El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Libro de defunciones #2
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Libro de defunciones #2

Había imaginado una isla más fácil de abarcar.

No más pequeña: más disponible para la historia que venía buscando.

Le incomoda reconocer esa expectativa, aunque no logra desprenderse de ella en cuanto la reconoce.

Los nombres de los mapas, los límites antiguos, la separación de quienes podían pasar y quienes no podían, lo acompañan por calles donde hoy alguien tiene que llegar a comer, recoger un medicamento o discutir por una pieza equivocada.

Se detiene al final de una sombra. Está cansado.

Vuelve al alojamiento por el mismo camino, y esa repetición le da por primera vez la sensación de haber estado en un sitio, de saber qué pendiente le espera después de la esquina.

El lunes quince, en el archivo de Tiza, Rosa Dizon le indica dónde dejar la mochila.

—El teléfono también. Si necesita una imagen, lo pregunta antes. Hoy no vamos a fotografiar el registro.

Kavi lo deposita en el compartimento y saca el cuaderno. La oficina tiene aire acondicionado. En una mesa hay varias cajas nuevas, todavía planas; sobre otra, una etiqueta se ha desprendido de su soporte y está sujeta con un peso. Rosa la mira antes de mirar la autorización.

Lleva catorce años trabajando allí. Se lo dice porque Kavi pregunta por la humedad, por lo que puede hacerle al papel, y ella recuerda cuántas veces ha tenido que mover materiales desde que llegó.

No convierte ese tiempo en una credencial para dejar de explicarse.

Le enseña el borde de una caja deformada, luego señala las nuevas.

—Estas llegaron el viernes. Pedimos otras medidas.

Prueba una de las tapas. No ajusta. La deja para después.

El museo y archivo ocupan el antiguo laboratorio que la Leonard Wood Memorial levantó en mil novecientos treinta.

Kavi reconoce el edificio por las fotografías, pero dentro la sucesión de puertas le impide reconstruir de inmediato lo que antes era una fachada completa.

A través de un cristal ve parte de la exposición; más allá, un panel recuerda la inscripción de los archivos en el registro de Memoria del Mundo de Asia y el Pacífico, en dos mil dieciocho.

En un plano histórico, Balala queda separado del área reservada entonces a los pacientes.

La línea no pasa ahora por el suelo de la sala.

Hay una papelera junto al lugar donde Kavi la prolongaría y una silla que Rosa aparta para llegar al armario.

La consulta de los inventarios sigue en preparación.

Rosa ha revisado esa mañana la petición adicional y localizado un apellido en un índice de defunciones; para mostrarle el asiento ha tenido que solicitar una autorización específica.

Lo llama a la mesa cuando llega la confirmación.

Kavi lee en la pantalla el alcance que debe aceptar: un asiento, transcripción de sus campos, acompañamiento; ninguna reproducción ni difusión pública.

Las condiciones no incluyen la historia clínica ni las entradas contiguas.

Mientras esperan a que termine de imprimirse la hoja, suena el teléfono de la oficina.

Rosa escucha, consulta el número escrito en una de las cajas y explica la diferencia entre las medidas interiores y las exteriores.

Le hacen repetirlas. Kavi sigue el movimiento de su dedo sobre una regla; cada vez que llega al extremo deja la uña en el punto exacto, como si la persona que llama pudiera verlo también.

Cuando cuelga, él propone ayudar a montar las restantes.

—Primero quiero saber cuántas tendremos que devolver.

Él retira la mano. Ha estado a punto de multiplicarle el trabajo por querer ser útil. Rosa gira la hoja recién impresa, busca el lugar de la firma y continúa con la visita sin pedirle que se disculpe.

—No es todo lo que pueda haber con ese apellido —dice Rosa—. Es lo que podemos comprobar hoy.

Él asiente. Al otro lado de la ventana, una hoja larga golpea el cristal de vez en cuando. El sonido es tan leve que solo lo oye cuando deja de pasar páginas en su cuaderno.

Rosa recoge una caja del armario y espera a que Kavi retire de la mesa la funda de plástico.

—Los expedientes tienen nombres. Los nombres tienen familias.

Le señala el espacio que necesita. Él aparta también el estuche. La frase queda unida a aquel rectángulo libre, al permiso que acaba de firmar y a la hoja donde debe limitar lo que copia.

El volumen está encuadernado en una tela parda que ha perdido color junto al lomo.

Rosa lo saca con guantes de nitrilo y lo coloca en el apoyo inclinado; después se los quita, se lava y se seca cuidadosamente las manos antes de abrirlo.

Kavi no tiene que tocar el libro. Aun así, al verla secarse entre los dedos, advierte la humedad que conserva él en las palmas y las pasa por el pañuelo, lejos de la mesa.

Rosa protege las entradas vecinas con hojas opacas.

Queda visible un renglón y, al margen, una rectificación breve.

El papel tiene una tonalidad marfileña, algo más oscura cerca del corte; las columnas impresas alcanzan el pliegue interior y la escritura azul se recoge allí, obligada a ocupar menos espacio.

Kavi sigue el renglón desde el principio.

Gabriel Navarro.

Mira primero el apellido. Luego vuelve al nombre de pila, como si aquella palabra añadida pudiese decirle ya cuánto debe cambiar su pregunta.

Las letras mantienen una inclinación bastante regular hasta que el último trazo asciende y acaba junto a la raya impresa.

Rosa le permite acercar una lupa. Bajo el aumento, el azul muestra pequeñas interrupciones y una acumulación más oscura al término de un giro, compatibles con un bolígrafo.

El libro lleva el año de mil novecientos cincuenta y ocho; la apariencia de la tinta no le permite fecharla por su cuenta.

Transcribe en el cuaderno. Conserva los términos del original y, debajo, prepara la versión castellana que utilizará en sus notas. Rosa sigue la línea con él cuando llega a la abreviatura de la causa.

Libro de defunciones · 1958

Copia de trabajo de Kavi. Campos vertidos al castellano.

Nombre: Gabriel Navarro.

Número de registro: 6178.

Fecha de defunción: 4 de marzo de 1958.

Causa consignada: bronconeumonía.

Firma del capellán: Tomás Arce, S. J.

Enmienda marginal: donde dice 3 de marzo, léase 4 de marzo. Salvado con las iniciales T. A.

La enmienda se refiere al día. No al año.

Kavi la copia una segunda vez en el lugar que corresponde a las observaciones y deja entre ambas líneas un espacio suficiente para que mañana no parezca una fecha alternativa que él hubiera elegido.

La firma del capellán ocupa el final del asiento.

La del hombre llamado Gabriel no está allí.

Mira la palabra bronconeumonía, más larga en su traducción que el espacio que acaba de reservarle.

No conoce la voz de Gabriel, su edad ni una sola de las cosas que le habría gustado hacer aquel marzo; conoce una causa consignada y siente que esa desigualdad va a acompañarlo aunque llegue a encontrar otras páginas.

Le gustaría obtener un rasgo sin utilidad, algo que no sirviera para relacionar el muerto con el barco: una preferencia, una manera de pronunciar.

No puede extraerlo de esas columnas. Se sorprende a punto de preguntárselo a Rosa y calla antes de convertir el desconocimiento compartido en una insuficiencia de su trabajo.

—¿Hay indicación de dónde lo enterraron?

Rosa recorre con él los encabezamientos visibles. Ninguno tiene esa función.

—Aquí no.

Kavi baja la vista al cuaderno. Ha llegado demasiado deprisa hasta una sepultura.

Un nombre, una fecha, una causa escrita; en cuanto los ha reunido ha colocado debajo un cuerpo, una tierra abierta, alguien que vuelve del cementerio.

Le sorprende la facilidad de esa obediencia interior.

No desconfía por principio del asiento. Tampoco puede pedirle que certifique cada imagen que su lectura acaba de producir.

Rosa espera mientras compara los números.

Kavi corrige una letra de su propia copia, no del original, y le muestra la línea.

Ella comprueba que ha terminado antes de levantar las hojas que cubren las entradas contiguas.

Las retira hacia sí; él aparta los ojos y cierra el cuaderno.

El libro vuelve a cerrarse con menos ruido del que esperaba.

Antes de salir para comer, Rosa le pregunta si quiere continuar por la tarde con sus notas y el ordenador, en la mesa de consulta. Kavi dice que sí. La respuesta le sale tan pronto que ella le recuerda la hora a la que debe regresar.

La fotografía del conocimiento de embarque tarda en abrirse porque el portátil intenta sincronizar una carpeta.

Kavi interrumpe la conexión y busca la copia que descargó el sábado.

Ha vuelto después de comer; el libro de defunciones está guardado, la transcripción autorizada a su izquierda y la botella de agua fuera de la mesa, donde Rosa le indicó.

La sala ha perdido la claridad oblicua de la mañana.

Abre el documento completo de Elena. Isla de Tablas .

Saigón, Khánh Hội. Veintiséis de abril de mil novecientos setenta y cinco.

Desplaza la imagen hasta la firma y la amplía.

El apellido admite la lectura que propuso al escribir al archivo: Navarro.

Delante hay un arranque de pluma que podría ser una inicial o pertenecer a la rúbrica. No lo completa con Gabriel.

Aun así, durante unos segundos, la imposibilidad se organiza sola: un hombre que ha muerto en mil novecientos cincuenta y ocho firma un embarque diecisiete años después.