El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 13 · Fe de bautismo #2
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13 · Fe de bautismo #2

En el corredor alguien llama dos veces a un hombre.

La segunda llamada sale más lejos; después se oye una respuesta que no permite saber si el llamado ha vuelto o si otro le está diciendo dónde puede encontrarlo.

José atiende a esas voces con un alivio que dura poco.

Había esperado una presencia, una tarea que necesitara al oficial y le permitiera marcharse sin haber terminado la conversación.

Ahora comprende que tendría que pedirlo.

No lo pide. Se mira la mano. En los pliegues de los dedos conserva polvo del cajón y una línea oscura que ha dejado el cordel.

Basilia tendría agua preparada antes de preguntarle nada; apartaría con el pie el taburete para que pudiese sentarse y luego vendrían las preguntas.

La imagina haciendo sitio entre dos cosas, sin dejar por eso de mirarlo con enfado.

Quiere ese enfado. Le parece más difícil merecerlo que cualquiera de las palabras que Carlos pueda dirigirle aquí.

—Un león contornado —dice su hermano.

José levanta la cara.

Carlos lleva la mano a la abertura de la guerrera, pero no saca lo que ha guardado. La tela se levanta un poco bajo los nudillos.

—Vuelto a la siniestra. En unas armas eso quiere decir algo.

José mira la mano y luego el poyo. Recuerda la luz que no pudo reunir en una figura.

Aquel hombre ha visto algo en la pared y se lo trae ahora como si él hubiera estado a su lado.

Querría que sacara el espejo, que señalara lo que cree reconocer; la petición apenas se forma antes de que vuelva a pesarle el cuaderno contra las costillas.

No ha venido por un león. Hay un nombre de mujer en una página, una fecha que no cabe junto a otra, y Carlos está hablando de un animal vuelto hacia un lado.

—Enséñame dónde dice eso.

La mano permanece dentro de la guerrera.

Carlos no busca una página. Se oye detrás de él el roce de una rama contra las tejas; el aire ha cambiado arriba, aunque junto al suelo persiste el mismo calor.

La claridad alcanza ahora parte de la cuerda enrollada junto al pozo.

Su extremo conserva un nudo grueso, con fibras claras donde ha rozado la piedra.

José lo mira porque está debajo de la mano de su hermano y porque no quiere que el otro advierta hacia dónde necesita pasar.

El paso sigue libre. Tendría que separarse del brocal, cruzar delante de Carlos y darle la espalda.

Hay seis o siete losas hasta la sombra. Se fija en la que tiene una grieta, calcula que al pisarla podría sujetarse otra vez los libros sin parecer que los defiende.

Durante un instante se ve ya al otro lado, detenido en la puerta mientras alguien termina de pasar con un cubo.

Esa imagen le produce una urgencia tan física que desplaza el pie.

Por encima de aquella puerta hay una ventana cerrada.

El bastidor conserva varios cuadros de capiz enteros y otros que, al faltar, dejan ver la oscuridad de la habitación; en uno se distingue el borde de una tela suspendida, inmóvil pese al aire que debe de entrar por el hueco.

José había pensado que desde las calles llegaría aquí una claridad sin obstáculos.

Descubre ahora todos los lugares donde el edificio la retiene: detrás de un postigo, bajo el vuelo de una teja, en el corto espacio que separa la botella de la pared.

Le gustaría quedarse en uno de esos sitios y esperar a que pase el calor.

No necesita una calle libre hasta Tondo; le bastaría, de pronto, aquel cuarto alto donde alguien ha dejado colgada una prenda.

El deseo lo sorprende por su pequeñez. Ha imaginado regresos completos, una casa a la que entra de una vez con cuanto lleva, y no había contado con que el cuerpo pudiese pedirle una demora antes de todo eso.

La piel lastimada del tobillo le roza dentro del calzado.

Al levantar el talón siente cómo se separa una zona húmeda y vuelve a pegarse cuando apoya; es una molestia conocida, casi una ayuda para pensar en el camino.

Recuerda haber llegado otras veces a casa enfadado con una piedra que no conseguía sacar del zapato.

Basilia se reía después de verlo pelear con la correa, y él acababa riéndose también, sin haber resuelto aún lo que le hacía daño.

Querría contarle esta mañana empezando por el hombre que volvió a buscar su chinela.

Una cosa que pudiera decir mientras se descalza.

Carlos cambia de sitio al mismo tiempo. No le corta toda la salida, pero la distancia que había contado deja de servir.

José siente primero irritación; después descubre la funda en el costado, el cierre ya alzado, y mira hacia la cara para comprobar si aquello pertenece a la conversación.

La cara no se lo aclara. Está muy cerca.

Puede distinguir el pequeño movimiento con que Carlos aparta la lengua de un diente antes de apretar la boca.

José querría decir el nombre de Basilia.

No para dárselo, sino porque le falta una palabra que traiga al patio algo de fuera.

No lo pronuncia. Se ha pasado la mañana protegiendo un canto de cartón, ayudando a cambiar un banco, esperando a que los demás dejen sitio; le resulta incomprensible tener que elegir ahora una frase que alcance a un hombre situado a menos de dos pasos.

Y sin embargo entiende el cuidado con que Carlos ha dejado de mirarle las manos.

Lo había visto en la sala de un archivo cuando un empleado decidía terminar la consulta: primero retiraba de la mesa cuanto pudiera retrasarlo; luego esperaba.

—Tú no me matas por España. Me matas por la partida.

Carlos no contesta.

José ve salir el revólver de la funda y, con el único disparo, cae de costado contra el brocal.

12:10

Carlos mira el reloj. La tapa no cierra a la primera porque ha quedado un hilo de la guerrera entre el borde y el cristal. Lo aparta con la uña, vuelve a apretar y guarda el reloj antes de agacharse.

Le cuesta doblar una rodilla. Ha enfundado el revólver, pero el extremo de la funda tropieza con el muslo y lo obliga a volverse un poco.

Encuentra una postura en la que puede apoyar la mano sobre la piedra sin tener que mirar la cara de José.

La camisa ha subido por el costado. Debajo, la faja conserva la forma de los libros; una vuelta está más floja que las otras y termina debajo del cuerpo.

Prueba a tirar. La tela avanza un dedo y se detiene.

Tiene que levantar el hombro con una mano y liberar el extremo con la otra; al hacerlo, la cabeza cambia de posición y le queda a la vista una parte de la mejilla.

Carlos baja los ojos hacia el nudo. No necesita que nadie le explique cómo aflojar una faja.

Lo sabe y tarda, ocupado en no arrancar la tela que ya está rota.

El olor del disparo permanece cerca del suelo.

Por encima llega el humo de la casa, menos áspero durante unos segundos, con algo que le recuerda la ropa demasiado próxima a una lumbre.

Carlos contiene la respiración mientras saca la primera vuelta.

Cuando tiene que volver a respirar, lo hace por la boca.

Ha visto al león. La forma reaparece contra el blanco de la camisa, desprendida de la pared donde estuvo; al intentar fijarla, pierde la cabeza del animal y conserva la curva del lomo, una pata levantada, el lado hacia el que creyó verlo vuelto.

Aquella mañana no había esperado encontrar nada dentro de la luz.

Le bastaba con que el metal le devolviera una mejilla.

Ahora, agachado, procura sostener la forma sin volver la cara hacia el poyo, porque le parece que allí podría deshacerse y dejarlo solo con lo que acaba de hacer.

En Madrid había visto animales semejantes en la plata de su casa.

Recordaba mejor el peso de las piezas que su dibujo; alguien las llevaba a la mesa, él apartaba un papel para que pudieran dejarlas y el león desaparecía bajo una mano.

No sabría decir quién le habló por primera vez de las armas vueltas.

Conserva una explicación oída, sin libro ni nombre, y la firmeza con que la ha repetido hace un momento.

José le pidió que se la enseñara. Carlos tira de otra vuelta de tela.