Libro de defunciones
Kavi escoge un tornillo de la bancada y procura mantenerlo quieto.
Tiene la cabeza pintada de azul, una ranura oblicua y, alrededor, un círculo de madera clara que la brocha no alcanzó.
A ratos parece inmóvil. Entonces el motor cambia de esfuerzo, la proa sube y el tornillo se desplaza sin moverse de su sitio.
El barquero le ha dicho que tardarán unas dos horas. Kavi lleva diecisiete minutos contándolas.
Es domingo catorce. El día anterior ha hecho el trayecto hasta Clark, el vuelo a Busuanga y la carretera que baja hacia Corón; ahora, con el chaleco sujeto y el portátil dentro de la bolsa estanca, tiene bajo los zapatos una vibración que le alcanza los dientes.
El motor de la bangka trabaja con el ruido terco de un tractor.
En cada costado, los brazos que sujetan los flotadores se levantan sobre el agua y vuelven a recoger una espuma breve, tan cercana que Kavi distingue, al mirar por primera vez fuera, las burbujas que tardan más en romperse.
Guarda el teléfono antes de terminar el mensaje que había empezado.
Una mujer lleva un recipiente redondo entre los pies.
Lo sujeta con la misma tranquilidad con que él quisiera sujetar el estómago.
A su lado hay un muchacho dormido, la cabeza inclinada hacia un hombro y los labios entreabiertos; cada sacudida parece a punto de despertarlo y, sin embargo, continúa durmiendo.
Kavi se desabrocha el último botón de la camisa que queda bajo el cuello del chaleco. El aire entra apenas.
La autorización va en una funda de plástico.
Puede palpar su borde sin abrir la bolsa pequeña: el correo del viernes, la confirmación de la cita para el lunes, las condiciones que ha aceptado.
La llamada de coordinación del sábado resolvió a quién debía presentarse y cómo confirmar la salida del barco.
No convirtió en disponibles todos los papeles que desea ver.
Para los inventarios tendrán que comprobar referencias; para la pregunta que añadió ayer, la respuesta sigue pendiente.
Elena le envió la fotografía completa del conocimiento de embarque mientras él esperaba en Clark.
Al pie, fuera del recorte que reproducía la descripción de las cuarenta y una cajas, hay una firma.
Kavi cree leer Navarro. Le pidió permiso para adjuntar esa zona a una consulta, con el documento entero como contexto; ella se lo dio, y él escribió al archivo explicando que buscaba una posible relación entre aquel apellido y la isla que figuraba en la moneda.
Preguntó si existía un instrumento donde empezar a comprobarlo.
No sabía un nombre de pila, una fecha de ingreso ni siquiera si debía estar buscando a una persona que hubiese vivido allí.
Ahora lamenta haber abierto el correo en el barco. Las líneas todavía parecen deslizarse por detrás de los párpados. Presiona los talones contra el suelo y levanta la vista por segunda vez.
La costa tiene entrantes que desde Corón quedaban ocultos unos dentro de otros.
Al separarse, dejan ver agua más oscura, pequeñas playas reducidas a una claridad bajo los árboles y paredes de caliza cuya altura Kavi calcula mal, porque no hay una ventana ni un cuerpo junto a ellas que le permita medirlas.
La vegetación se reúne en las hendiduras; algunas ramas, suspendidas sobre la piedra, prolongan una sombra que el movimiento de la lancha desplaza con una lentitud engañosa.
Más lejos, las islas pierden relieve. Se superponen en tonos de azul, cada una apenas distinta de la siguiente, y entre sus extremos queda un paso de mar que se estrecha hasta que el barco cambia de ángulo y lo abre otra vez.
Kavi mantiene los ojos allí. El paisaje entero se inclina, recupera su posición y vuelve a inclinarse.
La mujer le ofrece una galleta. Él levanta la mano para agradecerla sin tomarla.
—¿Agua?
Eso sí. Bebe un sorbo de su propia botella y tarda en tragar. Ella vuelve a cerrar el paquete; no le hace más preguntas. Kavi agradece con una intensidad desproporcionada que lo deje continuar con su tornillo.
Casi al final del trayecto, el ruido del motor disminuye. El muchacho se despierta como si hubiese esperado esa orden. Se frota una mejilla, mira hacia delante y recoge del suelo una sandalia que ha perdido mientras dormía.
Kavi levanta los ojos por tercera vez.
Las casas de Culión se aprietan junto al agua y suben detrás de los tejados bajos.
Desde la lancha no consigue saber dónde termina una calle y empieza la siguiente: ve escaleras, paredes claras que reciben el sol por encima de otra cubierta, una antena inclinada y paños de distintos colores cuya inmovilidad le permite advertir lo poco que sopla el aire en tierra.
La iglesia domina una porción del caserío, con su campanario y, debajo, la piedra antigua que sostiene el recinto.
En otra altura aparece una figura blanca extendida sobre el verde.
Necesita unos segundos para reunirla: el águila de piedras que vio en una fotografía.
A esta distancia, una rama interrumpe una de las alas.
No consigue devolverle el contorno completo antes de que la embarcación gire.
Han pasado algo más de dos horas. Al ponerse de pie, tiene que esperar a que la bancada deje de acompañarlo.
El domingo le queda grande. Ha llegado con la prisa todavía en el cuerpo y no puede gastarla en la consulta, prevista para la mañana siguiente.
Deja el equipaje, se lava la cara y sale sin el ordenador.
El primer alimento que admite es un arroz que come despacio, dejando enfriar cada cucharada.
Después se queda ante un vaso vacío mientras el hambre, ya sin apremio, le permite escuchar lo que sucede alrededor.
Hay una radio detrás del mostrador. La mujer que atiende baja el volumen para responder a alguien de la cocina, vuelve a subirlo y, antes de llegar a su silla, regresa para dejarlo en un punto intermedio.
Dos hombres discuten el tamaño de una pieza dibujándola con los dedos sobre la mesa; uno saca del bolsillo algo envuelto en papel y el otro lo examina.
Kavi no entiende las palabras. Entiende que la pieza no sirve.
El dueño la guarda con más cuidado del que parecía merecer un objeto inútil.
Camina hacia la iglesia. Las pendientes le obligan a acortar el paso; a veces, entre dos casas, aparece el agua, y aquella abertura remota refresca la calle sin que llegue hasta él una brisa.
Una manguera cruza el suelo. La salva mientras una niña le señala el extremo, que todavía salpica junto a una puerta.
Él le da las gracias y la niña se aparta para que pase una bicicleta.
En lo alto, la mampostería del antiguo fuerte tiene una porosidad que la claridad del mediodía aplana; al acercarse distingue cavidades pequeñas, juntas rehechas, un borde donde la vegetación ha encontrado tierra suficiente.
El marcador sitúa el fuerte hacia mil setecientos cuarenta.
Kavi lee la fecha y se sienta a la sombra antes de entrar en la iglesia de la Inmaculada Concepción.
Desde ese descanso puede mirar la bahía sin que se mueva.
Las embarcaciones cruzan espacios que parecen vacíos hasta que una estela los escribe y tarda en borrarse; cerca de la costa, los postes y las cubiertas dividen el brillo en fragmentos inmóviles.
El mar que lo ha traído tenía una insistencia física, un trabajo contra las costillas.
Visto desde aquí recupera la amplitud que él no pudo concederle durante el viaje.
Siente una decepción pequeña, casi infantil, por las cosas que habrá pasado sin ver.
Después le hace gracia estar echando de menos las vistas cuando aún recuerda cuánto deseaba llegar.
En el interior tarda en distinguir los bancos.
La luz de la entrada conserva una fuerza que el resto de la nave distribuye con lentitud, dejando entre los respaldos franjas cada vez más estrechas; al caminar, su sombra pasa sobre ellas y se une a las patas, vuelve a separarse, se interrumpe.
Hay alguien sentado delante, demasiado lejos para saber si está rezando o si también ha venido a descansar.
Kavi elige un banco próximo a la puerta.
La madera está tibia. Apoya los antebrazos en las rodillas y escucha un roce prolongado que al principio atribuye a una escoba, hasta que una sandalia vuelve a arrastrarse por el suelo.
Le bastaría girar la cabeza para averiguarlo.
Prefiere quedarse así unos minutos, sin averiguar nada.
El sosiego llega cuando deja de esperarlo.
Le permite atender al aire que entra, reconocer el cansancio de los muslos, admitir que había cruzado el mar con miedo a no encontrar nada al otro lado.
Había podido nombrar todos los gastos del viaje; a esa otra posibilidad no había querido darle la misma precisión.
Permanece sentado hasta que la figura de delante se levanta y sale por un lateral. Después sale él.
En el recinto del sanatorio y del hospital comprueba el camino hasta el museo, sin entrar en los espacios de atención.
Hay pabellones separados por pasos, sombras rectangulares bajo los aleros, gente que espera a otra gente.
Una mujer se ha quitado un zapato y frota con el pulgar la tira que le roza el pie.
Kavi pregunta por el edificio del archivo; el hombre al que se dirige se vuelve para señalarlo y aprovecha el movimiento para llamar a alguien que sale de otra puerta.
Terminan hablando los dos. Kavi espera, recibe la indicación y continúa.