El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 12 · Media barba #3
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12 · Media barba #3

Eso había durado poco. Al recordarlo ahora, José descubre que sigue aguardando en el espacio anterior al gesto, cuando aún era posible que Carlos sacase la libreta para preguntarle dónde vivía, a qué hora podían verse, algo que exigiera volver a encontrarlo.

Le disgusta conservar esa espera. Lleva tres cuadernos apretados contra el cuerpo y ha cruzado una calle bajo los disparos; aun así, basta una unión de plata para que sus manos quieran sujetar mejor aquel catálogo.

No sabe cuánto de esa vergüenza proviene de lo ocurrido y cuánto de haber necesitado tanto que ocurriera de otra manera.

Una gota golpea la palangana.

El portalápiz está en el poyo. La punta queda dirigida hacia el borde, y José tarda un momento en separar aquella posición de la mano enguantada que acaba de recordar.

El oficial se ha afeitado ya parte de una mejilla.

Conserva espuma en la otra y una franja blanca debajo del labio; por encima de ella se distingue un trozo de piel enrojecida.

José intenta verle mejor la cara, pero el hombre se vuelve hacia el agua antes de que pueda hacerlo.

En el patio hay una claridad casi inmóvil.

El sol alcanza la boca de la galería y deja bajo la cubierta una sombra estrecha, de bordes tan netos sobre las losas que José podría apoyar el pie de un lado u otro sin equivocarse.

Al fondo, la cal conserva marcas de humedad, una línea parda debajo de una juntura y pequeñas asperezas que aparecen cuando la luz resbala cerca.

Por encima del muro llega humo. No cubre todo el cielo; pasa en jirones que atenúan un momento el blanco y lo devuelven después con más fuerza.

José tiene la lengua seca. La camisa se le adhiere debajo de los brazos y los libros guardan contra su vientre un calor que no encuentra por dónde salir.

El hombre toma el espejo por el mango para quitar del borde una salpicadura.

Lo vuelve sobre la palma y José ve por un instante la superficie clara del dorso, una grieta y el hueco oscuro de una pequeña pieza perdida.

Luego aparece otra vez el metal amarillo.

Al inclinarlo, el oficial hace correr por la pared, debajo del alero opuesto, una mancha luminosa que se estira y se corta contra una arista. Cambia la muñeca y la trae de vuelta.

José sigue la mancha. La ve a través del hueco que queda entre el hombro del hombre y un pilar; cuando aquel levanta el codo, se oculta una parte, y al bajarlo aparece más arriba, con un borde tembloroso que no consigue fijar.

Hay diferencias dentro de la luz. Una zona permanece oscura, otra se aclara, pero desde allí no puede reunirlas en una forma.

Le parece que bastaría desplazarse para mirar mejor. No se desplaza.

El espejo deja de moverse.

La navaja queda suspendida al lado de la cara.

José ve la espalda del oficial ponerse rígida y luego ceder por un hombro, tan poco que habría podido confundirlo con el cansancio si la mano no continuara en el aire.

Mira hacia la pared otra vez. Parte de la claridad queda tapada por el cuerpo; el resto se pierde cuando una ráfaga de humo cruza por encima del patio.

Al volver el sol, el hombre ha cambiado apenas la inclinación del espejo y la mancha está más baja.

José siente un dolor pequeño debajo de las costillas.

Ha permanecido sin respirar del todo. Afloja el vientre contra la faja, sostiene con un antebrazo el libro que ha descendido y comprende que podría marcharse ahora, mientras el otro hombre mira algo que él no alcanza a ver.

Bastaría dar un paso atrás. Se imagina llegando a una calle, preguntando por el camino de Tondo, entregando a Basilia los libros para poder abrazarla sin que le estorben.

Al tratar de imaginar su cara encuentra primero las manos: ella deshaciendo las vueltas, examinando una esquina doblada, preguntándole por qué ha tardado.

Querría tener preparada una respuesta que no empezara por lo que les ha ocurrido a otros.

El oficial baja la navaja. La limpia y vuelve al espejo, esta vez para acercarse la cara.

El jabón se ha secado por el borde y tiene que mojarlo con dos dedos; al frotar, la espuma pierde volumen y deja una película desigual.

Da una pasada por la mandíbula, otra más larga y torcida hacia el mentón.

José ve quedar una raya donde la hoja no ha alcanzado bien.

El hombre se toca, enjuaga el filo y no insiste.

12:00

Se oye abrir una puerta en el corredor. José vuelve la cabeza.

Nadie entra en el patio; hay pasos, una llamada breve y el golpe más suave con que vuelven a juntar la hoja.

Al recuperar la vista del poyo encuentra al oficial secándose.

La toalla recorre el cuello y sube detrás de una oreja, queda detenida allí mientras la mano libre guarda la navaja en el estuche. Después el hombre recoge el espejo.

José espera que vuelva a apoyarlo. Lo ve limpiar con una esquina seca la humedad del mango y mirar alrededor antes de dejar la toalla junto a la palangana.

Se pone la guerrera sin abrocharla. El disco desaparece por la abertura del pecho, acomodado por dentro; una mano lo sostiene mientras la otra trae la tela hasta cubrirlo.

El oficial tarda en retirar los dedos. Cuando lo hace, queda un abultamiento bajo el paño que se reduce al cambiar de postura.

Falta el portalápiz.

José lo mira desde su sitio, deseando absurdamente que el hombre lo olvide y necesite volver al poyo.

Todavía no ha decidido qué dirá si lo tiene delante.

Se había prometido en Madrid que nunca volvería a buscarlo; después ha vivido años enteros sin pensar en esa promesa, ocupado en tareas que no requerían cumplirla ni quebrantarla.

Ahora la descubre esperándolo en una arcada de Malate, cuando lo único que pretendía salvar eran dos libros.

El oficial alcanza la plata. Cierra el encaje con el pulgar, la guarda y se vuelve.

José sale del hueco antes de que la columna vuelva a separarlos.

Siente que un canto le ha marcado la piel bajo la faja y acomoda el peso con el antebrazo, un gesto que no consigue terminar a tiempo.

Carlos lo ve con la mano todavía sobre los libros.

Lleva una mejilla más limpia que la otra y una raya de jabón debajo de la oreja.

José deja caer el brazo.