11 · Bandera convenida
El cristal del reloj se empaña al abrir la tapa.
Carlos lo seca con el pulgar y espera a que la mancha desaparezca: las nueve.
En el patio hay tanta agua que el hombre que lleva un taburete sobre la cabeza parece caminar por debajo de su propio asiento.
Lo trae para el escribiente. Al llegar al corredor lo pone de costado y deja escurrir las patas antes de acercarlo a la mesa.
La lluvia está perdiendo fuerza hacia el mar.
Entre los bastidores de la ventana, por encima de las techumbres bajas y de un espacio donde han derribado una cerca, se distingue una parte de la bahía: gris junto a la orilla, más clara en una raya distante que se ensancha despacio.
Las chimeneas que Carlos ha visto quietas al amanecer empiezan a cambiar de lugar.
Una se separa de otra; un casco se interpone entre dos mástiles que hasta entonces parecían pertenecer al mismo barco.
Tiene que apoyarse en el marco para seguirlos.
Del borde del tejado cae aún una cortina de agua que, cada vez que se espesa, vuelve a unirlos.
—Se mueven —dice el enlace.
Carlos deja libre la ventana. El hombre necesita asomarse también, cerciorarse de aquello que acaba de anunciar, y apoya ambas manos en el sitio donde él ha retirado una.
Hay dos órdenes sobre la mesa. La segunda conserva la huella de la primera, vuelta a copiar por calco; en un extremo, la presión ha roto el papel y falta parte de una palabra.
Carlos reúne los bordes con la uña. Puede leerse sin tener que adivinarla.
La retirada será por escalones, conservando el enlace con los puestos contiguos.
Figuran los puntos de reunión, la gente que debe quedar hasta que pase la última sección, el camino que no ha de obstruirse con carros.
Al pie están la firma y la hora de cursado.
El recibí del comandante de la línea lleva otra hora, trazada con una mina tan blanda que ha manchado la hoja de encima.
Carlos coteja los dos ejemplares y entrega uno al escribiente.
—Con los avisos de hoy. Que no vuelva al legajo de ayer.
En el ángulo inferior de la otra cuartilla han añadido la señal que la torre de Malate dará a la plaza si la línea queda rota.
Carlos la lee una vez más. La tela está preparada arriba; él no tiene que hacerla subir ni puede impedir que suba por encontrarse todavía en su puesto.
Esa distribución de obligaciones le proporciona un instante de alivio.
Luego mira al hombre de la ventana, que continúa aguardando una palabra suya.
—¿Llevó la copia?
—Anoche, mi teniente coronel.
—¿A quién se la dio?
El enlace dice un nombre. Coincide con la firma.
Carlos le devuelve el papel para que lo guarde seco durante el regreso, aunque podría retenerlo allí unos minutos más, aprovechar su presencia para enviar una pregunta que no figura en ninguna de las casillas.
No sabe cómo formularla. Las órdenes son bastante claras acerca del camino; preguntarle a aquel soldado por qué han elegido precisamente esa mañana solo serviría para que llevase a otro sitio la incertidumbre de su oficial.
En el techo, una filtración ha oscurecido la junta de dos vigas y el agua se reúne allí antes de caer.
El cuarto era más ancho cuando lo ocuparon: no han cambiado las paredes, pero los cajones amontonados, las puertas que ya no pueden abrirse enteras y una mesa instalada para recibir comunicaciones han ido convirtiendo sus recorridos en pasillos donde solo cabe una persona.
Al otro lado del tabique vivió una familia.
Queda un clavo a una altura inservible para colgar correajes, y en la cal, debajo, el rectángulo menos sucio de algo que retiraron al marcharse.
Carlos lo mira cada mañana mientras espera que le traigan las hojas.
Nunca ha sabido si fue un retrato o un calendario; hoy ve que una gotera ha empezado a borrar la esquina superior, igualándola con la pared que la rodea.
El hombre se recoge los faldones. Antes de salir mira el reloj de la pared, parado desde la víspera, y después el bolsillo donde Carlos ha guardado el suyo. Carlos le da la hora. El enlace la repite en voz baja, como una dirección.
Fuera, el terreno ha perdido los bordes.
La zanja que separaba el cuartel del paso de los carros está llena hasta confundirse con este, y una caña clavada ayer señala dónde debe apoyarse el pie antes de saltar.
Un caballo se niega a cruzar. Su conductor tira de la cabezada sin violencia, le habla al oído y vuelve a intentarlo; el animal levanta la pata, la mantiene unos instantes en el aire, vuelve a ponerla exactamente donde estaba.
Carlos contempla aquel fracaso minucioso con una impaciencia que no consigue dirigir contra nadie.
Por allí tendrán que pasar hombres que no sabrán dónde está el fondo.
Manda poner una tabla. El asistente encuentra dos cortas, las prueba con el peso de su cuerpo y llama a otro para que las sujeten.
El caballo pasa de un salto y arrastra al conductor hasta el corredor.
El hombre, ya a cubierto, se ríe sin ganas.
Tiene el pantalón abierto en una rodilla; mete un dedo por el desgarrón, examina la piel y no encuentra sangre.
Dentro empiezan a recoger cuanto no necesita quedar a mano.
No se habla de abandonar el cuartel. Se atan carpetas, se apartan cajas de una puerta, se cambia de lugar un saco que hasta ahora ha servido de asiento.
A Carlos le irrita que se preparen tan bien sin que nadie lo haya pedido en voz alta.
Después descubre que él también ha guardado el pañuelo, el reloj y el portalápiz en los bolsillos interiores, allí donde tendría menos posibilidades de perderlos si debiese salir deprisa. Vuelve a sacar el lápiz.
El libro de servicio está abierto en la fecha.
Escribe que se observa movimiento de la escuadra y deja sitio para los avisos de la línea.
La mina corre mal sobre la humedad; debe trazar por segunda vez una cifra.
Del patio llega la voz del conductor preguntando si puede dejar el caballo bajo el alero.
Antes de contestar, Carlos busca con los ojos la puerta por la que han de sacar a los heridos.
9:30
El primer estampido le llega mientras tiene la cabeza inclinada sobre la hoja.
No levanta los ojos enseguida. Sabe que debe hacerlo, que los otros lo estarán mirando, pero termina la raya del número con una lentitud que no ha elegido.
Cuando se incorpora, el vaso situado junto al tintero está rodando por el borde de la mesa.
El escribiente trata de cogerlo y lo empuja. Se rompe contra la pata del taburete.
Alguien dice el nombre del Olympia. Desde la ventana, Carlos alcanza a ver una nube que se extiende baja sobre el agua y, detrás, la parte superior de un buque; la cortina de lluvia le impide decidir si el nombre corresponde a lo que está mirando.
Hay otro disparo. El aire que sigue encuentra en el cuarto objetos capaces de responderle por separado: una hoja de la contraventana, el asa de una vasija, el vidrio suelto de un marco.
El segundo ruido es más pequeño y dura más que el primero.
El escribiente se agacha para recoger el vaso.
—Luego —dice Carlos.
El hombre deja el trozo que ya tiene en la mano sobre una caja, con el borde cortante hacia dentro. Se sienta y busca la línea por la que iba. Carlos ha tenido que buscarla también.
Los disparos se suceden con intervalos desiguales.
Hacia San Antonio Abad se levanta un humo más espeso, sucio desde el comienzo, que no parece avanzar como el que sale de los barcos.
La lluvia lo deshace por arriba sin reducir la anchura de su nacimiento.
Carlos reconoce el lugar por un tejado que queda delante y que ahora ve entero, sin la palmera cuyo penacho le cortaba la vista durante los reconocimientos.
No recuerda cuándo dejaron de verse las hojas. Le molesta advertirlo hoy.
En el plano, el fuerte tiene un contorno limpio.
Puede poner la yema sobre él y taparlo. Recuerda, en cambio, el terreno que se pega a la suela cuando uno se acerca, el ángulo desde el que una abertura deja de parecer una abertura y se convierte en un sitio donde meter el hombro para pasar.
Piensa en los hombres que esperan allí. Hace un rato eran una cifra que debía conservarse hasta la llegada de otra relación; ahora le cuesta leerla sin imaginar, detrás de cada unidad, la lentitud particular con que un cuerpo se pone en pie después de estar agachado.
Entra un cabo con el capote sujeto bajo un brazo.
Lo ha recogido del suelo y lleva una manga arrastrando.
Trae noticia de las posiciones de costa: fuego sobre el fortín y los parapetos; varios barcos pequeños se han acercado más.
Nombra el Callao y el Petrel, luego se detiene ante un tercero cuyo nombre no conoce. Carlos no se lo propone.
—¿Ha visto salir a los nuestros?
—Todavía no cuando me mandaron venir.
La respuesta es de hace varios minutos. Carlos pregunta desde dónde ha venido, calcula el trayecto y renuncia a poner una hora de salida que el cabo no miró. Asienta la de llegada. El hombre sigue con el capote debajo del brazo, a pesar de que la manga está soltando agua encima de sus botas.
—Déjelo ahí.
El cabo obedece y descubre un pequeño agujero en la tela.
Mete un dedo por él, como el conductor del caballo por su pantalón, pero no hace ningún comentario.
Carlos le señala el recipiente que queda sobre una silla.
Puede beber antes de volver. Al inclinarse, el cabo levanta la vasija con las dos manos; una de ellas tiembla y golpea el borde contra sus dientes.
Aparta la boca, espera y prueba de nuevo.