13 · Fe de bautismo #3
El cuaderno blando se desliza hacia el vientre.
Lo coge antes de que caiga y lo deja sobre la zona seca del brocal.
Debajo aparecen los otros dos, más anchos, uno junto a cada cadera.
No esperaba que ocupasen tanto. El hule, apretado bajo la ropa, está húmedo por fuera; en una esquina la solapa se ha separado del cartón y deja ver el borde ablandado de la cubierta.
Carlos saca primero el que tiene más cerca.
El otro queda atrapado por el peso de José y debe desplazarle la cintura para librarlo.
Los reúne sobre sus propias rodillas. Por un momento sostiene los tres y no tiene una mano libre con que apoyarse.
Le duele el muslo. Busca un sitio donde dejar los dos mayores y encuentra, al pie de la piedra, una franja de tierra oscura bajo las hojas de una mata.
Los coloca allí, juntos, con los lomos hacia el muro del brocal.
Un canto toca el suelo antes que el otro y él lo endereza.
Abre el cordel del tercero.
Reconoce la página por la raya que separa las fechas.
Ha pasado poco tiempo desde que sujetó aquella misma esquina, pero ahora la hoja se curva de otra manera, libre de los dedos de José, y tiene que sostenerla contra la palma para volver a leer.
Hay nombres abreviados, remisiones, una palabra cuya última letra ha sido rehecha.
Nada de aquello lleva sello. Carlos acerca el libro a los ojos y comprueba que el año del entierro sigue siendo el mismo.
Podría arrancar la página. Pone los dedos cerca de la costura y advierte que, para sacarla entera, tendría que llevarse parte de la hoja enfrentada.
No llega a tirar. Si hay otra nota, otra copia más adelante, no la encontrará rompiendo esta.
Pasa unas hojas. Cantidades, pueblos, fechas; hacia el centro cambia la escritura y hay grupos de letras que no consigue reunir en palabras.
Retrocede hasta una línea tachada donde todavía puede leer hermanos.
Apoya el pulgar sobre ella para volver al principio.
El libro cabe cerrado en su mano. Los otros exigirían un bulto visible.
Carlos los mira sin inclinarse a recogerlos: uno ha quedado con la cubierta torcida bajo la funda, el otro muestra un jaspeado oscuro por la solapa abierta.
No sabe qué contienen. Se representa el trayecto hasta su mesa con aquellos dos volúmenes encima de la guerrera, las preguntas del escribiente, la necesidad de decir dónde los encontró. Vuelve a envolver el pequeño.
El nudo le sale mal. Ha dejado demasiado corto uno de los cabos y no puede terminarlo sin deshacer la vuelta.
Lo intenta dos veces antes de volver al principio.
Le viene el impulso de llamar a su asistente, la facilidad de acercar a otra mano aquello que se resiste mientras él busca lo siguiente que debe hacerse.
Toma aire para llamarlo y lo deja salir sin voz.
El hombre tendría que entrar hasta aquí.
Miraría primero el suelo, luego las manos que le ofrecen un cordel. Carlos alarga el cabo por sí mismo.
Conoce el esfuerzo de atender una cosa mientras se teme otra: le ha ocurrido esperando noticias de Madrid, leyendo cantidades mientras buscaba por debajo de la puerta la sombra del hombre que trae el correo.
Entonces el temor tenía un lugar al que dirigir una carta.
Ahora se esfuerza en recordar si ha contestado la última de Concepción.
No alcanza a ver las palabras, solo el pliego doblado y la esquina que humedeció al cerrar.
La imagen persiste con una exactitud inútil.
Acaba el nudo, lo prueba con dos tirones y se pasa por el pantalón la mano que ha quedado libre.
Al introducirlo por dentro tropieza con el espejo.
El mango se le clava bajo una costilla. Retira el cuaderno, sostiene el disco a través de la tela y busca el bolsillo del otro lado; antes debe sacar el pañuelo.
Lo lleva al bolsillo exterior, alisa el fondo con dos dedos y desliza el libro de canto, con la envoltura doblada sobre la tapa.
Queda una esquina por encima de la abertura.
Empuja poco a poco, cuidando de no forzar la costura, hasta que puede traer la guerrera por delante y juntar los botones.
La plata del portalápiz sigue más arriba, separada de ambos bultos.
Todavía está agachado. Se da cuenta al buscar con la mano una altura que no alcanza.
Apoya la palma en el brocal y se levanta despacio; durante el esfuerzo el cuaderno cambia de sitio y tiene que sujetarlo desde fuera.
Su cuerpo encuentra al enderezarse el peso nuevo, repartido a ambos lados, y una tirantez bajo el brazo que permanecerá aunque deje de prestarle atención.
En la galería golpea una puerta. Carlos espera otro ruido que le permita saber si alguien viene.
No lo hay. La botella sigue junto a la palangana; debajo del banco asoma una esquina de franela y el cajón continúa abierto.
Mira la toalla abandonada en el poyo, luego los dos libros que ha dejado en la tierra. No se acerca a ninguno.
Una hoja de la mata le roza la bota. Carlos desplaza el pie, ve el barro adherido a la costura del cuero y lo pasa despacio por la hierba. Después limpia la otra.