El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 9 · Semana de agua #2
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9 · Semana de agua #2

En los bastidores altos queda un resplandor de capiz.

Al abrirse uno, la luz descubre ropa suspendida en el interior, tan junta que oculta la pared, y el brazo de alguien que busca el extremo de una caña para sostener la hoja.

Carlos alza la carpeta sobre la cabeza. Le entra agua por la nuca.

Más adelante, donde esperaba encontrar el paso que usó por la mañana, dos hombres trabajan a oscuras sobre una tabla caída.

—Por aquí no —dice una mujer desde el portal.

Carlos se detiene. Ella sostiene una lámpara dentro de la casa y tiene a su lado una niña con un manojo de clavos. Uno de los hombres pide más luz. La mujer adelanta el brazo, pero la llama empieza a oscilar antes de que el cristal quede al otro lado del marco.

—Por detrás del carro —le dice a Carlos—. Después, pegado al muro.

Él ya ha venido por allí. Va a explicárselo cuando el hombre de la tabla levanta un extremo y pide que alguien aguante.

Carlos sujeta la carpeta bajo el brazo, se agacha y apoya la madera con la palma.

La niña acerca los clavos. El martillo falla el primero; al segundo golpe, la tabla deja de moverse contra su mano.

—Ya puede.

Se incorpora, recoge la carpeta que ha empezado a deslizarse y pasa.

Lleva una astilla en la palma. La saca andando, con la sensación incómoda de haberse marchado antes de acabar, aunque han dejado de necesitarlo y ahora los dos hombres llaman a la niña para que retire la lámpara.

A su espalda, el portal se oscurece. Carlos tantea con la bota el borde del muro hasta dar con suelo firme.

En el puesto encuentra el plano de la mañana sujeto con un tintero y dos piedras.

Es una copia de trabajo sobre papel entelado: la escala en varas corre junto al borde inferior, los números de los blocaos se han añadido a lápiz y una huella de pulgar invade el margen del mar.

La humedad ha levantado una esquina. Carlos la alisa sin conseguir que permanezca plana.

Han tapado una abertura con un capote. Cada vez que alguien entra, el tejido se separa y deja ver por un momento la lluvia, oblicua en la claridad del farol, vertical más allá, donde ya no la empuja el alero.

Las voces llegan precedidas por el agua que los hombres sacuden al detenerse.

En el suelo se acumula barro desprendido de las botas; el escribiente ha puesto una tabla bajo su silla y apoya los pies en el travesaño para evitarlo.

Carlos conserva la guerrera. Le corresponde ordenar los avisos que subirán a la jefatura y anotar cuándo llegan; sobre sus hojas habrá otra firma, y antes de ella otras decisiones.

Poco antes de medianoche empieza el fuego más intenso.

La primera descarga parece prolongarse porque otra la alcanza antes de que termine el eco.

Carlos levanta los ojos hacia la abertura.

No se ve el terreno. Por un lado entra el resplandor breve de un disparo, luego otro más lejos; las distancias que durante el reconocimiento pudo recorrer se han convertido en direcciones hacia las que mira sin encontrar nada.

—¿De cuál viene?

El enlace señala un punto en el plano y deja agua encima.

Trae noticia de hombres que han salido de un blocao, pero no sabe decir hasta dónde han avanzado.

Asegura que el fuego viene de la línea americana.

Carlos pide el lugar donde recibió el aviso.

El hombre se lo indica con más precisión. Esa diferencia permite escribir algo.

Mira el reloj y anota la hora de llegada, no la del comienzo que el otro calcula. El escribiente moja la pluma. Al pasar la hoja bajo una gotera, la última palabra se abre en fibras azules. Carlos le da el lápiz de su portalápiz.

—Siga con esto.

El hombre empieza otra vez. Carlos queda a su lado, oyendo raspar la mina, mientras el ruido exterior aumenta hasta que ambos tienen que inclinarse para hablar.

Una hoja del plano recibe agua por debajo.

La levantan y descubren que corre desde el borde de la mesa; han movido el tintero sin advertir que la piedra de ese lado ha quedado sobre una arruga.

Extienden el papel, cambian las piedras y el mar de la copia acaba apoyado sobre el asiento vacío de un taburete.

Llega una petición de municiones. Después otra noticia sobre un movimiento hacia la derecha que contradice el aviso anterior o habla de hombres distintos.

Carlos no dispone de nadie que pueda ir y volver deprisa para averiguarlo.

Prepara ambas para el oficial encargado de transmitirlas, indicando de dónde procede cada una.

Querría salir hasta un lugar desde el que ver.

Cuando entra un soldado sujetándose la muñeca, esa impaciencia le parece vergonzosa: lo que él necesita mirar obliga a otros a atravesarlo.

El herido pregunta si allí está el sanitario.

Carlos señala el paso al fondo. El hombre no se mueve; mira el brazo izquierdo con que Carlos le indica la dirección y después su propia muñeca herida.

El asistente se acerca, toma el farol y lo acompaña.

Al quedar sin aquella luz, la habitación se estrecha alrededor de la mesa.

Carlos oye un golpe fuera, muy próximo, seguido por el crujido de una madera.

Se agacha antes de pensarlo. El escribiente también.

Permanecen un momento a esa altura, mirándose por encima del plano.

—Siga —dice Carlos.

Es él quien tarda más en enderezarse.

El reloj pasa de las doce, alcanza la media y continúa.

Hay intervalos en que los disparos parecen retirarse; Carlos procura acabar una anotación y otra descarga le hace perder la palabra que iba a escribir.

La busca en la línea anterior. Está cansado de que el cuerpo llegue siempre antes que él: la espalda que se encoge, la mandíbula que aprieta, los dedos que no sueltan el borde aunque nadie se lo esté disputando.

Se obliga a dejar el plano y abre las manos debajo de la mesa, donde no le ven.

José. A la derecha de la línea americana, noche del 31 de julio al 1 de agosto.

José cuenta los disparos hasta que pierde la cuenta.

Lleva varias noches al sur de Manila, enviado con otros hombres de las partidas de Cavite para conducir víveres y quedarse después con gente de Noriel.

El camino lo ha traído desde San Francisco de Malabón por tramos que reconoce y otros que las zanjas nuevas vuelven difíciles; en el último han debido apartarse de una posición que ocupan ahora los americanos.

De aquella trinchera, dejada días atrás, conserva en un tobillo una llaga que vuelve a abrirse con cada marcha.

La orden para su grupo es permanecer donde están. Se la ha repetido un oficial antes de oscurecer, sin decirles cuánto durará. Ahora hay un hombre tendido boca abajo en el borde del talud que pide permiso para asomarse más lejos. Cada vez que lo intenta, el de al lado le tira del bajo de la camisa.

José se sienta sobre un haz de ramas y apoya la espalda en la tierra.

El cobertizo apenas cubre las cabezas; la lluvia cae por delante en una cortina que recoge la luz del candil.

En esa franja las gotas parecen quedarse suspendidas, separadas unas de otras, y el suelo brilla hasta perderse bajo el borde de un tronco cortado.

De ahí en adelante solo alcanza a oír agua, el roce de alguien que cambia de postura, un cuerpo entero que se acomoda donde antes solo había una rodilla.

El aire huele a hojas trituradas por los pies.

Más abajo, oculto desde el lugar donde se sienta, un cauce pequeño arrastra grava y golpea de vez en cuando una vasija o una lata que ha quedado presa entre las raíces.

Uno de los muchachos quiere disparar. Tiene el arma entre las piernas, protegida con su chaqueta, y aparta la tela cada vez que arrecian las descargas.

—¿A dónde? —pregunta José.

El muchacho señala hacia el ruido.

—Ahí están los nuestros también —le dice José.

No sabe si es cierto en aquel punto. Basta con que pueda serlo. El otro vuelve a cubrir el fusil, pero conserva una mano dentro, junto al gatillo, y José debe pedirle que la saque.