El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 11 · Bandera convenida #3
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11 · Bandera convenida #3

El asistente busca una manta mojada y se la entrega al segundo.

Carlos ve alejarse a los tres y empieza a contar a quienes han quedado en el corredor.

Podría enviar otro par. Acaba de pensar que hará falta gente para recibir avisos, pero no todos los que están allí sirven de enlaces, y lo sabe.

Lo que lo retiene es la posibilidad de tener que explicar, dentro de un cuarto de hora, por qué ha dispersado la reserva hacia una casa cuya escalera no ha visto.

Vuelve a la mesa. El escribiente le pregunta el nombre de la calle, aunque lo ha oído. Carlos se lo da sin mirarlo.

El humo entra ahora por la ventana de costado.

Tiene un olor acre, distinto de la pólvora y de la ropa húmeda; debajo llega por momentos algo dulce, madera barnizada o una tela que aún conserva lo que guardó en sus pliegues.

Una chispa se apaga en el alféizar. Carlos la toca con el extremo del lápiz y se deshace.

Piensa en el fuego propagándose por los tabiques altos, en las galerías donde la gente ha puesto a secar lo que pudo salvar de las últimas lluvias.

No consigue ver ninguna casa entera. Cada una le aparece por dentro, con una escalera que tal vez ya no pueda usarse.

Uno de los dos hombres regresa a pedir una tabla.

La mujer tiene una pierna mala; han conseguido bajarla hasta un rellano, pero no pueden llevarla en brazos por el hueco que queda.

Carlos señala las que han puesto sobre la zanja.

El hombre sale a recoger una. Al levantarla, deja el barro desnudo en el paso del patio.

Carlos acompaña al soldado hasta allí y sostiene el extremo mientras cambia de mano.

Después vuelve solo hacia la mesa, evitando la zanja como a primera hora.

10:32

El silencio de los cañones no llega entero.

Falta primero un golpe que Carlos esperaba; luego queda un intervalo lo bastante largo para oír, desde la calle, a los hombres que piden sitio para pasar con la tabla.

Hay disparos de fusil todavía. Uno suena tan cerca que el escribiente agacha la cabeza, aunque enseguida levanta los ojos hacia él y se endereza.

Carlos mira el reloj. Las diez y treinta y dos.

Por la ventana del fondo se ve la torre del convento.

Una tela empieza a subir pegada al mástil, se detiene donde la humedad la mantiene envuelta en sí misma y, al recibir un poco de aire, muestra su extensión.

No es necesario esperar a que quede desplegada para reconocer la señal.

Carlos vuelve la cuartilla y lee las palabras que ya había comprobado antes de las nueve: la línea rota, el aviso a la plaza.

El lugar donde aguarda la orden siguiente sigue estando fuera de aquella frase.

—Ya está arriba —dice el escribiente.

Carlos asiente. Le parece que debería añadir algo que permitiese al hombre seguir trabajando, pero no puede darle un destino a la pausa.

Pone la hora junto a la señal observada y cierra la tapa del reloj.

Han pasado minutos suficientes para que los acontecimientos de la mañana empiecen a parecerle separados, disponibles para un relato que los ponga uno detrás de otro.

Tendrá que escribirlo. Ahora oye un gemido detrás de la puerta del socorro y pierde la primera frase.

Los dos soldados vuelven con la tabla. La mujer va sentada, sujeta por la vecina que había venido a buscarlos.

Tiene un pie envuelto en un paño y el otro descalzo; pide que no le dejen caer una bolsa que sostiene contra el vientre.

Carlos manda que la lleven al tramo cubierto del corredor.

Al pasar junto a él, uno de los portadores abre mucho la boca para respirar.

En la manga conserva una quemadura del tamaño de una moneda, con la piel a la vista.

—Que le miren el brazo también.

El hombre baja la vista, sorprendido, y vuelve a levantar la tabla.

La casa continúa ardiendo. El fuego ya no se ve desde la mesa, pero el humo alcanza la galería y obliga a mover a quienes esperaban allí.

Delante del cuartel ha quedado una franja de calle desocupada.

Carlos comprende cuánto espacio pueden dejar unos hombres al retirarse, y lo poco que ese espacio tiene que ver con que otro pueda atravesarlo.

Pregunta si ha llegado orden nueva. Le dicen que no.

En la reserva esperan. El asistente ha recogido el trozo de vaso y lo guarda entre otros fragmentos para que nadie se corte.

Carlos se pasa la mano por la mejilla. Lleva doce días aplazando el cuidado de aquella cara, rapándose a tientas una zona, abandonando otra, irritando la piel cada vez que intenta corregirla sin espejo.

Hoy la barba le tira bajo el cuello al volver la cabeza.

Quiere terminar algo que no necesite la firma de otro.

—Tráigame agua y el cajón de campaña.

El asistente pregunta dónde.

Carlos señala el paso hacia el convento, apartado del corredor donde siguen llegando heridos. Allí habrá un poyo y un poco de luz cuando acabe de abrir el cielo.

—En el claustro. Y la navaja está en su estuche.

Se queda todavía junto a la mesa mientras el hombre va a buscarlo. En la hoja, debajo de las diez y treinta y dos, cabe otra hora.