El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Efectos personales
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Efectos personales

Elena ha vuelto la almohada tantas veces que por la mañana ya no distingue el lado fresco.

El martes dieciséis, al levantarse, encuentra en el suelo el pañuelo con que se cubrió los ojos; lo recoge, abre la maleta y retira de encima de la ropa el paquete de papel neutro.

Debajo está la carta de presentación, dentro de una funda que conserva la rigidez del viaje.

La deja allí. Guarda la cámara y comprueba que los guantes no hayan caído entre las camisas.

Kavi la espera al pie de la escalera. Ayer, cuando por fin se encontraron, Elena lo vio antes de que él la reconociera: venía mirando los números de las puertas, con la funda del cuaderno apretada bajo el brazo.

Lo llamó. Él levantó la cabeza y durante un instante ninguno avanzó, como si la distancia que habían recorrido por separado mereciese aquellos pocos pasos de espera.

Después se abrazaron. Elena conservó la mano en su hombro mientras le preguntaba dónde podían sentarse; no tenía fuerzas para celebrar la llegada de pie.

Comieron algo. Kavi le contó la travesía y ella tuvo que dejar el vaso para reírse sin derramarlo cuando él describió su empeño en no perder de vista un tornillo.

Esta mañana él le ofrece una botella cerrada.

—He comprado dos.

Elena la toma. Le gusta que el cuidado llegue ya resuelto, sin obligarla a decidir si tiene bastante sed para aceptarlo.

En el camino hacia Tiza pasan junto a una casa donde han sacado las sillas para fregar.

El agua baja por el desnivel y se recoge alrededor de un guijarro que alguien termina apartando con el pie; más allá, los aleros prolongan sombras todavía finas, distintas de la sombra espesa que Elena recuerda de ayer.

La isla empieza a adquirir distancias que puede recorrer con el cuerpo.

El puerto ha dejado de ser el lugar por donde llegó y está ahora a su espalda, mientras suben hacia unos edificios cuyo aire frío imagina con una avidez que le da vergüenza.

Se detiene a beber. Kavi espera sin anunciar que está esperando.

Rosa Dizon los recibe junto a las cajas de conservación.

Una de las que no servían está plegada otra vez; sobre ella hay una regla y un papel con medidas.

Elena reconoce el nombre de los correos.

La mujer le pregunta por el viaje, le señala dónde dejar la bolsa y termina de anotar una cifra antes de sentarse con ellos.

Kavi no ha abierto su cuaderno.

—Necesitamos saber qué parte de lo de ayer puedo mostrarle.

Rosa consulta la respuesta que ha recibido.

El permiso se ha ampliado para que Elena conozca la transcripción del asiento de defunción en el trabajo compartido, con las mismas limitaciones de difusión.

Los dos dejan constancia de haberlas leído.

Solo entonces Kavi vuelve las páginas y pone el cuaderno entre ellos.

Elena lee Gabriel Navarro, el cuatro de marzo de mil novecientos cincuenta y ocho. Kavi le muestra después la firma de la fotografía de mil novecientos setenta y cinco. No la ha completado con aquel nombre de pila.

—Si fuera el mismo —dice ella.

—Eso falta.

La decepción le llega un instante después del entusiasmo.

Le molesta reconocer que había recibido mejor la imposibilidad que la cautela.

Mira las dos fechas de nuevo, acepta la distancia sin poblarla y cierra la imagen.

Hoy han venido por Anselmo Dimaano, por el bulto del traslado de mil novecientos siete; el apellido que acaba de leer pertenece a otra petición.

Rosa separa las autorizaciones. La nueva permite consultar con ella una hoja de ingreso y su relación de efectos, copiar los campos indicados y trabajar con esa copia; deja fuera el resto del expediente clínico, las fotografías y el uso público.

Elena comprueba que su nombre está incluido.

La coordinación ya resuelta no les concede toda la caja que Rosa va a buscar.

El impreso tiene un doblez central que reúne una suciedad más oscura que la de los bordes.

Rosa lo coloca sobre un apoyo y sujeta con un peso la protección de las hojas inferiores.

Bajo el membrete del Bureau of Health, las casillas distribuyen un espacio desigual: el lugar de nacimiento cabe entero, la última residencia obliga a reducir la escritura.

Hay letras mecanografiadas que han golpeado con distinta fuerza, otras añadidas a mano y un sello de la colonia cuyo círculo se interrumpe sobre una arruga.

Elena se inclina sin acercar las manos. El aire acondicionado enfría la humedad de su nuca.

Lee la edad, cuarenta y un años, y calcula que Anselmo tenía menos que ella ahora cuando empezó el período que la hoja atribuye a la enfermedad; enseguida le incomoda esa cuenta, la facilidad con que ha buscado un cuerpo conocido para ocupar el del hombre que no conoce.

Regresa al papel. Nueve años probables. La palabra probable forma parte de lo escrito.

Rosa sigue con ella la copia. Elena conserva en inglés el encabezamiento y la línea de pertenencias; vierte al castellano los campos que ha podido leer, sin rellenar la parte perdida del número.

CULION LEPER COLONY — INDIVIDUAL RECORD

Copia de trabajo de Elena. Ingreso de 1907; campos autorizados vertidos al castellano, salvo la relación de efectos.

Número: 1,4[ilegible].

Nombre: DIMAANO, Anselmo.

Edad: 41. Sexo: M. Nacionalidad: filipina.

Lugar de nacimiento: Tondo, Manila.

Última residencia: Hospital de San Lázaro, Manila.

Estado civil: casado. Fecha de ingreso: 1907.

Procedencia: Hospital de San Lázaro, por disposición del Bureau of Health; paso por la estación de cuarentena de Mariveles.

Contacto familiar: ninguno declarado.

Duración probable de la enfermedad: nueve años.

Estado físico al ingreso: úlceras en ambos pies.

Effects: one canvas bundle, clothing, one rosary, two manuscript notebooks.

Adición manuscrita en otra tinta, junto a la última entrada, sin fecha: in cipher.

Elena lee la última línea dos veces. La segunda termina despacio, sin pasar aún a su cuaderno: two manuscript notebooks, in cipher .

La frase que oye al leerla une lo que en la hoja son dos intervenciones.

Vuelve atrás y señala en su copia dónde termina la mecanografía; no sabe cuándo se añadieron las palabras ni quién las escribió.

No sabe por qué aquellos dos libros le parecen ahora más próximos que un instante antes, cuando no había visto el número; la cantidad los separa de la multitud de papeles posibles y le permite imaginar el grosor de dos lomos bajo una mano. No toca la hoja.

—¿Se conservaron aquí?

Rosa mira el inventario antes de contestar.

—Los efectos y los expedientes no siguieron siempre el mismo camino.

Le explica que, a lo largo de los años, pertenencias de antiguos residentes habían pasado a las familias; algunas permanecían en las casas cuando los papeles administrativos quedaban en el archivo.

No tiene delante un recibo de devolución de estos cuadernos.

Conoce, en cambio, a una mujer de Balala que ha hablado de una caja de su abuela y de unos libros que nadie de la casa conseguía leer.

Elena siente que se le contrae la garganta. Le gustaría pedir la dirección sin que la pregunta exhibiera toda su prisa.

—¿Podríamos hablar con ella?

Rosa escribe un nombre y un número. Mantiene el papel junto a su mano.

—Merlinda Dimaano. Llamaré yo primero.

Elena espera. Rosa no coge todavía el teléfono: debe guardar la hoja, comprobar la transcripción y devolver a su sitio la caja. Kavi ha terminado de copiar la referencia. Durante unos minutos no hay nada más que hacer que retirar de la mesa lo que estorba.

La llamada dura menos de lo que Elena esperaba. Entiende su nombre, el de Kavi y una pregunta de Rosa en inglés, que repite para que ambos puedan responder. Merlinda quiere saber si trabajan para un comprador.

—No —dice Elena—. Queremos estudiar los papeles. No comprarlos.

Rosa transmite la respuesta, escucha y vuelve a preguntar. El jueves, a primera hora de la tarde. Merlinda tiene que salir mañana y no quiere dejarles la caja a cargo de otra persona. Solo después de confirmar la visita entrega el número.

El miércoles Elena prepara la cámara. En la mesa del alojamiento, la regla ocupa el espacio entre el cargador y una taza que aparta antes de sacar la carta de color.

Prueba un encuadre sobre una hoja vacía, borra la imagen de ensayo y guarda de nuevo los materiales.

La carta de presentación continúa en la maleta.

Por la tarde, ella y Kavi caminan sin buscar otro archivo; junto al agua hablan de los enchufes que siempre quedan lejos de las mesas, de cuánto pesa el cargador y de la habilidad de cada uno para olvidar lo que acaba de dejar en un sitio seguro.

Elena no intenta convertir aquella conversación en una promesa.

Le basta descubrir que, después de callarse, todavía puede seguir andando a su lado.

El jueves dieciocho, la casa de Merlinda tiene la puerta abierta y dos nietos que se apartan a medias para dejarlos pasar.

Uno lleva una cuchara. El otro le dice algo que lo obliga a mirar lo que todavía tiene en la mano; ambos desaparecen hacia el fondo antes de que Elena haya terminado de saludar.

Rosa los acompaña hasta la sala. El ventilador gira con una leve oscilación del pie, enviando el aire por encima de las sillas de plástico hacia una cortina que se levanta apenas en cada vuelta.

Hay fotografías enmarcadas sobre una repisa, un altar donde las flores artificiales conservan polvo en los pliegues y una mesa cuyas patas han dibujado cuatro círculos sobre el suelo.

A través de la puerta trasera se ve un rectángulo de claridad más blanca y el borde de un recipiente azul.

De allí llega olor a arroz y a una salsa que Elena no consigue distinguir hasta que Merlinda levanta una tapa.