El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 13 · Fe de bautismo
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13 · Fe de bautismo

Entre los dos queda el espacio que ha dejado libre un banco.

Sus patas se reconocen todavía en cuatro rectángulos de suelo seco; alrededor, la lluvia ha extendido una humedad desigual que oscurece las junturas y se retira de las piedras más altas.

José mira esas cuatro señales mientras termina de bajar la mano.

Había imaginado que, al encontrarse de frente, necesitaría alzar la voz.

Ahora teme que desde la galería se oiga cualquier cosa que diga.

—Vengo por unos papeles míos. Ya los tengo.

Carlos no mira hacia donde él los lleva.

Conserva la mano cerca de la abertura de la guerrera; al retirarla, el paño tarda en caer sobre algo que le ocupa el pecho.

La cara se le ha enrojecido por un lado.

José descubre que la piel afeitada hace parecer más vieja la otra mejilla, como si aquellos pocos pelos hubieran tenido que quedarse sosteniendo por sí solos el rostro que acaba de reconocer.

El patio parece mayor desde fuera de la arcada.

A la derecha, el poyo recibe una línea de sol; el agua de la palangana devuelve claridad al muro, y una gota, detenida bajo el borde de la botella, crece sin caer.

Hay un cajón abierto al pie del banco. Más allá se encuentra el pozo, con la piedra del brocal gastada por el paso de la cuerda y una mancha verde que desciende hasta el suelo por su costado más sombrío.

José lo había visto otras veces desde el corredor, ocupado en acompañar al hijo del sacristán o en no golpear los cuadernos contra una puerta.

Nunca había tenido que calcular cuánto lugar quedaba entre aquel brocal y el cuerpo de otro hombre.

—¿Quién te ha dejado entrar?

—El sacristán.

En la galería se arrastra algo. Ambos vuelven un poco la cabeza; José ve moverse una sombra en el vano, pero nadie llega hasta el patio. Al recuperar la cara de Carlos encuentra sus ojos dirigidos ya hacia la faja. La camisa se ha levantado por un costado. Debajo asoma el borde oscuro de una funda.

—Los tenía guardados en un cajón —añade José.

—¿Y la llave?

—La tiene una lavandera.

Carlos espera. El silencio le ofrece a José tiempo suficiente para pronunciar el nombre, explicar quién es ella, decir que vive en Ilaya y que hay un niño; por un instante casi le parece una ventaja poder presentar a dos personas cuya existencia no depende de que aquel hombre consienta en reconocerlo.

Después ve la mano de Carlos acercarse al bolsillo alto y se le acaba esa disposición. Mantiene el nombre donde estaba.

—¿Cómo se llama?

—Han roto la cerradura. La llave no ha hecho falta.

La gota cae. José no ve el agua tocar el poyo, pero oye el golpe pequeño, próximo, que parece haber esperado a que terminase su respuesta.

Del otro lado del muro viene humo. Se eleva por detrás de una cubierta, mantiene un trecho su anchura y luego pierde los bordes al encontrarse con el aire de arriba.

A veces deja pasar la luz y otras vuelve pardas las piedras; en esos cambios el patio ofrece durante unos segundos una frescura que su cuerpo no encuentra.

Tiene sudor bajo la faja. El hule lo retiene contra la piel y le hace sentir los libros mucho más gruesos de lo que eran sobre el armario.

Querría aflojarse una vuelta. Lo haría delante del sacristán, delante de cualquiera de los hombres a quienes ha ayudado a mover el banco.

Aquí le parece que desatarla equivaldría a consentir en un registro que todavía nadie ha pedido.

Sube apenas el codo para sostener el volumen de la derecha. Carlos sigue el movimiento.

—¿Qué papeles?

José podría contestar que son cuentas. No sería enteramente falso.

Ha llenado páginas con dinero recibido, gastos de imprenta, nombres de personas que aguardaban una cantidad o un permiso; hay cuentas cuyo resultado puede rehacerse sin preguntarle de dónde salió ni de quién quiso ser hijo.

Conserva, incluso, alguna hoja en que anotó el precio del carbón junto a una frase que le había parecido necesaria.

Le bastaría con decir que son cosas de trabajo.

La salida continúa al otro lado de Carlos, visible entre un hombro y el pilar.

—Cosas de los Silva.

Lo dice con un tono más bajo del que había preparado en Madrid.

Siente enseguida el desagrado de haberlo preparado entonces: aquella vanidad de copiar mejor una fecha porque algún día iba a ponerla bajo los ojos de su hermano, de calcular una respuesta que obligase al otro a quedarse quieto.

Entre aquel cuarto y este patio han cabido Basilia, un niño que aprendía a levantarse agarrado a una tela, noches en que habría dado los dos libros por llegar antes a casa.

Sin embargo, no ha conseguido traer aquí solamente los cuadernos.

También ha venido el muchacho que deseaba ver a Carlos inclinar la cabeza.

—Déjame ver.

José introduce los dedos bajo las últimas vueltas de la faja.

El cuaderno de guerra sale con facilidad hasta que el cordel tropieza en un pliegue; tiene que volver a empujarlo y separar la tela con la otra mano.

El gesto lo obliga a acercarse al pozo para apoyar el codo.

Nota sobre la piedra una franja rugosa, más caliente que el resto.

Busca con la muñeca el lugar donde no se le clavarán los granos de arena.

No entrega el cuaderno. Deshace el nudo, abre el retazo de hule y pasa las hojas sujetándolas por el borde.

Hay cifras de raciones, un nombre tachado, un espacio que dejó para una respuesta y que sigue blanco.

La página que busca queda cerca del principio.

Allí reunió, al comenzar a llevar este tercer libro, las fechas que no quería dejar confiadas solo a los otros dos: había escrito de memoria y, en los nombres dudosos, prefirió un hueco.

No son todas las notas de Europa. Para guardar aquellas pocas líneas sin cifra le bastó entonces con pensar que no se las iba a enseñar a nadie.

Carlos se acerca. José ve primero la funda de cuero del revólver en el cinturón, allí donde la guerrera abierta deja de cubrirle el costado; encima, una correa dibuja un surco en la tela húmeda.

No recuerda haberla mirado mientras se afeitaba.

Sigue subiendo los ojos hasta las manos.

Su hermano toma el ángulo de la hoja entre dos dedos y lo vuelve hacia la claridad.

—Sagrario. Mil seiscientos veinticinco.

No pregunta. Lee el mes del nacimiento, vuelve al nombre del niño y continúa en voz suficientemente alta para que José no pueda fingir que está mirando otra cosa.

—Hijo legítimo del capitán Hernán de Silva y de doña Juana de Ribera, su mujer, difunta.

El pulgar tapa la última parte del renglón.

José espera a que lo retire. La piedra le obliga a mantener el brazo en una postura incómoda, pero no quiere moverlo mientras Carlos está leyendo: ha tardado años en conseguir que esos ojos se detengan sobre lo que él ha escrito, y una torpeza del cuerpo podría todavía devolverle al otro un motivo para apartarse.

Le avergüenza notar ese cuidado. Lo siente entero, desde el hombro hasta los dedos con que sostiene el lomo.

—Muerta en marzo de mil seiscientos veintitrés —dice.

Carlos levanta la vista. No ha dejado de sujetar la esquina.

—Eso lo has puesto tú.

—He copiado lo que dice un testigo. Villalobos. Dice que estuvo en el entierro.

Hay un borde de jabón bajo la oreja de Carlos.

José lo descubre al terminar el apellido y no puede dejar de verlo; la franja se ha cuarteado donde la piel forma un pliegue, y una escama pequeña se sostiene sobre un pelo que la navaja no alcanzó.

Se sorprende pensando en el agua que haría falta para quitársela.

Bastaría mojar el pulgar. Le ha limpiado así a Andrés restos de comida, mientras el niño volvía la cara irritado porque quería seguir haciendo otra cosa.

Carlos baja otra vez los ojos. Recorre las dos fechas sin mover los labios.

José recuerda la primera mañana de aquellas cifras, el frío en la mano, la satisfacción que sintió antes de pensar en Juana; no vuelve a representarse la sala entera, apenas la presión del lápiz y el sitio donde puso una raya para hacer visible una resta que no necesitaba.

Entonces todavía había podido añadir dudas al margen.

Aquí la hoja es más pequeña. Ha dejado el nombre del testigo, el año de la información y, debajo, la noticia del traslado certificado de 1739.

El resto tuvo que quedarse en otro cuaderno.

—Es una copia —dice Carlos.

—De una copia. La leí en las pruebas del hábito. Lo del entierro estaba en otro papel.

Al decirlo se oye conceder algo. Conoce esa vacilación: casi ocho años atrás le molestó escribir que un testigo podía recordar mal; hoy le molesta ofrecerle a Carlos el sitio por donde salir.

Podría callar y dejar que las dos cifras se defendieran solas.

Pero no estuvo en aquel entierro, no abrió la matriz del Sagrario y no sabe qué mujer sostuvo al niño nacido en abril.

Si su hermano le preguntase ahora el nombre de esa mujer, tendría que decir que no lo sabe.

No había imaginado una conversación en la que la verdad que buscó con tanta obstinación le exigiera reconocer tan pronto lo que le falta.

Carlos suelta la esquina. José cierra el libro antes de que cambie de parecer.

El hule se ha calentado sobre la piedra y se dobla peor por el quiebro antiguo; pasa el cordel, hace el nudo y lo coloca de nuevo bajo la faja, en el hueco alto.

Tiene que levantar un instante la camisa.

Se le ve una marca roja en el vientre. Carlos no se aparta para darle espacio, y él acaba acomodándose de lado, con el hombro cerca del brocal.