El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 12 · Media barba #2
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12 · Media barba #2

Avanza hasta la puerta y vuelve. Al agacharse para recoger el pequeño cordel que ha dejado caer, uno de los libros cede un poco; José lo sujeta con el antebrazo, sube la rodilla contraria y recoge el cordel desde esa postura.

Tendrá que hacerlo así. Se lo guarda, sin fingir ante el sacristán que la prueba ha salido mejor.

Querría preguntarle por Basilia. Le gustaría oír que ha estado hace poco, que ha mencionado a Andrés, obtener una noticia que no necesite llevar después a otra persona para averiguar cuánto vale. Pregunta cuándo la ha visto.

—En julio. Vino a mirar esto.

El hombre señala el cajón.

—¿Estaba bien?

—Ella vino andando y se fue andando.

José espera algo más. El sacristán vuelve a tirar de una pieza para librarla de la tabla y acaba levantando los ojos.

—No me dijo que estuviera mala.

Es bastante. No le basta. Agradece la respuesta y empieza a colocar de nuevo la tabla, aunque ya no habrá debajo nada suyo. El hombre le ayuda. Entre los dos prueban a cerrar el cajón; donde estaba la cerradura queda un hueco que no consiguen disimular juntando las astillas.

Antes de salir, el sacristán le pide que aguarde.

Cruzan hombres por el corredor. Unas botas se detienen junto a la puerta y José siente cómo el peso de los libros le obliga a enderezar el cuerpo.

El sacristán sale, responde a una pregunta, vuelve por el cubo.

José queda en el espacio donde la hoja abierta oculta parte del armario. Desde allí no puede ver quién pasa.

Espera. Una mosca entra por la ventana rota, describe una curva sobre la mesa y se posa en un pliegue del lino. José la espanta. La ve regresar al mismo sitio y, la segunda vez, acerca la mano más despacio, hasta que el movimiento del aire basta para levantarla.

El sacristán vuelve a llamarlo desde fuera.

Hay que cambiar de sitio al hombre que ha pasado sostenido entre dos brazos: lo han sentado en un rincón donde cae agua de una juntura y tiene la camisa mojada por detrás.

José se acerca. El herido alza la cabeza y le pregunta si va a cogerlo otra vez.

No quiere que lo levanten de la misma manera.

Señala el banco, pide que lo pongan más cerca y espera a que José le ofrezca un antebrazo para apoyarse.

Entonces hace el esfuerzo, acompañado por una exhalación que no termina hasta quedar sentado.

José sostiene el brazo un momento más. La mano del hombre pesa sobre la suya, caliente, con tierra metida en los pliegues.

No sabe dónde está herido y evita mirar buscando la sangre; le da vergüenza esa curiosidad que tendría que satisfacer apartando una tela.

Se limita a comprobar que el banco no se mueve.

El sacristán trae una prenda doblada para apoyar la espalda.

Cuando la introduce, el hombre cierra los ojos y deja por fin que José retire el brazo.

Desde allí se ve el patio por una puerta baja.

Una enredadera ha crecido junto a la caída del agua, lejos de los sitios donde se barre, y sus hojas, cubiertas de polvo por arriba, conservan al volverse un verde que José reconoce sin saber el nombre de la planta.

Le gustaría arrancar una hoja y llevarla en la mano durante el camino, algo que no tuviera que guardar ni defender.

Permanece mirando hasta que oye al herido pedir su gorra.

Está debajo del banco. José la recoge sujetándose los cuadernos, la sacude contra una rodilla y se la entrega.

El hombre la deja sobre el muslo. Enseguida pregunta por un compañero; no sabe dónde lo han llevado y describe una cicatriz cerca de la boca.

José tendrá que decir que no lo ha visto.

Antes de responder trata de recordar las caras de quienes se ha cruzado, descubre cuánto ha pasado sin mirar y siente crecer el peso de los libros contra su cuerpo.

Niega con la cabeza. El sacristán le indica que puede salir por la galería cuando quede libre el paso.

11:40

El agua cae en una palangana al otro lado del patio.

José ha salido de la sacristía cuando el corredor ha quedado libre y se detiene en la arcada.

Busca el paso hacia la calle. Lo que ve primero es un hombre de espaldas, en mangas de camisa, inclinado sobre un poyo; tiene la guerrera abierta sobre un banco y, junto a los pies, un cajón de campaña que un asistente acaba de dejar en el suelo.

El asistente pone una botella al lado de la palangana y pregunta si hace falta algo más.

El hombre niega con la cabeza. Al volverse para salir, el asistente lleva una toalla mojada sobre el hombro; atraviesa el patio por el borde, evitando las losas expuestas al sol, y desaparece por otro corredor.

José retrocede lo justo para quedar detrás del arranque de la arcada.

No sabe por qué se ha detenido. El oficial no le corta enteramente la salida; podría esperar a que vuelva a inclinarse y cruzar por el lado contrario, llegar a la puerta con la prisa de quien tiene una tarea y confía en que los demás la supongan.

Sin embargo, el sonido de la botella al tocar el poyo le ha obligado a mirar hacia las manos.

Hay junto al agua un pequeño objeto de plata.

El oficial abre el cajón. Aparta una prenda y saca de la franela extendida un espejo que recoge en su cara un golpe de claridad.

Lo apoya cerca de la palangana, sostenido por un estuche, y se moja ambas mejillas.

Después trabaja la brocha sobre el jabón.

José ve la espuma aparecer alrededor de la boca, subir por un lado hasta la oreja; el hombre se inclina más para alcanzar el mentón y deja en el poyo una gota gruesa que tarda en extenderse.

La plata permanece al lado de su mano, fuera del agua. Un portalápiz, con una unión más clara donde encajan las dos piezas. José lo mira hasta que el resto del patio empieza a perder precisión.

Había una caja junto a los peldaños. En Madrid, en julio, cuando el fotógrafo pidió paso, tuvo que bajar un escalón y luego subirlo otra vez; durante aquel movimiento se le aflojó el catálogo entre las manos y el recorte estuvo a punto de caer.

Lo sujetó apretando las tapas. Ahora vuelve a sentir, por debajo de los libros que lleva contra el vientre, la presión de aquel cartón húmedo de sudor.

La tarde del Retiro tenía una claridad que continuaba después de que uno se cansara de mirar.

El palacio de vidrio recogía los árboles en paños separados por el hierro; en algunos, las hojas parecían pertenecer a un jardín que empezaba detrás de la superficie, mientras en otros se veía todavía el interior sin acabar, el suelo libre, materiales apoyados donde debían haber crecido plantas.

José había buscado la sombra antes de acercarse a la escalinata.

Llevaba la levita demasiado cerrada y no quería presentarse con el cuello descompuesto.

Desde donde aguardó, el estanque quedaba por debajo del borde de piedra, y el viento movía el agua sin enfriar el hierro en que apoyaba la mano.

Basalia estaba escrita en su cuaderno. También Joló.

El hombre que se lo dijo había querido saber dónde la habían llevado, y José había vuelto a leerle la noticia de junio, aquellos renglones que podía recitar ya y en los que la respuesta seguía faltando.

Había guardado el recorte entre las páginas del catálogo.

En el paseo se cruzaban personas que buscaban la salida y otras que llegaban aún con ganas de ver; algunos levantaban la cabeza hacia la cúpula y otros seguían hablando sin mirarla.

A José le molestaba entonces continuar encontrando hermoso aquel edificio.

La vergüenza no cambiaba la luz que atravesaba sus cristales.

Podía ver al mismo tiempo una junta mal terminada y el verde suspendido detrás, pero no había sabido qué hacer con aquella capacidad de seguir mirando.

Oyó el apellido del capitán. Antes de preguntarlo llevaba ya preparada una manera de decir el suyo: con el nombre entero, el de su padre después, la voz lo bastante firme para que nadie creyera estar recibiendo una súplica.

Subió los escalones. No había calculado dónde quedaría el cuerpo del otro hombre, un peldaño por encima, ni cuánto tendría que levantar la cara para hablarle.

Se sintió demasiado cerca de sus guantes.

Detrás de Carlos aguardaban dos oficiales; uno se había apartado hacia la barandilla y el otro conservaba un pie en el escalón siguiente, preparado para continuar.

Mientras hablaba, José vio una hebra pegada en el puño del uniforme.

Quiso apartarla con los ojos. Había pensado muchas veces en aquella conversación, pero en ninguna de sus versiones existía una hebra, ni un fotógrafo pasando con una caja, ni el esfuerzo de sujetar un catálogo que empezaba a combarse.

Había imaginado palabras y se encontró sosteniendo objetos.

Si hubiera dejado el libro sobre el peldaño, acaso habría sabido dónde poner la mano que mantenía libre; no lo dejó.

Le pareció que debía conservar consigo hasta lo que le estorbaba.

El capitán sacó el portalápiz y una libreta de hule.

La plata apareció entre los dedos cubiertos por el guante; al abrirla, una línea más clara separó las piezas.

José vio acercarse la punta a la boca, bajar hacia el papel.

No podía leer desde allí todo lo que escribía.

Siguió el movimiento de la muñeca, una pausa, el cambio breve con que buscó sitio para otra anotación.

Después vio cerrarse la libreta y el pulgar probar el encaje del portalápiz antes de guardarlo.