12 · Media barba
El hombre que corre delante de José pierde una chinela y vuelve por ella.
Hasta ese momento los demás le han seguido sin preguntarse si conoce el camino; cuando se agacha, con el fusil atravesado sobre los hombros y una mano buscando debajo de un tablón, la calle continúa por su cuenta, vacía hasta el cruce, y José tiene que escoger hacia dónde ir.
Se arrima al muro. Han cesado los golpes mayores que venían del mar.
Todavía se oyen disparos, algunos tan próximos que parece imposible no ver al hombre que acaba de hacerlos.
El de la chinela le grita algo al alcanzarlo; señala hacia el norte, donde otros avanzan por detrás de una casa, y no espera contestación.
José levanta un brazo para indicar que irá por el interior. Nadie se vuelve.
La orden recibida esta mañana era quedarse junto al camino, a la espera de un enlace.
La repetía un oficial que no había sabido responder a la pregunta de si aquella espera terminaría antes del anochecer.
José se ha puesto en pie cuando los primeros hombres han salido de detrás del terraplén.
Al seguirlos no había decidido aún llegar al convento; ahora busca su tejado por encima de las casas y procura recordar cuál de las calles desemboca en el paso cubierto.
Necesita los dos cuadernos. Los necesita con una impaciencia que le impide calcular qué hará después con ellos si no encuentra un camino para volver a Tondo.
A la derecha, una ventana conserva los bastidores abiertos hacia una habitación sin pared posterior.
Se ve una cama, el borde doblado de una estera y, al fondo, el cielo por un hueco que desde la calle parece otra ventana, demasiado grande y sin marco.
Hay un árbol detrás; una de sus ramas penetra en el cuarto, apoyada sobre un mueble.
José disminuye el paso al reconocer, debajo de tanta abertura, la disposición ordinaria de un dormitorio.
A esa altura estaría la cabeza de quien durmiera.
Se aparta de la línea de la ventana sin terminar de mirar.
No está vacío todo el barrio. Una mujer sale de una puerta baja con una olla sujeta en un paño y manda a alguien que vuelva a buscar la tapadera.
Un perro arrastra una cuerda cuyo extremo se atasca entre dos piedras; tira, se vuelve hacia lo que lo retiene y enseña los dientes.
Más adelante, donde una parte del alero ha caído sobre el paso, dos hombres han empezado a retirar las cañas largas, dejando para después los fragmentos que exigen agacharse.
José se detiene a levantar un extremo. El otro lo recibe, cambia el peso de brazo y le hace señal de que puede pasar.
El calor sale de una calle próxima con un olor que no se parece al humo de las armas.
Entre los tejados sube una franja oscura, se deshilacha al ganar altura y vuelve a espesarse detrás de una casa.
José no alcanza a ver el fuego. Encuentra, al cruzar, dos pequeñas partículas negras sobre la manga; las sacude y una deja una raya grasienta.
La camisa de piña tiene un desgarro corto junto al puño.
Ha metido varias veces un dedo por él, temiendo que la tela siga abriéndose, y ahora vuelve a juntar los bordes con el pulgar antes de bajar el brazo.
La iglesia aparece al doblar una esquina.
Se distinguen en la fachada maderas de las obras, superficies más claras y puntos donde la cal antigua conserva una sombra que la nueva todavía no tiene; por detrás, la cubierta alcanza una altura que devuelve al edificio su volumen entero.
José había buscado el campanario y descubre primero el lugar donde Basilia dejaba el bulto mientras ajustaba el nudo.
Está ocupado por un hombre sentado sobre el suelo, con una pierna extendida y la otra doblada.
El hombre lo mira acercarse. No le pide nada.
José va hacia la puerta de servicio. La hoja está abierta y han puesto una piedra para que no vuelva contra el marco; más adentro se ve el patio a través de otro paso, de modo que durante unos metros el interior parece no ofrecer escondite alguno.
Tiene el cuerpo preparado para que lo detengan.
Cruza despacio, evitando rozar con el hombro una pared que ha perdido el revestimiento a la altura del pecho.
Al otro lado huele a cera, aunque hay un olor más fuerte que viene del corredor.
El sacristán lleva un cubo vacío. José le dice su nombre antes de que el hombre termine de reconocerlo.
—Los libros.
El sacristán mira hacia la puerta por la que acaba de entrar.
—Ayúdame primero.
Deja el cubo y señala un banco atravesado en el paso.
José toma un extremo. La pata del otro lado se ha encajado en una juntura del suelo; tienen que levantarlo entre los dos, volverlo de canto y esperar a que un hombre pase sujetando a otro por debajo de los brazos.
La cabeza del herido cuelga hacia delante.
José solo ve el pelo mojado y una oreja donde se ha pegado una hebra de tela.
Apoyan el banco contra la pared. El sacristán se frota las manos en los costados y lo conduce a la sacristía.
11:00
El segundo cajón sobresale del armario. No está abierto del todo: uno de los laterales se ha torcido y guarda entre la guía y la madera una tira de lino que impide empujarlo.
José ve la cerradura antes de ver la ropa.
La placa está levantada por un extremo; en la madera, una hendidura reciente muestra fibras claras.
—Necesitaban paños —dice el sacristán—. No estaba yo. Cuando vine ya habían hecho esto.
José aprieta los dientes. La llave sigue con Basilia; fue él quien se la puso en la mano.
Le había parecido entonces una precaución dejar de llevarla a las reuniones, y hasta hace un momento ha contado con esa precaución sin preguntarse cómo abriría el cajón al llegar.
Toca la madera herida, retira un fragmento que podría clavársele y lo deja sobre el armario.
Está enfadado con los hombres que lo han roto.
Le cuesta apartar ese enfado después de haber sostenido el banco para dejar pasar al herido.
El sacristán desengancha el lino. José tira de los dos lados a la vez, como aprendió a hacer cuando trajeron los cuadernos.
La madera se resiste hasta que el otro hombre levanta un poco el frente; entonces el cajón avanza de golpe y ambos deben sujetarlo para que no se salga.
Lo dejan en una posición desde la que cabe levantar la tabla.
Debajo están los dos.
Durante un instante José no los toca. Ve el borde de las fundas, la costura de hilo encerado y la estrecha separación que queda entre un lomo y el otro.
Algo en él continúa esperando un daño, una falta que justifique la prisa con que ha venido; al no encontrarla necesita mirar otra vez, comprobar que el libro de la izquierda no es solo una cubierta vacía, que debajo de la sombra está el grosor que recuerda.
Mete los dedos por el lado del canto y saca el primero.
El segundo ofrece más dificultad porque la funda se ha quedado rozando la pared posterior. Lo libera sin tirar de la tapa.
Los coloca sobre la zona despejada del armario.
El sacristán recoge la tabla y la apoya de canto mientras busca un paño que no esté manchado.
La habitación conserva las manchas antiguas de cera, pero la luz entra también por dos cuadros de capiz rotos; desde allí cae sobre una parte del suelo que antes quedaba oscura.
Hay polvo en el resalte de los cajones, restos de un envoltorio al pie de una silla y, encima de un gancho, una prenda doblada con tanto cuidado que José tarda en comprender que alguien la ha puesto allí para volver a recogerla.
Por el hueco de la ventana llega un rumor de voces.
Una da una orden y otra la repite más lejos, con una palabra cambiada que él no alcanza a distinguir.
Palpa el primer libro cerrado. Bajo el hule nota el borde del cartón y una esquina que ha perdido firmeza.
En el segundo revisa únicamente la solapa posterior: el pliego doblado permanece sujeto dentro, sin que la costura de la funda lo aprisione.
Vuelve a cerrarla. No puede quedarse a leer, y sin embargo la posibilidad de hacerlo, de hallar todavía una página en el lugar donde dejó de escribir, le produce una calma que no ha sentido al entrar.
Ha pasado meses llevando noticias que cambiaban antes de llegar al destinatario; ahora tiene algo que puede poner sobre una mesa y encontrar de nuevo al regresar la vista.
El sacristán le pregunta si se los lleva.
José asiente.
—Los dos —añade, innecesariamente.
El hombre no responde. Empieza a reunir el lino que ha quedado, separando las piezas enteras de las tiras, y José lo ayuda mientras decide cómo acomodar los libros.
Lleva el tercero bajo la faja, con las tapas blandas protegidas por el retazo que cortó al final de julio.
Lo saca, comprueba el cordel y lo deja sobre los otros.
Juntos ocupan más de lo que había admitido mientras los pensaba a salvo en un cajón.
Deshace las vueltas de la faja sin soltar el extremo que sostiene la ropa.
Coloca uno de los europeos a cada lado del vientre, con los lomos hacia abajo, y ciñe una primera vuelta.
Los cantos le impiden inclinarse. Cambia la posición, separa los volúmenes hacia las caderas y pone el cuaderno blando más arriba, sujeto por las últimas vueltas, donde podrá sacarlo sin deshacerlo todo.
El conjunto le levanta la camisa. Tiene que aflojar, respirar hondo y ceñir otra vez.
Al bajar los brazos siente el roce del hule contra la cara interior de los codos.
El sacristán lo observa probar un paso.
—Vas cargado.
—Puedo andar.