Libro de defunciones #3
Kavi siente la emoción antes de poder corregir la frase.
Se inclina hacia la pantalla; tiene el deseo casi muscular de llamar a Elena, oír cómo cambia su voz al recibir algo que por fin parece un hallazgo.
Y en ese deseo reconoce otro, menos presentable: que ella recuerde quién estaba aquí cuando ocurrió, quién cruzó primero el agua y esperó a que abrieran el libro.
La vergüenza no le quita la alegría. Permanecen juntas mientras él vuelve al documento y reduce el aumento, obligado a devolver la firma al papel del que la ha separado.
No sabe si es el mismo hombre. No ha identificado la mano.
La fecha impresa y manuscrita del conocimiento pertenece al acto que declara; tampoco acredita, sin otras comprobaciones, cuándo se trazó cada línea.
Puede tener dos personas, una lectura equivocada, una fecha mal consignada, un documento intervenido.
Tiene además su propia prisa, que no figurará en ninguno de los papeles si él no encuentra una manera de recordarla.
Abre las fotografías de la moneda. Elena se las envió el día siete; el original continúa en Ayala.
La inscripción de Culión y el año mil novecientos trece siguen ahí, el aluminio mate, las picaduras que la luz lateral exagera.
Rosa se acerca cuando él le pregunta por las piezas expuestas en el museo.
Mira las dos caras en la pantalla y reconoce la emisión de la colonia, sin aventurar por esa imagen una denominación que no consigue leer con claridad.
—¿Estaba con el documento?
—En el mismo baúl. Dentro de una caja distinta.
Kavi se corrige: la caja estaba dentro del baúl; el conocimiento, en el bolsillo de la tapa.
Dibuja la disposición que Elena le describió, no una ruta desde esta isla hasta Saigón.
Rosa escucha y vuelve a sus cajas. Una moneda de Culión puede haber viajado con una persona de Culión.
También puede haber cambiado de dueño muchas veces antes de acabar donde Elena la encontró.
El rectángulo de la pantalla no le permite escoger.
En la carpeta está asimismo la fotografía de la hoja con membrete de hotel, que Elena adjuntó el sábado para que tuviera el contexto del conjunto: IOR/L/MAR/B , Ganges Merchant , 1772. Kavi la deja cerrada. Ninguno de esos signos autoriza a completar hoy la biografía que le falta.
Trabaja en el modelo hasta que la pantalla deja de producirle la satisfacción de una figura limpia.
Primero distingue las dos fuentes: el asiento que ha consultado y la fotografía del conocimiento de embarque.
Después separa lo que cada una afirma de las personas a las que él podría estar atribuyéndolo.
El asiento registra la muerte de Gabriel Navarro el cuatro de marzo de mil novecientos cincuenta y ocho.
El documento marítimo lleva una firma que lee como Navarro y una fecha de embarque de mil novecientos setenta y cinco.
La relación entre ambos nombres queda pendiente. No le asigna un porcentaje.
Al hacerlo así, la contradicción pierde algo de su brillo.
Kavi llega a resentirlo. Había una historia capaz de justificar el viaje con la facilidad de una frase, un muerto que firmaba, y él mismo le ha retirado aquello que la hacía irresistible.
Se queda mirando las dos fechas. Todavía hay mucho que comprobar.
La incertidumbre, que suele defender con soltura cuando trabaja sobre los resultados de otro, le exige ahora renunciar a una parte del placer que ya se había concedido.
Escribe una nota: «La contradicción es el dato». La lee y añade: «Si ambos nombres se refieren a la misma persona». Después deja constancia de que esa identidad es una hipótesis suya.
Rosa pasa detrás de él con una de las cajas montada. Esta vez la tapa ajusta. Se detiene ante la pantalla, donde las dos fuentes desembocan en afirmaciones distintas.
—¿Eso sirve para algo?
—Para no mentir —dice Kavi.
Ella mira el cuaderno abierto.
—La fecha también está ahí.
—Sí.
Kavi gira un poco el ordenador para mostrarle el enlace que ha dejado sin confirmar.
Explica dónde se había equivocado al empezar; no en el día ni en el apellido, sino en haber unido a dos personas antes de saber si podía unirlas.
Rosa apoya la caja sobre su mesa y vuelve para escuchar el final.
Le pide que conserve junto al esquema las condiciones de la consulta.
Si dentro de un año alguien abre solo esa imagen, necesitará saber de dónde salieron las líneas y qué no pudo comprobar.
Él incorpora la referencia a sus notas. La impresión de haber encontrado un método suficiente se le ha pasado, pero trabaja mejor después de perderla.
Cuando recoge el teléfono hay un mensaje de Elena.
Ha llegado. Le dice dónde deja la maleta y le pregunta si queda lejos del archivo.
Kavi empieza a escribir que tiene que enseñarle algo; borra la frase.
El permiso de transcripción no es un permiso para distribuir el asiento.
Le contestará en persona lo que pueden preguntar mañana, y antes pedirá que se aclare qué información puede compartir con ella.
Le envía el lugar donde encontrarse y sale.
En el umbral, el calor le cubre los antebrazos.
Durante unos pasos oye todavía el aire acondicionado, un zumbido que se extingue al doblar la esquina; después llegan las voces, una moto que tarda en arrancar y el golpe de un cubo sobre el suelo.
Kavi camina más deprisa. Quiere ver a Elena antes de ordenar del todo lo que va a contarle, sentarse con ella sin presentar primero el resultado que merezca esa compañía.
Ha guardado el cuaderno dentro de la funda de plástico. En la última página escrita, bajo la columna de fechas, quedan dos renglones separados por diecisiete años. No ha trazado una raya para juntarlos.