Efectos personales #3
La goma se resiste en una esquina. Merlinda la desplaza con el pulgar y la deja alrededor de su muñeca mientras levanta la tapa.
Elena reconoce primero un rosario, después una cédula plegada y dos cuadernos.
La medallita del rosario tiene una imagen que no consigue distinguir desde su silla.
La mujer retira el rosario, apoya la cédula sobre él y saca los libros, uno cada vez, sosteniéndolos por debajo.
No se los entrega. Los pone delante de sí.
El hule está cuarteado y, junto a una solapa, se ve que recubre otra cubierta.
Una conserva restos de papel jaspeado. En la tapa del otro cuaderno hay una mancha de humedad en forma de medialuna, más oscura por el borde; Elena sigue con los ojos su contorno hasta que una pérdida interrumpe la curva.
Las esquinas del papel, amarillo y desigual, tienen pequeñas mordeduras que se repiten a través de varias hojas.
Al mover la tapa llega un olor seco, acre, con algo que le recuerda una cerilla recién apagada.
Lo nota otra vez y deja de acercarse. No sabe qué lo produce ni desde cuándo está allí.
Quiere ver demasiado. Ese deseo le resulta casi doloroso ahora que la cubierta está a unos centímetros y depende de un movimiento pequeño; detrás habrá una primera frase, un nombre acaso, y puede imaginar la noche que seguiría si consiguieran leerlo.
Merlinda se levanta para buscar una toalla limpia.
Elena mantiene las manos en sus rodillas hasta que vuelve.
Extienden la toalla en el extremo de la mesa donde la luz de la ventana llega sin sol directo.
Elena añade encima una hoja neutra para separar el papel de los bucles de la tela.
Pide mover el ventilador, que agita una esquina; Merlinda lo orienta hacia los nietos, que celebran el cambio acercándose.
Después se lava las manos. Elena y Kavi hacen lo mismo. Los guantes permanecen en la bolsa.
Elena saca el pie de rey. La funda de la herramienta está gastada en el lugar donde la cierra, y durante unos segundos se entretiene en alisar ese borde mientras decide qué medida necesita.
Merlinda le pregunta si va a cortar algo.
Ella abre las mordazas, enseña la escala y explica que quiere medir el grosor del cuaderno, sin apretarlo. Espera el permiso antes de acercarse.
Kavi sujeta la hoja donde anota. Elena abre el instrumento un poco más de lo necesario y reduce la distancia hasta alinear las puntas a ambos lados del volumen cerrado, sin comprimir las tapas; comprueba la lectura a la altura de los ojos y la repite en voz alta.
Ha encontrado algo que hacer con las manos.
Esa utilidad la serena y, casi al mismo tiempo, le trae la ausencia de Fernando con una intensidad para la que no estaba preparada: el acero pertenece a una vida de su padre que ella conoció mal, trabajos de los que apenas preguntaba nada cuando todavía podía llamarlo.
Ahora sabe usar la herramienta y no puede devolverle esa destreza convertida en conversación.
Merlinda espera a que termine.
—¿Lo usa mucho?
—Era de mi padre.
La respuesta no contesta a la pregunta. Elena se da cuenta, cierra las mordazas lejos del papel y añade que sí, que lo lleva con ella. Merlinda le hace sitio junto a la regla, sin pedirle que cuente más.
La primera imagen contiene el cuaderno cerrado, la regla y la carta de color.
Antes de disparar, Elena mira los bordes del encuadre: fuera queda la fotografía de Consuelo, fuera la mano del niño que ha venido a ver.
Merlinda se sienta a su lado. Elena le enseña en la pantalla lo que va a recoger y espera su asentimiento.
El clic es menor que el ruido del ventilador.
Hacen cuatro vistas de las cubiertas, seis de lomos y cantos.
Merlinda gira cada volumen cuando Elena se lo pide; Kavi lleva la cuenta, sin escribir sobre ningún soporte antiguo.
Otras ocho imágenes recogen las costuras visibles, las solapas y los daños, incluida la medialuna.
Cada vez que la cámara cambia de altura, Elena comprueba el enfoque y enseña el resultado a la dueña.
Faltan las primeras aperturas. Merlinda autoriza a Elena a sostener las tapas mientras ella vuelve las hojas.
Apoyan cada lado sobre una toalla doblada, sin obligar al lomo a quedar plano.
En un cuaderno alcanzan la guarda y el primer folio; en el otro, una apertura breve deja ver líneas que conservan el orden de una escritura y resisten a la lectura.
Elena no pronuncia ninguna palabra que crea reconocer.
Obtienen cuatro vistas generales y seis detalles de esas mismas superficies, sin avanzar hacia el centro ni desplegar el papel que asoma plegado al final de un volumen.
Cuando Merlinda retira la mano, Elena apaga la cámara antes de pedir otra página. Le cuesta hacerlo. A través de la ventana entra una voz llamando al nieto mayor; él responde desde la puerta y la abuela le recuerda algo que no debe olvidarse. La tarde sigue teniendo encargos.
—Mañana traigo el ordenador —dice Elena—. Veremos juntas si sirven.
Merlinda acepta. Cierra los cuadernos y acomoda la cédula y el rosario antes de reponer la tapa.
La goma vuelve a su sitio. Kavi compara su lista con el contador; Elena enciende una vez más la pantalla y separa el archivo del permiso de la serie que acaba de hacer.
Los libros permanecen sobre la mesa, dentro de la caja.
La serie termina en veintiocho fotogramas.