14 · Relación de bajas #3
La bandera desciende despacio, pierde el aire que la mantenía abierta y se junta consigo misma antes de desaparecer detrás de la piedra.
No puede ver las manos que la recogen. Cerca de la orilla un hombre se descubre; otro continúa pasando una cuerda alrededor de un bulto y no vuelve la cara.
Hay música al fondo, a ratos interrumpida por voces más próximas.
Basilia distingue el esfuerzo de los metales para sostener una nota, pero no reconoce lo que tocan.
Sube otra tela. Por un momento se queda pegada al palo, estrecha; luego el viento permite ver las franjas.
Llega el estampido de una salva. Basilia sujeta el cesto antes de mirar hacia el agua, como si el ruido pudiera arrebatárselo por el lado que aún mantiene su compañera.
Aquel movimiento les hace perder el equilibrio. Tienen que bajar la carga de nuevo.
Una de las otras mujeres les pregunta qué ocurre. Basilia señala la ligadura: se ha corrido. La corrige con dedos que tardan en hacer fuerza y vuelve a anudar la vara. Cuando levanta la cabeza, la bandera ya está arriba y hay otra detonación. El eco alcanza los edificios detrás de ellas.
Queda camino. Las cuatro lo reanudan sin ponerse de acuerdo sobre lo que acaban de ver.
Bajo la ropa, los libros conservan un peso que no disminuye con la distancia; Basilia intenta recordar si José llevaba sombrero cuando salió de casa la última vez y encuentra, antes que la imagen, la voz con que le pidió que no dejara la camisa sobre una pieza limpia.
Ha guardado esa pequeña disputa sin saberlo.
Ahora no quiere que cambie ninguna de sus palabras.
Noche · Ilaya
Andrés está dormido cuando llega. Su madre le ha dejado arroz tapado y se incorpora para ayudarla con el cesto.
Basilia necesita decirle primero cuántas piezas son.
Las saca sobre la mesa, señala las rotas que aún han admitido, deja aparte los corporales.
Al llegar a la toalla ya no consigue mantener la cuenta.
—Estuvo esta mañana en Malate —dice.
Su madre espera.
—Ha ido a buscar los libros.
Los descubre. La mujer acerca la lámpara y retira el arroz del lugar donde empieza a gotear. Ninguna pregunta todavía por qué los ha traído Basilia.
Extienden un paño sobre la tabla y ponen dos platos para recibir el agua.
Basilia retira las fundas por las solapas, despegando el hule del cartón con las yemas; una esquina se resiste y debe sostenerla un rato, sin tirar, hasta que su madre encuentra por dónde empezar a separarla.
El jaspeado aparece oscuro, perdido en ciertos puntos bajo un brillo que no recuerda.
Basilia lo toca y se queda con color en un dedo.
Abre el primero lo que permite el lomo. Las hojas se sostienen juntas por la humedad.
Introduce el lado romo de un cuchillo debajo de una esquina levantada y lo retira cuando el papel empieza a seguirlo; será mejor usar los dedos donde encuentre espacio.
Su madre corta tiras de un paño gastado para ponerlas entre algunos grupos.
No alcanzarán para todas las páginas. Las disponen separadas, buscando que el aire entre sin aumentar demasiado el grosor.
En el centro hay un pliego que cede. Basilia lo recibe antes de que caiga; junto al doblez quedan los agujeros de la costura, unidos ahora por una abertura desigual. Ha venido suelto. Quiere volver a colocarlo y descubre que no puede hacerlo sin pegarlo de nuevo a las hojas mojadas.
Despeja un tramo del alambre de tender y arrima la mesa debajo.
Pone un hilo en el lugar del pliego, para no perderlo, y lo cuelga por el margen con dos pinzas de caña, interponiendo pequeños retales donde aprietan.
La doble hoja baja hacia el suelo. Una gota se reúne en la esquina; Basilia la toca con el paño antes de que el peso la alargue.
No colgará el resto. Deja los libros sostenidos y abiertos sobre la mesa, apartados del calor de la lámpara.
El pliego de la contratapa del segundo conserva su borde sujeto.
Lo sostiene mientras su madre coloca debajo una tira seca; después deja la tapa entreabierta.
Hay otras páginas que ni siquiera intenta separar esa noche.
Las mira como ha mirado prendas que no sabe si podrá devolver enteras.
Le cuesta reconocer ese límite precisamente en las cosas de José.
Andrés se mueve al otro lado de la estera.
Basilia espera a que vuelva a dormirse, con una mano sobre la mesa.
Tiene hambre. El arroz se habrá enfriado y podría comer mientras vigila las hojas, pero teme alejarse un momento y no oírlo si llega.
Imagina a José apoyando el pie en el primer peldaño, dejando fuera el barro, preguntando por qué sigue encendida la lámpara.
Se enfada con él por obligarla a pasar esta noche; después necesita conservar el enfado, porque para responderle tendría que estar vivo.
Su madre pone el plato a su alcance. Basilia toma una cucharada sin apartar los ojos de la doble hoja suspendida. El borde empieza a recogerse hacia dentro. Extiende la mano para corregirlo y se detiene antes de tocar.