El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 11 · Bandera convenida #2
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11 · Bandera convenida #2

Por el paso de tierra empiezan a llegar hombres sin formación cerrada.

Se detienen donde les indican, miran hacia atrás, avanzan otros pocos pasos cuando aparece alguien a su espalda.

Un sargento los cuenta apoyando un dedo en la manga de cada uno.

A Carlos le parece que repite un número.

El siguiente estampido tapa su voz y tiene que comenzar desde el hombre que ha retenido por el brazo.

Son veinte en aquel grupo. No dice que hayan salido todos los del fuerte.

Cuenta a los suyos, pide que uno muestre la mano escondida en el pecho y lo separa hacia el corredor donde esperan los sanitarios.

El hombre protesta: puede seguir con ellos.

Lo dice con una docilidad que a Carlos le resulta más penosa que un grito, como si la herida fuese una falta que aún pudiera disculparse antes de que alguien la anotara.

—Vaya a que lo curen —ordena.

El sargento entrega su aviso. Han dejado la posición al sostenerse el fuego, según la instrucción recibida; otros grupos salen por otro paso, o eso cree por lo que ha oído antes de apartarse.

Mientras habla no suelta el brazo del herido.

Quiere que conste dónde lo deja. Carlos hace llamar al encargado del puesto de socorro y el sargento no retira la mano hasta que el otro la pone encima.

Vuelven a moverse. Algunos caminan demasiado deprisa y deben esperar a los de atrás.

Uno lleva el correaje torcido y trata de enderezarlo sin detenerse; otro se ha quedado sin gorra y mira a ambos lados, con una atención absurda, como si pudiera encontrarla aquí.

A Carlos le gustaría mandarles que se agrupasen mejor.

La frase le llega hecha, con el tono que ha usado centenares de veces.

Se la guarda al ver que el de la cabeza descubierta está llevando también el fusil de otro.

Hay en esa contención una fatiga que le cuesta reconocer como propia.

Antes habría encontrado el modo de ordenar ambas cosas, el auxilio y la formación, y al acostarse se habría sentido satisfecho de no haberlas juzgado incompatibles.

Ahora le basta con verlos alejarse sin que ninguno caiga.

Esa reducción le avergüenza y lo alivia a la vez.

Quiere seguir siendo un oficial al que se pueda obedecer sin tener que interpretar primero su cansancio; por eso, cuando el sargento vuelve la cabeza desde el último tramo del patio, Carlos mantiene la espalda derecha y le señala el paso libre con un movimiento que no deja nada pendiente.

Después se sienta un instante. El borde del taburete está mojado.

La calle admite aquella retirada de veinte en veinte, de tres en tres, con vacíos en medio que resultan más difíciles de soportar que el paso de los hombres.

Durante uno de ellos Carlos oye el agua del tejado.

Sigue cayendo sobre el mismo trozo de zinc desde antes de que comenzase el bombardeo.

Espera el estampido siguiente y, al tardar, descubre que mantiene la lengua apretada contra los dientes.

10:00

Un golpe distinto hace estremecerse el marco de la ventana.

El humo del fuerte se abre por debajo y vuelve a cerrarse sobre algo que Carlos no alcanza a ver.

Ha sido más próximo que los anteriores, o ha llegado sin otro ruido delante.

El escribiente levanta la pluma, esperando que le dicte. Carlos mira el reloj y anota las diez.

—¿En el fuerte?

—Eso parece.

Deja escritas esas dos palabras en el aviso, después del lugar.

No puede saber por el sonido qué cañón ha disparado ni a quién pretende alcanzar.

Se irrita con el escribiente por haberle hecho la pregunta y enseguida con la facilidad de esa irritación: el hombre está haciendo su trabajo, necesita alguna cosa que poner después de la hora.

Carlos vuelve a la ventana. Un barco pequeño se ha acercado tanto a la costa que la lluvia le borra el casco antes que la chimenea; desde allí sale un resplandor breve. Espera. El estampido tarda en llegar.

En tierra aumenta el fuego de fusil. A ratos parece quedar a su derecha; al desplazarse por el corredor lo oye por delante.

Las tapias, las casas y los intervalos abiertos donde falta un edificio le devuelven distancias incompatibles.

Recurre al plano, aunque sabe que el plano no va a ordenar el ruido.

Tiene la uña manchada de azul. Se la limpia contra el canto de la mesa mientras aguarda al siguiente enlace.

El hombre entra por la puerta del patio, después de rodear a los que buscan al sanitario.

Trae un papel dentro de la gorra. Asegura haber visto americanos salir de sus posiciones hacia la playa y la Calle Real, aunque no sabe decir si han seguido avanzando; desde el camino de Pasay llegan avisos de otro movimiento hacia Singalong.

Carlos señala el segundo punto y pregunta si se trata de hombres vistos por el portador.

No: lo ha oído en el puesto desde el que viene.

En la hoja consta quién envía la noticia. Bastará para transmitirla como suya.

—También pasan los insurrectos —añade el enlace.

—¿Por dónde los ha visto usted?

Lo lleva hasta la ventana y le pide que indique la dirección sin hablar del plano.

El hombre señala detrás de los tejados, hacia un paso que desde allí no pueden ver.

Carlos conoce el camino. Ha visto alguna vez salir por él a mujeres con cestos antes de que los reconocimientos de la línea les cerrasen aquella comodidad.

Ahora escucha al enlace contar cómo un grupo armado se ha separado de otro y ha seguido entre las casas.

No sabe cuántos. A la tercera pregunta empieza a dar una cifra y se interrumpe.

Carlos conserva el aviso sin añadírsela.

La noticia le produce un temor que no ha sentido igual al mirar los barcos.

No es más intenso; tiene otra cercanía, una facilidad para entrar por aquellas puertas donde una cara bastaría para confundir a quien estuviese esperando un uniforme.

Piensa en el hombre que llevará la hoja a la jefatura, en cómo lo detendrían para leerla si no llegaba por el paso previsto.

Mete el aviso dentro de la cuartilla exterior y escribe el destino en grande.

Su letra habitual no basta. La repasa, irritado por tener que hacer legible una cosa que no puede hacer segura.

Oye a un soldado preguntar si también ellos tendrán que salir.

Se lo pregunta a otro, mirando de reojo la mesa.

Carlos finge no escucharlo durante el tiempo que tarda en doblar la hoja.

Le sería fácil contestar que permanecerán donde están hasta recibir instrucciones; es justamente lo que ambos saben, y ambos seguirían mirándolo después de oírselo decir.

Al entregar el pliego al enlace, levanta por fin los ojos.

Los dos soldados han callado. Uno termina de ajustarse una hebilla y el otro lo ayuda, metiendo la lengüeta por el agujero que sus dedos no encuentran.

El conductor del caballo vuelve desde el alero.

Le han pedido que lo ceda para llevar a un hombre que no puede andar, pero el animal no tiene silla y ninguno sabe cómo sujetarlo.

Carlos sale con él hasta la puerta. Sobre una tabla está tendido un soldado con una manta bajo las rodillas; dos compañeros sostienen los extremos y han tenido que apoyarla en un cajón para descansar.

El herido no quiere subir al caballo. Les dice que lo dejen allí, que todavía puede esperar.

Carlos mira la tabla, la distancia hasta el corredor y el hueco que han dejado los hombres al apartarse.

—Llévenlo dentro con esto.

—Dentro ya no caben.

El encargado del socorro habla desde la entrada.

Tiene un cordel entre los dientes y las manos ocupadas en cerrar un paquete de vendas.

Carlos da un paso para ver el suelo que queda a su espalda.

Una estera ocupa el sitio donde por la mañana se apoyaba el saco; más allá hay pies que sobresalen de otra.

Tendrán que levantar al último cada vez que necesiten abrir por completo la puerta.

—Hasta la pared. Quite esa caja.

El asistente mueve la caja. El encargado consigue anudar el paquete y mira a Carlos sin asentir.

Se vuelve para recibir a los portadores.

Al pasar, uno de ellos golpea con el canto de la tabla una jamba.

El herido aprieta la manta contra el pecho; Carlos ve que las manos permanecen cerradas bastante después del golpe.

Se queda junto a la puerta hasta que dejan de necesitar sitio para girar.

De la casa próxima llega un olor a grasa quemada, demasiado abundante para proceder de un fogón.

Cuando sale otra vez al patio, por encima del muro se levanta una columna oscura; la lluvia ha disminuido y el humo sube casi derecho durante un trecho, luego se extiende debajo de una capa baja de nubes.

Son las diez y cuarto en su reloj. Una mujer grita desde la Calle Real.

No puede distinguir las palabras hasta que ella se acerca.

—Hay una vieja arriba.

Se ha recogido la falda sobre un brazo y tiene la otra mano vacía, abierta hacia ellos.

Explica que el fuego ha cogido la escalera, que el marido de la mujer salió temprano, que debajo guardaban petróleo.

No dice haber visto arder los recipientes; señala la casa y vuelve a repetir lo de la escalera, como si ese dato fuese el único que Carlos no debiera perder entre todos los demás.

Manda dos hombres con ella. Uno pregunta por los cubos.

—Primero sáquenla.