiste en avanzar mientras el otro señala una rueda atravesada.
Carlos los ve detenerse, discutir, probar hacia atrás.
Cuando al fin pueden pasar, ya hay otra persona esperando con un bulto mayor.
Le ofrecen una silla y la rechaza. Desde allí tendría que levantarse cada vez que le pidiesen algo, y le conviene que sus manos estén ocupadas.
Al otro lado de la mesa, un escribiente prepara una lectura en castellano.
La hoja se levanta por una esquina. Carlos pone encima la regla y se queda sosteniendo el secante mientras cambian unas palabras que no alcanza a oír.
La tarde ha empezado cuando leen los puntos convenidos.
El escribiente recorre primero el artículo de la entrega, los honores militares, el depósito de las armas y los alojamientos de la tropa bajo sus propios oficiales.
Al llegar a la paz futura, un hombre le pide que repita la última condición.
Carlos mira las mangas apoyadas sobre la mesa.
Ninguna se levanta. El lector vuelve atrás y prosigue con la cláusula segunda.
Armas, caballos, efectos privados.
Carlos deja de sentir durante un instante el canto del bronce.
Oye lo que sigue con una atención que podría parecer desinterés: la entrega de propiedad pública, los estados, los inventarios, el plazo de diez días.
El escribiente tiene una manera de tomar aire antes de cada número, como si todos los artículos pesasen lo mismo en la voz.
Al final alguien pregunta por los efectos de los oficiales, y el hombre regresa al segundo.
Esta vez Carlos ve dónde empieza la frase en el papel.
En los ejemplares de trabajo que pasan después a su mesa quedan resumidos los siete puntos:
I. Entrega de la ciudad y sus defensas con honores militares; depósito de armas y permanencia de las tropas en los alojamientos designados, bajo sus oficiales y el control de las autoridades americanas, hasta la conclusión de la paz.
II. Los oficiales conservarán sus armas, caballos y efectos privados.
III. Los caballos de propiedad pública y los demás bienes públicos se entregarán a los oficiales de Estado Mayor designados.
IV. En diez días se presentarán por duplicado los estados de fuerza y los inventarios de material de guerra, propiedad pública y recursos de las dependencias.
V. La cuestión de la repatriación se someterá al Gobierno de los Estados Unidos en Washington; las armas entregadas se devolverán cuando las fuerzas españolas evacuen la ciudad o cuando lo haga el ejército americano.
VI. Se facilitará a oficiales y tropa la subsistencia correspondiente a sus graduaciones; los fondos del Tesoro español serán entregados a las autoridades americanas.
VII. La ciudad, sus habitantes, iglesias, escuelas y propiedad privada quedarán bajo la protección de las fuerzas de los Estados Unidos.
En otra mesa firman. Carlos alcanza a ver el movimiento de los papeles, una mano que señala un espacio, otra que retira una hoja ya escrita para dejar la siguiente al alcance.
Después le llega el traslado de los nombres.
Nicolás de la Peña, auditor general; Carlos Reyes, coronel de Ingenieros; José María Olaguer Feliú, coronel de Estado Mayor.
En la columna contigua están Greene, Lamberton, Whittier y Crowder.
El escribiente mancha el papel bajo el tercer nombre español y le pide el secante.
Carlos lo sostiene por dos puntas para que pueda apoyarlo sin arrastrar.
Nadie le pregunta cómo se apellida.
Había creído que lo aliviaría escuchar su nombre en boca de otro, dicho para un hombre que debía acercarse, ocupar un lugar y hacer algo definitivo.
Pero Carlos Reyes vuelve a convertirse enseguida en un apellido entero, una persona a la que corresponde aquella firma, mientras él permanece de pie con una cartulina manchada y la certeza de que todavía faltan horas de trabajo.
Pone el secante sobre la silla. El escribiente le entrega los dos extractos; en uno ha quedado una sombra del borrón, en el otro no.
La regla de separación sale torcida. Carlos ha apoyado un extremo sobre el doblez del pliego apaisado y, al tirar la línea, la pluma ha encontrado una pequeña subida.
No vuelve a empezar: prolonga el trazo hasta el margen y dispone los encabezamientos de las tres columnas.
Concepto. Cantidad. Observaciones. Necesitarán otros papeles para los estados de fuerza.
Aquella hoja solo podrá reunir las noticias de las dependencias que conoce, y aun así faltan recibos.
—Las caballerías no están aquí —dice el escribiente.
—Ponga dónde están.
—Eso tampoco lo han dicho.
Carlos deja el hueco. El hombre acerca una relación en que figuran monturas sin sus caballos y otra que enumera animales sin distinguir los de propiedad particular.
Tendrán diez días. La duración parece amplia mientras está escrita al lado de una fecha; al distribuirla entre hombres que deben localizarse, puertas que habrá que abrir con permiso y cosas cambiadas de sitio desde la mañana anterior, Carlos descubre que ya han empezado a gastarla.
El escribiente propone reunir las cajas por su tamaño.
Carlos separa las de munición, busca las marcas de destino y hace traer otra hoja para los efectos de administración.
Cuando llega a los fondos, exige que figure quién conserva la caja y quién ha contado el dinero.
No hay cantidad que pueda copiar todavía.
El hombre que los ha traído se impacienta: ha cargado aquellas relaciones desde Malate y quisiera obtener un recibo que le permitiese marcharse.
Carlos lo hace sentar. El asistente continúa abajo.
En el corredor discuten por un paso. Uno de los recién llegados asegura que ha combatido con las fuerzas filipinas durante el sitio y pide entrar a tratar con los suyos; otro hombre le responde desde la puerta, en castellano, que aquella autorización no sirve allí.
Carlos solo oye fragmentos. Levanta la cabeza al escuchar Malate, y durante unos segundos todas las palabras parecen dirigirse a él.
Luego el solicitante nombra otro lugar. Lleva meses, dice.
Meses. El hombre de la puerta baja la voz y señala por dónde tendrá que volver.
Carlos pregunta si permitirán recoger equipajes en la zona sur.
Le contestan que debe presentar la relación y obtener el pase.
Anota el impedimento al margen de su hoja, donde ha reservado espacio para las dependencias pendientes de reconocimiento.
Al devolver los ojos a las cifras encuentra al escribiente mirándolo.
—Se ha quedado sin casilla el cajón de herramientas.
Hacen una nueva. El cajón pertenece al servicio, aunque lo guarde un hombre que ha perdido su equipaje. No se resolverá la propiedad por el sitio en que lo hayan encontrado.
Por la ventana entra una corriente que trae olor de tierra caliente y levanta los pliegos pequeños.
Carlos los retiene con el antebrazo. En aquel movimiento el bronce vuelve a apretarle el pecho; tiene un borde que conoce desde hace años y que, desde la víspera, parece haberse desplazado dentro de su propia forma.
Necesita sentarse. Lo hace mientras el escribiente prepara una relación aparte para los equipajes particulares que se solicita retirar.
El hombre ha puesto nueve bultos. Carlos cuenta ocho marcas en la lista.