9 · Semana de agua #3
El hombre del talud empieza a bajar. Alguien le coge el brazo.
Discuten en susurros que, al crecer el fuego, se convierten en voces sin que ninguno lo advierta; el que quiere salir dice que va a ver, solo a ver, y se enfurece cuando le preguntan por qué camino piensa regresar.
José escucha esa pregunta con una ansiedad que reconoce.
También él lleva días diciéndose que podría llegar hasta Tondo, dejar un recado, asomarse a una puerta.
Después tendría que volver. Cada parte del trayecto exige una autorización que nadie allí puede darle completa.
No ha visto cumplir cuatro años a Andrés.
En abril trató de escribir una carta y acabó preguntando por el arroz, porque la frase que había empezado sobre el niño lo obligaba a reconocer cuánto tiempo llevaba hablándole a una edad que ya no tenía.
A Basilia puede recordarla en movimiento: apartando la cadera para dejarlo pasar mientras sus manos continúan trabajando, mirándolo de lado porque él ha contestado otra cosa a lo que le preguntaba.
El niño, en cambio, se le queda quieto en las imágenes.
José lo pone a andar dentro de ellas y enseguida teme estar inventando una manera de caminar que no reconocerá cuando vuelva.
Se saca de la faja el cuaderno. La víspera ha cortado un retazo de hule de un envoltorio desechado, lo ha doblado alrededor de las tapas blandas y lo ha atado con cordel.
Tiene que deshacer el nudo con los dientes.
Adentro las hojas están secas, salvo el borde inferior, que ha absorbido sudor a través de una esquina mal cubierta.
Pasa junto a la página donde hermanos sigue legible bajo la raya. No se detiene.
Han resguardado un candil detrás de una lata abierta.
José acerca las rodillas a esa luz y escribe los nombres de quienes deben seguir allí cuando termine la noche: Crisanto Añonuevo, Félix Santos, Mariano de la Cruz.
Pregunta al muchacho cómo se escribe el suyo.
Lo obliga a soltar otra vez el fusil para señalarle una letra; después añade a los que se han quedado en el extremo del cobertizo.
Cuenta cuerpos, compara la lista y se incluye al final.
El lápiz, gastado durante la campaña hasta caber entero en el puño, deja una letra ancha donde el papel está húmedo. Afloja la presión.
Debajo escribe dos preguntas: «¿Queda paso para Tondo?». «¿Quién firma el permiso?».
Puede hacérselas al oficial por la mañana. Si el oficial lo manda preguntar a otro, sabrá al menos dónde empezar. Guarda el lápiz, pero conserva abierto el cuaderno hasta que termina de oír una nueva serie de disparos. El muchacho se inclina para leer. José le deja ver la página.
—Mi madre está allí —dice el otro.
—Lo preguntaré.
Torna a envolver las tapas, pasa el cordel por la hendidura que acaba de adquirir el hule y ciñe el bulto bajo la faja.
Le oprime el vientre al sentarse. Tiene que desatarse un poco la ropa y el muchacho aparta las piernas para dejarlo moverse.
Durante un rato pueden permanecer así, cada uno con un brazo libre, sin tocar el arma.
Carlos. Malate, amanecer del 1 de agosto.
La claridad encuentra la mesa todavía ocupada.
El fuego sostenido ha ido cediendo después de la primera hora y media, aunque más tarde han vuelto a oírse disparos.
No se ha roto la línea americana. Carlos recibe la noticia mientras repasa la relación de heridos que han pasado por uno de los puestos de socorro; el encargado se ha dormido sentado y hay que despertarlo para aclarar una duplicación.
El escribiente le devuelve el lápiz. Un hombre figura por su nombre en la entrada y por el número de su compañía al ser trasladado.
Carlos comprueba ambas notas. Borra el doce de la suma y escribe once.
La relación reúne ahora un muerto y once heridos; debajo, el total continúa diciendo trece.
Enmienda también esa cifra. El escribiente mira las dos correcciones antes de copiar y deja espacio para las otras relaciones que todavía faltan.
Aquella hoja no abarca el conjunto de la noche.
En el borrador del parte han puesto cien bajas al enemigo.
No acompañan nombres ni explicación: es el cálculo que un oficial ha remitido desde su puesto.
Carlos apoya la mina en el margen, dispuesto a preguntar en qué se funda, y se queda mirando el número.
Está entero, sin reserva, exactamente donde haría falta una noticia favorable.
Puede pedir que lo comprueben. Le contestarán que no han podido salir a contar, o recibirán su pregunta como una objeción a quien firma la estimación.
El lápiz marca un punto. Carlos lo levanta.
Conserva la cifra atribuida al aviso y sigue leyendo.
Al volver a su cuarto encuentra la botella al lado de la palangana.
El asistente ha dejado tapada el agua que sobraba.
Carlos vierte un poco, se lava los párpados y nota al secarse que la toalla se le engancha en la barba de la derecha.
Se pasa la mano por debajo del mentón. Ayer dejó sin afeitar una franja larga; ahora los dedos tropiezan con ella cada vez que los lleva de una mejilla a la otra.
El cajón permanece cerrado junto a la cama. Carlos mira el neceser, se desabrocha el cuello y deja la toalla sobre la palangana. Mañana terminará. En la uña del índice le ha quedado jabón, blanco aún dentro de la media luna de barro.