El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Efectos personales #2
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Efectos personales #2

La ventana lateral da a un paso estrecho.

Desde la silla, Elena ve una porción de pared, unas hojas que alcanzan el alero vecino y, entre ambas casas, una tira de cielo donde empieza a espesarse una nube.

Cada vez que alguien pasa, el hueco se oscurece unos segundos sin que la conversación necesite detenerse.

Hay una bicicleta apoyada fuera, con el sillín envuelto para protegerlo del agua, y una fila de macetas pequeñas cuyo riego ha dejado cercos sobre el cemento.

Elena deja de mirar cuando advierte que está buscando el ángulo desde el que todo eso cabría en una imagen.

Tiene que permanecer aquí sin disponer de la casa; le sorprende cuánto esfuerzo le cuesta una renuncia tan pequeña mientras escucha a su dueña preguntar por la comida.

—¿Han comido?

Los dos dicen que sí con distinta rapidez. Merlinda los mira, se vuelve hacia Rosa y habla con ella; la archivera se ríe antes de traducir.

—Dice que esa respuesta suele significar que no han comido lo suficiente.

Les pone dos platos pequeños. El nieto de la cuchara vuelve por la suya y recibe una indicación que cumple arrastrando los pies.

Merlinda abre un cajón, saca otra cuchara para Kavi y le pregunta si el pescado le parece demasiado salado.

Él niega mientras traga. Ella prueba de su propio plato, decide que un poco sí y llama hacia la cocina para decirlo.

Elena disfruta al oír una queja que no tiene relación con su llegada.

Merlinda trabajó en el ayuntamiento hasta jubilarse. Cuando Elena le pregunta si echa de menos la oficina, se ríe.

—Echo de menos salir y que al volver alguien haya hecho la comida.

Uno de los nietos protesta desde la puerta.

Merlinda le responde sin alzar la voz y él entra para recoger un plato.

Elena entiende la réplica solo cuando la mujer se la explica: también se le puede enseñar a cocinar.

El muchacho hace una reverencia exagerada; la abuela lo despide con la mano, sonriendo.

La caja llega después de la comida. Merlinda la baja de un armario con ayuda de Kavi, a quien pide que acerque una silla y se la sujete.

La hojalata conserva parte de un dibujo de galletas; una goma ancha cruza la tapa y hunde ligeramente sus bordes.

Ella la pone sobre la mesa, se sienta y pregunta qué han encontrado en el archivo.

Elena habla del registro de Anselmo, de dos cuadernos entre sus pertenencias.

No saca la copia de los datos físicos. Merlinda recuerda que su abuela Consuelo guardaba aquella caja; señala una de las fotografías enmarcadas, una mujer con un niño cuyo rostro queda en parte oculto por el reflejo del cristal.

Dice que Consuelo era hija de Anselmo. A Elena le gustaría preguntar de una vez por todas las personas que enlazan ambos nombres con la mesa donde está sentada. Elige una pregunta más pequeña.

—¿La caja estaba ya en esta casa?

—En otra. Y no siempre fue esta caja.

Merlinda la vuelve para enseñarle una abolladura. Recuerda cuándo llegó aquella lata, quién quiso usarla para guardar herramientas y cómo volvió a llenarse de papeles. Elena escucha sin escribir hasta que la mujer le pregunta si necesita apuntarlo. Entonces abre el cuaderno.

—También querríamos ver los libros.

—Puede leerlo aquí. La foto, no todavía.

Elena baja la mano que había llevado hacia la cremallera de la cámara. No la había abierto; eso no le ahorra sentir el calor en las mejillas. Rosa consulta la hora. Tiene que regresar y pregunta a Merlinda si prefiere que vuelvan cuando ella pueda acompañarlos.

—Podemos hablar —responde la dueña, en inglés.

Elena le agradece a Rosa la presentación. Cuando la puerta vuelve a quedar libre, se oye mejor el ventilador.

Explica para qué han venido, empezando por el objeto que recibió en Madrid y por los papeles que no consiguen darle una procedencia completa.

Dice que una semejanza entre dos historias no basta, que no saben aún quién escribió esos cuadernos ni qué relación podrían tener con su búsqueda.

Merlinda la interrumpe para preguntarle si el espejo está en la bolsa.

—Está en Madrid. Depositado para su estudio.

—Bien. Esta mesa ya es pequeña.

Elena se ríe. La facilidad de la respuesta le permite hablar con menos solemnidad.

Quiere fotografiar los cuadernos para examinar la escritura sin tenerlos abiertos durante horas, comparar las páginas y llevar a Merlinda una copia que pueda ver en pantalla.

Hoy bastarían cubiertas, cantos y lo que se deje abrir sin esfuerzo. Tendrían que volver para leer.

—¿Quién verá las fotos?

—Kavi y yo, por ahora. Usted tendrá las mismas.

—¿Rosa?

—Si usted quiere que se las enseñemos.

Merlinda asiente para Rosa. No acepta todavía ningún otro nombre.

Elena explica dónde guardarán las imágenes: la tarjeta de la cámara, una carpeta de trabajo en el ordenador, una copia de seguridad.

Desactivarán cualquier envío automático.

No las pondrán en una página abierta ni se las enviarán a otra persona con el pretexto de pedir ayuda.

Si necesitan que alguien lea una lengua o examine una marca, volverán a preguntarle quién puede verla y para qué.

—¿Van a salir nombres?

—Solo si usted quiere.

—El de mi abuela no me molesta. Los de los niños, no.

Elena mira hacia la puerta. Uno de los nietos se ha sentado en el suelo y observa la cámara con un interés mucho mayor que el que le han merecido los papeles.

—Hoy no fotografiamos personas. Ni la casa. Solo los cuadernos, si al final le parece bien.

—Y si un día lo publica.

La frase queda sin interrogación. Elena explica que tendrían que enseñarle antes las imágenes elegidas y el texto que las acompaña, acordar los nombres, la forma de reconocer a la familia y los usos concretos.

Lo que decidan esta tarde no autoriza esa publicación futura.

Tampoco podrían prometer retirar todas las copias de algo ya publicado; por eso quiere que esa decisión llegue por separado, con algo que Merlinda pueda leer entero.

La mujer la escucha con las manos sobre la goma.

—Eso escríbalo.

Elena utiliza la hoja que ha traído. La propuesta está en inglés y deja espacio suficiente para añadir condiciones.

Merlinda la lee desde la primera línea. Pide tachar una expresión demasiado amplia, «colaboradores de la investigación», y escribe los nombres de los dos visitantes; añade el de Rosa para la consulta de las imágenes.

Después pregunta durante cuánto tiempo conservarán la copia si ella decide que no continúen.

Elena y Kavi se miran. No habían puesto un plazo.

Acuerdan suprimir las copias de trabajo si Merlinda se lo pide, confirmar la supresión y conservar únicamente constancia del permiso revocado.

La mujer repite la respuesta y hace que Elena la escriba.

Hablan despacio, corrigen una palabra y vuelven a leer la frase completa.

Merlinda firma solo cuando todo cabe en lo que han dicho.

Autoriza esa primera serie de fotografías para consulta privada y el regreso de mañana; las páginas interiores que todavía no se abran quedan pendientes de acordar.

Elena firma también el compromiso, fecha la hoja y deja el original en la casa.

Con permiso, fotografía únicamente esa autorización para que ambos conserven sus condiciones.

La guarda en un archivo separado de las imágenes de los libros.

—Ahora sí —dice Merlinda.