14 · Relación de bajas
El hombre de la puerta quiere que dejen los cestos fuera.
Basilia levanta el suyo para enseñarle el fondo, las tiras de bambú por donde pasa la luz, una ligadura nueva en el asa.
La mujer que lleva el otro lo abre también.
Son cuatro; han venido juntas desde el último cruce porque el aviso decía que podían recoger la ropa aquella tarde, mientras hubiese alguien en la sacristía, y ninguna quería llegar después de que ese alguien se marchase.
—Si se quedan aquí, tendremos que salir con las piezas en los brazos —dice Basilia.
El hombre mira el segundo tampipi, como si pudiese resolver con él lo que no ha resuelto con el primero. Tiene la manga pegada al antebrazo. Detrás hay un banco sin asiento, dos tablas cruzadas y un montón de prendas cuyo color ya no permite saber cuáles fueron blancas. Llama al sacristán.
Basilia siente la llave contra la pierna cuando cambia de apoyo.
La volvió a coser en el dobladillo después de la visita de julio.
Desde entonces no ha habido colada de Malate; esta mañana, mientras los tiros todavía llegaban a Ilaya como ruidos separados del lugar que los producía, una mujer había ido de puerta en puerta buscando a quienes pudieran hacer una recogida.
El sacristán mandaba decir que sacasen lo que quedaba, que después ajustarían el pago.
Basilia preguntó quién respondería por las piezas que faltaran.
La mujer no supo contestar. Acabaron viniendo dos que habían lavado antes para la parroquia y otra que ayudaría a cargar.
El sacristán aparece con una tira de lienzo en la mano. Las reconoce y le dice al hombre que las deje entrar con los cestos.
—Estas cuatro. Para la ropa.
El hombre cuenta. Basilia espera a que aparte las tablas y entra detrás de la mujer del segundo tampipi.
Al rozar el marco se le engancha una fibra del asa; tiene que volver un paso para soltarla.
Las otras ya están dentro. Durante aquel segundo, retenida por una cosa tan pequeña, le cuesta no tirar hasta romper.
La iglesia ha cambiado desde julio en sitios que no esperaba.
Hay más luz en la sacristía y menos espacio para andar: un cuadro de capiz falta, otro conserva las conchas partidas en triángulos que todavía se sostienen; debajo han arrimado una mesa, de modo que la claridad nueva cae sobre madera ocupada y deja en sombra el hueco por donde deben pasar.
Huele a ropa secada demasiado cerca de otros cuerpos.
La cera sigue allí, pero Basilia necesita buscarla debajo de los olores recientes, como busca con los dedos una marca que ha quedado al revés de una tela.
El segundo cajón está salido. Ve primero la placa torcida de la cerradura. Después ve la madera clara donde han levantado una astilla y el lino recogido sin plegar sobre la tabla.
Mete la mano por debajo.
El sacristán se vuelve al oírla mover el cajón.
—Se los llevó él esta mañana.
Basilia no retira la mano.
—¿José?
—Los dos. Yo le ayudé a sacarlos.
La respuesta le afloja los dedos. Retira la mano despacio para no clavarse la astilla que acaba de ver.
José ha estado allí; ha respirado un aire que todavía cabe en aquella habitación.
Le vienen ganas de preguntar qué ropa llevaba, si estaba más delgado, si había dicho algo de Andrés. Pregunta adónde se fue.
—Salió hacia el patio. Después no lo vi.
El hombre levanta un extremo de la tabla para que puedan sacar las piezas pequeñas.
No tiene otra respuesta preparada. Basilia lo mira hacerlo, irritada de que unas manos que han estado cerca de José puedan continuar con tanta facilidad hacia el trabajo siguiente.
Enseguida le ayuda a sostener la madera.
No es culpa del sacristán que ella no sepa formular una pregunta que le devuelva más.
Sus compañeras disponen montones sobre la mesa.
Una deshace lo que otra acaba de doblar: hay una pieza dentro.
La encuentran, la sacuden y empiezan otra vez.
El libro de las entregas está abierto junto al armario; Basilia reconoce el borde oscuro de una hoja, una mancha donde cayó aceite años atrás, pero la columna de la fecha no lleva todavía la cuenta de esa tarde.
—Apunte las rotas —dice.
El sacristán busca la pluma. La mujer que separa los paños le muestra uno abierto de lado a lado.
—Esto es baja. No lo llevamos.
Lo deja aparte. Hay otros que servirán después de cortarlos.
Discuten por una sábana: Basilia la quiere señalar también, pues la desgarradura llegará al medio en cuanto entre en el agua.
El sacristán pide que se la lleven de todas formas y no anota nada; lo llaman desde la puerta, deja la pluma apoyada y sale.
La mujer del otro cesto sigue contando. Basilia repite con ella hasta que ambas dicen diecisiete.
Después deja sitio en el tampipi y va a buscar las piezas que han quedado en el claustro.
El patio devuelve el calor que ha recibido entre las nubes.
En las losas más expuestas se distinguen cercos pálidos de agua seca; al acercarse a la galería, esos cercos conservan todavía un borde oscuro y la planta del pie descubre una frescura que dura dos pasos.
Han retirado gente, bancos, bultos. Permanece un cajón abierto junto al poyo, con una franela caída sobre el borde; más arriba hay una botella y una palangana cuyo fondo Basilia no alcanza a ver desde la puerta.
Una toalla cuelga a medias del apoyo. Va hacia ella porque parece menos manchada que las otras.
Al cogerla advierte, al otro lado del patio, la piedra mojada.
El agua ha oscurecido un costado del brocal y sigue hacia la tierra en una lengua irregular.
El lado opuesto está claro. A su pie hay un cabo de soga; la sección no termina en el penacho largo que dejan las fibras al ceder por el uso, sino en un borde corto donde algunas puntas sobresalen apenas.
Basilia recoge mejor la toalla. Mira la sombra de una mata que llega hasta la piedra.
Debajo asoma el hule.
No los reconoce por el tamaño. Reconoce la costura que rehízo porque una esquina tiraba de la tapa, el hilo encerado que cruzó dos veces por el mismo agujero mientras José sostenía la lámpara.
Se agacha. Un insecto sale de entre la funda y el suelo; Basilia espera a que se aparte antes de meter los dedos.
El primer libro se levanta con una resistencia blanda, como una pieza tendida sobre barro.
Debajo queda agua. La solapa se ha vuelto hacia fuera y el cartón presenta un canto abierto por donde asoman capas más claras.
Los pone sobre la toalla. El segundo tiene las tapas desplazadas; no se han separado del lomo, pero ya no recogen el papel de la misma manera.
Basilia intenta encajarlas y se detiene cuando siente que el interior se resiste.
No habrá que apretarlo. Abre apenas la funda por detrás.
El pliego continúa en su sitio. Lo vuelve a cubrir.
Son los dos.
Ha oído al sacristán decirlo, ha tocado el hueco donde estaban guardados, y aun así la presencia de los libros en el suelo le parece una equivocación que alguien podrá deshacer si ella permanece agachada unos segundos más.
José nunca los dejaba así. También podría haber tenido que soltarlos para cargar a un hombre; podría haber vuelto a buscarlos por otra puerta, podría estar en la calle esperando que le permitiesen entrar.
Las posibilidades se le presentan enteras y se estorban unas a otras.
Ninguna le indica dónde poner el pie al levantarse.
Oye a una compañera llamarla. Recoge los libros juntos, sostenidos por la tela, y descubre que pesan más de lo que recuerda.
El agua fría alcanza la base del pulgar.
Querría encontrar otra cosa que le permitiese decidir: una prenda, un papel, una señal reconocible del camino que ha seguido José.
Vuelve los ojos hacia el cabo de soga. Después alza el bulto hasta el pecho y regresa a la sacristía.
La mujer que la esperaba aparta la ropa para hacerle sitio.
—¿Eso también?
—Lo guardó José aquí.
La otra mira la tela mojada. Basilia no la abre.
Espera mientras la mujer calcula el peso que aún podrán llevar; después ambas colocan en el fondo una pieza doblada y acomodan encima los libros, de plano, sin que un canto apriete al otro.
La toalla los separa de los manteles que van a cubrirlos.
Los corporales se quedan en su envoltorio aparte, arriba, como cuando los sacaban después del primer lavado hecho en la iglesia.
Antes de cerrar, Basilia vuelve a contar.
Diecinueve piezas en este cesto, dieciséis en el otro.
Dos se han dado por perdidas. Su compañera sostiene el libro abierto para que el sacristán deje la cuenta; el hombre continúa en la puerta y pide que vuelvan mañana por el asiento.
La mujer le grita las cantidades. Él alza una mano.
—Tú lo has oído —le dice a Basilia.
—Diecinueve y dieciséis.
Las repite al salir. En la puerta, el hombre de la manga húmeda levanta la tapa de un cesto y luego la del otro.
Toca el envoltorio superior, pide que le enseñen lo que hay y mira los pequeños cuadrados de lino sin llegar a extenderlos.
La compañera espera con los brazos abiertos; Basilia sostiene la tapa, procurando que no le tiemble contra el borde.
Al hombre lo llaman por su nombre. Se vuelve, deja caer la tela y les hace señal de que sigan.
En Calle Real aún sale humo de una casa.
La parte alta tiene una abertura negra donde debió de haber una habitación; abajo, una mujer separa objetos con un palo y los va poniendo sobre un paño.
Basilia la ve levantarse para dejar pasar la carga.
No vuelve la cabeza. Tiene el asa metida en el pliegue del brazo y necesita cambiarla antes del cruce.
16:20
CAPITANÍA GENERAL DE FILIPINAS
Fuerzas de la línea del Sur. — Comunicaciones del puesto de Malate.
Número 412. — Manila, 13 de agosto de 1898.
Excmo. Sr.: